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¿Y si dejamos de shamear a los becarios por lo que hacen con SU dinero?

Lo primero que hice al recibir la beca fue comprarme ropa, una botella de ron barato y salir de fiesta; el sistema de asignación de becas por selección NO es perfecto, a veces ni siquiera es justo.

Cuando vine a estudiar a la CDMX, entonces D.F., entré a la universidad en una situación económica difícil. Si bien tenía un techo sobre mi cabeza sin pagar renta y algo de comida casera gratis, ese alojamiento dependía de aceptar una relación de poder bien culera con mi familia paterna.

Al poco tiempo de iniciar clases, la abuela se fue a pasar una temporada lejos y me quedé compartiendo casa con una prima varios años mayor. Ella, que trabajaba, decidió que era momento de dividir los gastos de la casa a la mitad, y así se hizo. Así que empecé a pagar además de mis cosas —comida, artículos de higiene y aseo—, luz, agua, teléfono-Internet (aunque ni compu tenía), gas y papel de baño.

En algún punto me di cuenta que, sin la abuela y las cosas que ella proveía a la casa y por ende a mí, no podía mantenerme. Así que gracias a una compañera entré a trabajar a una tienda de conveniencia donde ella llevaba algún tiempo: el Círculo K de metro Etiopía.

Cerca del inicio de curso, uno de los varios tíos que trabaja en la UNAM me recomendó: “aplícate y pide la beca PRONABES”. Y eso hice. ¿Y qué creen que pasó? Me batearon. *Suenan violines*. Fue algo tan duro, que casi me hace dejar la universidad.

Resulta que el cuestionario socioeconómico es (o era, quien sabe) bastante confuso. Si bien yo vivía en una casa donde no pagaba renta, en una “recámara propia” que en realidad era una estancia que comunicaba el baño con las dos recámaras, con focos, piso, electrodomésticos y hasta “comodidades” —que no eran mías ni estaban a mi disposición: como el auto y la computadora— físicamente estaban en la “casa familiar”. Siendo joven, ingenua y provinciana, lo llené pensando en la posibilidad de una visita de chequeo de información: lo ponían en la solicitud.

Tenía miedo que me la negaran por “mentir”. Era fácil ver el auto desde afuera y asumir que era “familiar”. Del mismo modo, la información sobre mi ingreso mensual (que no era fijo y además me ponía en una situación de dependencia muy jodida) podría haber parecido inconsistente.

De hecho, real tengo un black out sobre cómo le hice para vivir el tiempo entre que la abuela se fue, el momento en que empecé a trabajar en el K y el momento en el que *spoiler* conseguí la beca; viví de tacos de canasta y otras garnachas baratas, boing, pan de la merma de la tienda y leche. Bajé de peso y le agarré una enorme tirria a tener que tirar comida.

Ese semestre me las arreglé como pude: haciendo tarea a ratos en la bodega, leyendo mis copias en los pocos ratos muertos en la caja, haciendo mis controles de lectura a mano y llegando a las 7:00 a.m. a teclearlos en las computadoras de la escuela. Y, ¿saben qué fue de lo primero que hice cuando cobré retroactivamente la beca? Entre otras cosas: comprarme ropa, una botella de ron barato e irme al cumpleaños de un compa del salón que vivía le-jí-si-mos (beyond Indios Verdes) donde acabé peda vomitando las macetas.

¿Por qué? Porque llevaba todo el semestre yendo a clase y pasando a máquina mi tarea de 7:00 a.m. a 1:00 p.m. y trabajando de 2:00 p.m. a 10:00 p.m. El miércoles salía a las 11:00 a.m. y aprovechaba para sacar copias, hacer tarea y comer menos a prisa. Casi no tenía oportunidad de hablar con nadie fuera de clase.

¿Y entonces cómo le hice para obtener la beca, luego que me la negaran? Después del chasco, el mismo tío me convenció de ir al proceso de aclaraciones. Fui, enojada y en actitud de “Qué poca madre,  pero no me gua peliar por una pinche beca. Coman caca”. Ahí iba yo bien digna. Pero en algún punto durante la entrevista, perdí el control y empecé a llorar de frustración y coraje, intentando explicar por qué necesitaba la beca. Me sentí totalmente humillada y vulnerada. Recordar esto último aún me quiebra algo.

Dio la casualidad que entre la basura que cargaba en mi mochila, traía un recibo de pago del outsourcing que nos depositaba. Lo mostré. Les expliqué el asunto de la casa familiar-no-familiar: vivir con familia, pero sin obligaciones solidarias. Le dije a la mujer que me atendió que sentía, además de mucha vergüenza, mucha presión por cumplir mis obligaciones académicas porque me faltaba tiempo. Me preguntó cosas que ya ni me acuerdo y se las respondí. Me dijo muy seria que se comprometía a revisar el proceso.

A la distancia, aún me parece sumamente humillante y llena de problemas la manera en la que pude acceder a una pinchurrienta beca de $750 pesos al mes (2008). Me indignó descubrir que hubo quien no tuvo problema para obtenerla a la primera cuando yo “veía” que no la necesitaban tanto.

Actualmente, hablando tanto desde mi experiencia personal como desde mi formación académica como politóloga, entiendo varias cosas:

  1. Un sistema de becas insuficiente que te obliga a demostrar necesidad urgente o incentiva a mentir para acceder a él, es indigno y fallido.
  2. Nunca me constó realmente que mis compañeros y compañeras “no necesitaran tanto la beca”. El que una haya mentido un poco y que del otro yo supusiera que tenía una red de apoyo familiar, no significa que no la necesitaran. Nunca me constó que NO la necesitaran.
  3. Tampoco me constaba que la “desperdiciaran”. O, en todo caso, yo también la “desperdiciaba” porque también llegué a comprar alcohol y pendejadas con la beca. ¿Y qué? De todas maneras no era suficiente como para comprar algo que de hecho sí necesitaba: una computadora.
  4. Las transferencias de ingreso deberían considerar a las personas tan capaces de tomar sus decisiones económicas como cualquiera. Y tener en la mira una idea de bienestar, no sólo de “lo mínimo necesario”. La beca ni de pedo me resolvía la vida aunque sí tirara paro.

También necesitaba terapia. UNA sesión hubiera costado entre el 25 y 50 % de mi beca.También necesitaba, entre otras cosas, esparcimiento y diversión. Y no me refiero solamente a las actividades cultosas de C.U., que están buenas, pero no finjamos que bastan. Ni hablar de acceso al crédito que me hubiera servido para adquirir la computadora que me habría ahorrado horas de sueño perdidas.

Como politóloga también entiendo que la lógica de las becas suele plantearse en términos de: disminuir la deserción escolar y con ello potenciar a los sujetos para que puedan ser más productivos en el futuro y disque acceder a mejores empleos. Me parece insuficiente.

Muchas personas necesitamos becas en algún momento. El sistema de asignación de becas por selección NO es perfecto, a veces ni siquiera es justo. No se vale ni suponer ni juzgar sin saber lo que una persona que solicitó beca decide hacer con SU dinero, porque una vez que le depositan deja de ser “la beca” y se convierte en SU MALDITO DINERO.

Estoy de acuerdo con que el sistema de asignación de becas puede mejorar. Que las becas sin más condición que estar estudiando merecen una oportunidad. Pero también creo que podrían acompañarse (si tanto nos preocupa en qué se gastan SU dinero las y los becarios) de algún tipo de asesoría o acompañamiento integral para aconsejarles pero en última instancia dejarles decidir sobre su dinero.

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