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¿Cuántos de nosotros somos Harvey Weinstein?

Aun desde la trinchera de aliado del feminismo son pocos los que están dispuestos a encarar a los acosadores; como hombre pocas veces te cuestionaras los privilegios que tienes, sólo los gozas y ya.

Harvey Weinstein

Tras el escandaloso destape mediático que ha seguido a las acusaciones en contra de Harvey Weinstein en el cual actores como Ben Affleck han sido señalados por encubrir el acoso sistemático del productor durante décadas, no puedo evitar preguntarme cuántos de nosotros somos Harvey o somos Ben.

Yo sé que #Notallmen y todas las disculpas o pretextos conocidos por la humanidad deben estar llenando sus cabezas, pero seamos honestos: nacer hombre en esta sociedad te da una ventaja de inicio. Ni qué decir si eres blanco y heterosexual, ya que esa es la triada perfecta. Es a partir de ese punto que muchos hemos adoptado el rol de acosadores o encubridores en nuestros círculos sociales.

Todos toleramos a ese amigo “cagado y caliente” que siempre anda viendo de reojo a las mujeres por la calle y que dice piropos a diestra y siniestra, claro que “con todo respeto”, no vaya a ser que los demás lo tachen de culero. Ese que generalmente se disculpa diciendo que a las mujeres les gusta provocar el acoso callejero, aunque no lo admitan, y que se declara admirador de la figura femenina.

Ni hablar del tío Fulano que le pegaba a su esposa y que al final la dejó por irse a vivir con su amante, a quien también le pone el cuerno por la “debilidad” que tiene a la hora de controlar los míseros 10 gramos de carne que tiene en la entrepierna. El señor que en todas las fiestas familiares y al calor de las copas se jacta de cómo le tuvo que “meter sus madrazos” a la tía para recordarle cuál es su lugar y que orgulloso cuenta con los dedos los amoríos de hotel que pudo mantener en secreto.

Lo mismo ocurre en el trabajo cuando nuestros compañeros hablan con la confianza que suele dar el club de Toby de la compañerita que está “bien sabrosa” y de cómo consiguió su asenso “dándole las nalgas al jefe”, quien ni tardo ni perezoso se va a colgar la medallita de tal logro tomando esos comentarios con humor. Al fin que los chavos siempre serán chavos y por eso no se pueden controlar.

Aun desde la trinchera de aliado del feminismo, o macho progre del nuevo siglo, son pocos los que están dispuestos a encarar a los acosadores que frecuentan y a cargar con el estigma del rechazo social. Nos limitamos a verlos feo y a poner distancia a esa incomoda amistad, no sea que su machismo nos vaya a contaminar.

Menos son los iluminados que en un trabajo de introspección titánico se reconocen como acosadores o que aceptan haber tomado ventaja de su posición como “macho alfa” a la hora de conseguir un trabajo, una calificación o por el simple hecho de reconocer que pueden andar por la calle sabiendo que es poco probable que alguien quiera meterles mano o que se atreva a juzgarlos por ir enseñando de más.

Ya sé que no faltaran los que digan que no es verdad, que se rasgarán las vestiduras o que empezarán a mostrar gráficas, notas, datos o cualquier terminajo en latín que los exculpe de la vista delatora de las pinches feminazis. Esas que exageran todo, que odian a los hombres y los quieren ver convertidos en jabón barato.

Y sí, no todos somos productores de Hollywood y Batffleck no tiene la culpa de que su cuate fuera un pito fácil que no pudo controlarse, pero lo cierto es que ambos ejemplifican esa simbiosis que formamos los grupos de hombres en el cual yo rasco tu espalda y tu rascas la mía (nomás no vayan a decir que somos putos, eh). Yo me haré el tonto a la hora de que tú hagas alguna pendejada y tú me regresaras el favor algún día.

Esto no es algo nuevo, todos tenemos bien identificado al rabo verde de la cuadra o al pervertido del barrio, pero muchas veces los vemos como agregados que le dan ese toque pintoresco a la sociedad, de esos que preferimos ignorar mientras no se metan con la “sagrada jefecita o con la carnala”, porque es en ese caso no faltaran los primos y hermanos que hagan fila para romperles la madre.

Ese es precisamente el problema, los acosadores se arman de valor al momento de ventilar sus deseos perversos gracias al cobijo que los demás proveemos. En un mundo idílico todos pondríamos en evidencia a nuestros hermanos, primos, tíos, amigos o jefes que gozan y se regodean dentro de su machismo, pero no lo hacemos.

Nos hacemos los tontos cuando vemos que nuestros familiares ya están replicando ese comportamiento con la siguiente generación de machos, enseñándoles las técnicas que deben aplicar para ligar a la compañerita de la primaria y cómo, si esta los rechaza, es una pinche amargada, apretada o machorra.

Y es que es increíblemente fácil dejarse llevar y replicar esas conductas en una sociedad que desde niño te dice que están bien y que a los ojos de todos es algo normal. Crecemos pensando que así es la vida y que ese es el papel que tenemos que desempeñar. Después de todo, si algo no está roto no tratas de arreglarlo. Como hombre pocas veces te cuestionaras los privilegios que tienes, sólo los gozas y ya.

No tenemos ni el valor de aceptar que hemos acosado a compañeras o amigas que no nos han querido decir de frente el asco que nuestros comentarios les dan, ya sea por pena o por lástima. Asumimos que les hacen gracia y que “chicle y pega”, vamos a poder intercambiar fluidos con la afortunada.

Juramos que nunca pedimos que nos mandaran el pack o que muy en el fondo tildamos de culera y creída a esa chica que tenía todo el derecho a no querer salir con nosotros. Negamos que íbamos dando miradas lascivas y sonrisas pervertidas en el metro y que también dimos el miserable “arrimón” en el camión, cual perrito que por instinto tiene que marcar todo lugar con su orina para que otro macho no se lo quiera ganar.

Nos da miedo decir la verdad, callamos en lugar de levantar la voz y nos disculpamos pensando que no somos como los acosadores culeros y asesinos. Somos diferentes y mejores por saber que esas conductas están mal. Nos damos palmadas en la espalda y abrazos mentales pensando que la iluminación divina le va a llegar a los machos algún día mientras felizmente nos quedamos defendiendo nuestra esquina.

Somos cobardes, somos débiles, nos “faltan huevos” a la hora de decir que algo está mal. Sonreímos de manera hipócrita frente a nuestras amigas y juramos que las apoyamos hombro a hombro, pero no lo hacemos. Somos parte del problema, somos parte de ese jodido sistema que va desde la mirada perversa a la compañera con falda y que termina en explotación sexual o en asesinato, todos somos encubridores silentes igual que Ben, todos somos Harvey Weinstein.

Eduardo Galindo: @Eduardo1909

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