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ROMA es una cinta, a ratos, feminista (con spoilers)

Alfonso Cuarón retrata el machismo mexicano en más de una dimensión; esta película es una oportunidad para retomar la conversación y dignificar el trabajo doméstico.

Si viviéramos en un mundo en el que podemos sólo apreciar el cine por su estética, reseñarla sería muy sencillo: ROMA es una cinta hermosa. Pero la última cinta de Alfonso Cuarón es mucho más que sus tomas y su montaje, es una película necesaria.

La historia gira en torno a la cotidianidad de Cleo, la empleada del hogar de Sofía y su familia. Lo cotidiano de la precariedad laboral, del trabajo esclavo que le impide tener una vida y una familia propia; lo cotidiano de la violencia institucional; lo cotidiano de no tener derechos, de ser objeto y no sujeto. La rutinaria limpieza de la mierda en el patio.

ROMA plasma la paternidad machista mexicana atravesada por la clase: Antonio, el padre rico que abandona a su familia mucho antes de confesarlo y Fermín, el padre pobre que huye y amenaza con “partirle la madre” a la mujer que lo busca una vez más para que se haga responsable. Al final, ambos ausentes. Como le dice Sofía a Cleo, “las mujeres siempre estamos solas”.

En un intento por retratar con precisión el México de 1971 el director aprovecha para recordarnos que, para que las marchas fifís fueran posibles, los estudiantes “chairos” fueron asesinados de la manera más inhumana durante El Halconazo. Un capítulo negro del priísmo, en el que murieron cerca de 120 personas.

Cleo tiene que enfrentar el embarazo bajo el cuidado de la familia para la que trabaja (que, lo sabemos, no tendrían que hacerlo si se le ofreciera un trabajo digno en primer lugar) y su visita a una mueblería para hacerse con una cuna coincide con la represión estudiantil. Se le rompe la fuente. El camino al hospital se vuelve eterno.

Mientras los espectadores se mantienen tensos se anuncia la muerte: pudo haber sido una niña. El momento es desgarrador, pero absolutamente simbólico. La hija de Cleo ya no tendrá que lidiar con estándares de belleza como Sofí, a quien se le niega el postre durante el desayuno para no “estar gorda”, ni con el acoso de su compadre durante una cena de Año Nuevo, ni con el abandono de su compañero cuando quede embarazada, ni con su esclavitud para criar a los hijos de una mujer con más privilegios que ella.

A pesar de que la doctora conoce a la familia, la forma protocolaria y fría con la que se trata la muerte de su bebé nos recuerda de frente que la violencia obstétrica es —cinco siglos después— vigente e idéntica.

Para compartir el dolor y el abandono, la señora de la casa le ofrece a la protagonista que les acompañe en un viaje a la playa. En un acto predecible, Sofí y uno de sus hermanos se adentran en el mar y están a punto de ahogarse, Cleo (que está sumida en la depresión) camina hacia ellos con la vista perdida aun cuando no sabe nadar.

Ante tal acto heroico la abrazan para agradecerle y le dicen que la quieren, pero ella llora y habla de su hija muerta. Repite que sí quería a su bebé, que quería que naciera. Cleo es una mujer completamente abandonada. ¿Ella salva a la familia, pero quién salva a Cleo? ¿Quién la escucha?

De regreso a casa, los niños sólo atinan a pedirle un licuado de plátano y un gansito a la mujer que les salvó la vida. Ser parte de la familia sólo es un eufemismo.

No me alcanza esta entrada para describir cómo los detalles fílmicos de la cinta sirven para marcar contrastes todo el tiempo, incluso tratándose de una historia semibiográfica en blanco y negro. La escena de la azotea en la que los lavaderos son ocupados por empleadas del hogar es un ejemplo claro de ello; el trabajo doméstico está feminizado.

Las impresiones en medios a esta película fallan en la apreciación de la crítica social que presenta, al menos las que se me han atravesado estos días. Existe una diferencia entre la reproducción de un discurso clasista y la representación de las mujeres cuyo trabajo, 50 años después, sigue siendo trabajo esclavo.

No se trata de una apología a la precarización del trabajo doméstico, sino un retrato crudo y crítico al doble discurso de la clase alta; “Cleo, eres como de la familia”, pero, al igual que el perro, ocuparás un espacio afuera. El cuartito de la servidumbre.

Este trabajo es importante en la medida que le da voz a quienes, por pertenecer a un grupo vulnerabilizado, no la tienen. Por ejemplo, en la columna de Marcelina Bautista para El Universal, refiere cómo la obra pone la conversación en la mesa y representa una oportunidad para ratificar el Convenio 189 de la OIT para otorgarle derechos a las trabajadoras del hogar. De paso, abre la posibilidad de diversificar los protagónicos femeninos, ya no hegemónicos.

Edita en el día, transgrede el sistema de noche. Si tu perspectiva no es interseccional, pierdes el tiempo conmigo 😉 Me gustan las brujas, los animales y los tatuajes.

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