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No quiero una novia para Elsa, pero sí quiero princesas lesbianas

La falta de representación en los medios está heteronormando a las y los niños; las niñas tienen para imitar, en su mayoría, personajes más simples, delicados, dependientes e ingenuos.

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¿Conocen a los vampiros?… ¿Saben que los vampiros no se reflejan en los espejos?… Existe la creencia de que los monstruos no se reflejan en los espejos. Y siempre he creído que no es que los monstruos no tengan reflejo. Es que si quieres convertir a un ser humano en un monstruo, niégale, a nivel cultural, cualquier reflejo de sí mismo. Al crecer, me sentía como un monstruo. No me veía reflejado del todo. Pensaba “oye, ¿hay algo malo en mí?, ¿tanto que la sociedad parece creer que la gente como yo no existe?”. Parte de lo que me inspiró, fue este profundo deseo, que tras mi muerte crearía un par de espejos. Que crearía algunos espejos, así los niños como yo se mirarían a sí mismos reflejados y no se sentirían tan monstruosos por ello.

Junot Díaz, escritor dominicano.

Cuando se anunció en redes que la producción de la secuela de Frozen había comenzado (por ahí de mayo de este año), el hashtag #GiveElsaAGirlFriend estalló en Twitter impulsado por Alexis Isabel Moncada, una tuitera y activista feminista, que narró para MTV.com que al crecer estaba muy confundida respecto a quién era.

“Una gran parte de mí todavía lo está (confundida). Ni siquiera sabía qué era ser homosexual hasta que la canción de Katy Parry I Kissed a Girl se volvió un hit y mi familia y amigos se vieron obligados a hablar del tema”, escribió. “Darle a las niñas la oportunidad de comprender que una princesa puede amar a otra, de la misma manera en la que Cenicienta ama a su príncipe encantador es vital para su desarrollo. Nadie merece sentirse desolado y confundido sobre quiénes son”, puntualizó.

Sucede que la representación en medios está sesgada. Es parcial. Lo que vemos en la televisión y en el cine incluye sólo a una pequeña parte de la sociedad: mujeres con cuerpos “perfectos”, con pieles claras, con rostros alineados al canon de belleza en turno y enganchadas en relaciones heterosexuales —”sufrientes” en su mayoría. Sucede también que en esta representación uniforme no caben todas las niñas que imitan a estos personajes cuando juegan, porque todas somos diferentes.

¿Quién le va a decir a las niñas que lo que ellas sean está bien?, ¿el 70 % de los mexicanos que cree que es mejor que un niño sea huérfano antes que adoptado por una pareja del mismo sexo?, ¿o el otro 40 % que no permitirían que un homosexual viviera en sus casas? Con esto, no quiero decir que los medios tienen la obligación de educar a las y los niños, ni que son la única vía para construir la identidad de los actores de la sociedad, pero sí quiero decir que la falta de representación en los medios los está heteronormando, entre otros males.

La gente tiene miedo de que los niños “se vuelvan homosexuales”, porque temen que sean tratados como ellos mismos tratan a las personas que lo son. Pero ocultar la diversidad sexual en los medios nunca inhibió la homosexualidad o la bisexualidad; nunca evitó la existencia de personas transgénero, ni la de personas asexuales. No hablar del tema “para no darle ideas a los niños” es absurdo, porque no definimos nuestra sexualidad a partir de una idea. La orientación e identidad sexual ni es voluntaria, ni es tan endeble en todo caso.

No los estamos “salvando” de nada, primero, porque no hay nada de qué salvarlos —de nuestra sociedad homofóbica y transfóbica, quizás, pero para eso hay que transformar la sociedad, no la infancia—, segundo porque por el contrario, los estamos condenando a un desarrollo lleno de dudas y a una búsqueda accidentada de ellos mismos.

Además del sutil mensaje homofóbico, le están diciendo a las niñas y niños que se tienen que esforzar por parecerse a los personajes que ven en la pantalla, en lugar de que sea la industria del entretenimiento la que se esfuerce por representar de manera justa la diversidad de su audiencia.

Mientras que los héroes masculinos son atrevidos, aventureros, fuertes, inteligentes y osados, las niñas tienen para imitar, en su mayoría, a mujeres más simples, delicadas, dependientes e ingenuas.

En los últimos años esto ha ido cambiando. Tiana (The Princess and The Frog), Rapunzel (Tangled), Elsa (Frozen) y Mérida (Brave) son personajes que rompen con todos los esquemas tradicionales de las princesas, y es por esto que yo no quiero una novia para Elsa.

Estas protagonistas son nuestra oportunidad para decirle a las niñas que sus sueños y sus planes pueden estar orientados a la superación profesional, a la autonomía, a la libertad, a la aventura, a la familia o al autodescubrimiento y que no hay un sólo camino para llegar al final feliz del cuento.

No quiero que arruinen la oportunidad de decirle a las niñas que hay muchas otras cosas que pueden hacer, que se pueden salvar a sí mismas y que la felicidad puede provenir de adentro, pero sí quiero ver princesas lesbianas.

¿Y qué, ahora van a querer princesas gordas, chaparras, asexuales y trans? Pues sí. Después de ver la misma historia durante 80 años, ya va siendo hora de inventarse unas nuevas. Por personajes diversos no paramos.

Ésta es una manera de contribuir a la educación orientada a la diferencia. Una oportunidad para que de una vez por todas dejemos de gastar energías en hacer que la gente encaje en personalidades prediseñadas y ocupemos esos esfuerzos en impulsar la individualidad de todas y todos.

@KarenCymerman

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