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¿Qué tiene que ver la lucha de Greta Thunberg con la ultraderecha?

Qué exactamente está diciendo esta activista cuando condena a los que se atrevieron a arruinar su futuro; los millonarios no dejarían que el mundo se fuera a la mierda, ¿verdad? Si también viven en él.

Greta Thunberg

La conversación sobre el cambio climático está más viva que nunca, y por eso es pertinente hablar de la relación entre Greta Thunberg —ahora que se convirtió en un símbolo del activismo mediambiental— y las políticas de la ultraderecha porque ¡Sorpresa! El cambio climático también es político.

Sobre la destrucción de la Amazonía: primero hay que admitir algunas cosas, como que los incendios forestales no son un problema nuevo, ni exclusivo del gobierno de Bolsonaro; ni siquiera se limitan a Brasil. Por supuesto, la negligencia respecto al medio ambiente no ha sido exclusiva de los gobiernos de derechas. La Unión Soviética y la República Popular de China tienen un historial muy sucio a ese respecto. En la actualidad, los gobiernos bolivarianos tampoco han sido un ejemplo a seguir. Ni hablemos de López Obrador y sus sueños guajiros de repetrolizar la economía, mientras le quita recursos a la protección de las áreas naturales. Todo ello merece enérgicas condenas.

Pero dejemos lo anterior de lado; la actual crisis ambiental se relaciona estrechamente con la ultraderecha y con el capitalismo salvaje. Lo menciono porque sé que alguien que se cree muy listo va a querer salir con un whataboutism (“pero qué hay de…”). Por cierto, aquí tienen una explicación sobre por qué los incendios de África, también graves, no son comparables en magnitud y además tienen causas sociales distintas.

Como sea, ya en octubre de 2018, una columna de Eliane Brum advertía que Jair Bolsonaro, el ultraderechista brasileiro (entonces candidato) era una amenaza no sólo para el país latinoamericano, sino para el planeta entero. Desde su candidatura, Bolsonaro anunciaba que abriría la selva del Amazonas para la tala, la ganadería y la construcción, que sacaría a su país del Acuerdo de París y que obligaría a los pueblos indígenas a adaptarse o morir. El exmilitar no estaba alardeando. Desde que llegó al poder, la deforestación en esta selva aumentó dramáticamente, mientras que los pueblos indígenas, principal obstáculo y principal víctima del extraccionismo en la zona, han denunciado políticas genocidas por parte del gobierno.

Ahora la selva Amazónica, una de las mayores y más importantes fuentes de biodiversidad y oxígeno para el planeta, está incendiándose (y, al menos, hasta el 23 de septiembre del 2019 seguiría ardiendo) a causa de la actividad humana, y esto tiene que ver directamente con políticas impulsadas por Bolsonaro para favorecer a las corporaciones.

Las B que sostienen a Bolsonaro son la Biblia (los fundamentalistas religiosos), la Bala (los militares) y el Buey (la industria ganadera a gran escala). Este desdén total por el bienestar de la selva está ocasionando un ecocidio que podría empeorar el cambio climático.

Como Trump y otros personajes de la derecha (ultra y “normal”, si es que eso existe todavía), Bolsonaro niega la realidad del cambio climático y se opone a los esfuerzos internacionales para contrarrestarlo. ¿Por qué? ¿Por qué mientras la comunidad científica internacional ha llegado a un consenso abrumador, los políticos, empresarios y opinólogos insisten en debatirlo?

Es increíble que diga “por lo menos Hitler…”, pero por lo menos Hitler, en los delirios místicos de su pseudopaganismo telúrico, pregonaba la protección de la Madre Tierra. La nueva ultraderecha, que comparte con el dictador austriaco su racismo, su misoginia, su homofobia, su anticomunismo paranoide y su fe en la fuerza viril como medio para lograr las cosas, no ha tomado del Führer su amor por una naturaleza impoluta.

Sí existen algunos ecofascistas, que vinculan su odio por todos los que son diferentes con su deseo alocado de mantener un ecosistema prístino: el exterminio de los “indeseables” también tiene como propósito proteger a la Madre Tierra. Pero la preocupación ambientalista de estos orates, tales como los tiradores de Christchurch y El Paso, no tiene prácticamente representación alguna en la alta política mundial (otros aspectos de su odiosa ideología, sí). Los políticos que se nutren de las diversas corrientes de la ultraderecha y llegan a los puestos de poder son ferozmente ecocidas. ¿Por qué?

Para entender este fenómeno tenemos que volver la mirada no hacia los neofascistas, sino hacia los intereses que ellos representan.

El fascismo y el gran capital tienen un largo historial de alianzas (de ahí que la imbecilidad de “los nazis eran de izquierda” sea, pues, una imbecilidad). Los grandes monopolios privados fueron favorecidos por los regímenes de Hitler y de Mussolini. En los mismos Estados Unidos, fueron banqueros e industriales los que coquetearon con la idea de establecer una dictadura fascista en ese país. Si la historia no se repite tal cual, sí que está teniendo refritos muy chafas el día de hoy. The Guardian ha documentado los nexos entre los plutócratas, tales como los hermanos Koch, y el ascenso de la ultraderecha en Inglaterra y otros países:

La tendencia no se confina al Reino Unido –en todas partes los payasos asesinos están tomando el poder. Boris Johnson, Nigel Farage, Donald Trump, Narendra Modi, Jair Bolsonaro, Scott Morrison, Rodrigo Duterte, Matteo Salvini, Recep Tayyip Erdoğan, Viktor Orbán y una hueste de estrafalarios hombres fuertes (o débiles, como a menudo terminan siendo), dominan naciones que antaño los habrían ridiculizado. La pregunta es, ¿por qué? ¿Por qué los tecnócratas que mantenían el poder hace unos años han dado paso a estos extravagantes bufones?

Hace unos 20 años la posición de los partidos de la derecha, entonces dominados por las corrientes heterogéneas que reciben la un tanto ambigua etiqueta de “neoliberales”, tendía a favorecer la globalización. Mientras, en la izquierda habían aparecido los “globalifóbicos”. Pero, ¿qué clase de globalización era la que impulsaban unos y a la que se oponían otros?

Noam Chomsky, en una entrevista a principios de este siglo, explicaba que los partidos de derecha se habían apropiado de la palabra “globalización” y habían pervertido su significado (el poder suele hacer eso, nos recuerda el maestro). “Globalización” debía significar una mayor integración de las naciones del globo, lo cual implicaría una mayor libertad de los ciudadanos de todo el mundo para ir de un lugar a otro.

En cambio, de lo que se trataba esa globalización era de dar libertad a los grandes capitales para invertir dinero, hacer negocios, explotar mano de obra barata y extraer recursos naturales con pocas regulaciones en cualquier lugar del mundo. Al mismo tiempo, la política migratoria se endurecía y las fronteras se cerraban. Por eso, decía Chomsky, los izquierdistas hacían mal en oponerse a la globalización: lo que debían hacer era reapropiarse de la palabra y denunciar que esa “globalización” promovida por los poderes fácticos era falsa y convenenciera. (Si Chomsky es demasiado chairo para ustedes, lean lo que Joseph Stiglitz tiene que decir).

Entonces, ¿por qué ahora los plutócratas están respaldando a demagogos que hablan de defender la soberanía nacional frente a los globalistas? No porque quieran restringir la libertad del capital de operar como le dé la gana en un mundo globalizado. Eso no se pretende tocar.

Resulta que la lucha contra el cambio climático implica, necesariamente, reformar el modelo económico a nivel mundial [fuentes: aquí, aquí, aquí, aquí y aquí], lo cual requiere, entre otras cosas, regular las actividades industriales y agropecuarias, y tomar medidas para disminuir la monstruosa desigualdad socioeconómica que se ha producido en las últimas décadas (gracias a ese mismo modelo neoliberal que tanto centro como derecha impulsaron). Ello precisa de una cooperación internacional a una escala jamás vista, guiadas por organismos supranacionales, tales como la ONU, la UE y la OEA.

Decía el filósofo Immanuel Kant que entre las naciones prevalecerá la ley de la selva, mientras no existan leyes que estén por encima de los gobiernos de esas naciones, e instituciones que las hagan valer. Eso sólo se logrará mediante el común acuerdo y la cooperación.

Las medidas necesarias para combatir el cambio climático afectarían los intereses de algunas megacorporaciones trasnacionales, en especial a la industria de los combustibles fósiles, los plásticos, y la ganadería y agricultura a gran escala. Es decir, necesitamos integración global auténtica. De modo que, además de negar que el cambio climático sea real, los plutócratas hacen todos los esfuerzos que pueden para sabotear esa integración internacional que nos resulta tan urgente. Por ello impulsan el nacionalismo más craso y burdo que se ha visto en décadas: para que la ley de la selva siga prevaleciendo, y ellos puedan hacer y deshacer a sus anchas donde y como quieran.

No es fácil decirle a tu electorado “vamos a mandar al caño los acuerdos internacionales para que las megacorporaciones puedan seguir siendo asquerosamente ricas”. En cambio, sí que le puedes decir a un pueblo asustado por la crisis, la inseguridad y los rápidos cambios sociales: “vamos a resistirnos a injerencias globalistas que nos quieren obligar a respetar a los maricas y admitir refugiados de piel café”. Y para ello son útiles los monigotes demagogos como Trump, Bolsonaro y similares. Son los que pueden incitar esa agitación que logre, hacia adentro, desmantelar un Estado regulatorio; y hacia afuera, debilitar la influencia de los organismos supranacionales.

Así es como se ha desarrollado un “nacionalismo internacional”, una ola de movimientos demagógicos en distintos países, que se echan porras unos a otros y comparten discursos y simbología similares. Este fenómeno es comprensible en cuanto entendemos que su propósito es impulsar un estado de cosas en el que cada país esté por su lado, pero vulnerable al poder sin límites de las corporaciones. De ahí que estos movimientos demagógicos tengan una narrativa en común: que los organismos supranacionales oprimen a la patria y que la integración global amenaza con destruir las culturas nacionales.

La evolución natural de esta narrativa son las teorías conspiratorias según las cuales se pretende exterminar a la raza blanca a través de la migración, el aborto y la homosexualidad. Estos malvados planes son impulsados por la ONU y otras instituciones, controladas por George Soros y los “globalistas” (eufemismo para “judíos”), que promueven el feminismo y la lucha por los derechos LGBTIQ+. Es por eso que, en la lógica de esta delirante creencia, hay que resistirlos.

Por cierto, antes de que lo digan: NO, no estoy diciendo que el renacimiento de la extrema derecha en el mundo sea el resultado de una conspiración de los plutócratas mundiales. Como el surgimiento del fascismo en las décadas de los 20 y 30, éste se trata de un fenómeno complejo y multifactorial, y en mi blog he tratado de abordar uno por uno varios de esos aspectos. Más bien, lo que sostengo aquí es que algunos multimillonarios en particular han aprovechado la situación y hecho alianzas con el objetivo de asegurarse que las cosas resulten a su favor [fuentes: aquí, aquí y aquí].

Hey, pero los millonarios no dejarían que el mundo se fuera a la mierda, ¿verdad? Si también viven en él… He ahí el mito del Homo economicus, el actor racional que opera siempre pensando en su propio beneficio; según este mito, en el capitalismo los actores que mejor sepan planificar y actuar para maximizar sus intereses son los que triunfarán. Si los ultrarricos son tan ricos, es porque deben ser más listos que todos los demás, y alguien tan listo se daría cuenta que no le convierte destruir al mundo, ¿cierto?

Pues no. Las grandes corporaciones llevan DÉCADAS negando el peligro del colapso ecológico, y cabildeando para evitar que se aprueben leyes que ayudarían a mitigarlo, todo a sabiendas y teniendo todas las evidencias de que nos estamos acercando al precipicio. Lo siguen haciendo y lo seguirán haciendo mientras se lo permitamos, porque su única lógica es la codicia. Negacionismo y nacionalismo van de la mano y constituyen uno de los ejes fundamentales del pensamiento de derechas contemporáneo. Diversas publicaciones patrocinadas por el gran capital (y muchos tontos útiles) se dedican a propagarlos. Por ejemplo, PragerU, un exitoso canal de Youtube, dedicado a la propaganda y desinformación, patrocinado por los millonarios hermanos Wilks (y que ha logrado convencer a más de un incauto centrista), tiene sendos videos sobre nacionalismo y cambio climático.

En realidad, hay multimillonarios que, mientras lucran con la destrucción del planeta (y cuyos hábitos de consumo contaminan más que naciones enteras) ya ahora están construyendo búnkers, acumulando recursos y preparando ejércitos mercenarios para cuando el cambio climático se ponga demasiado feo. Incluso planean cómo seguir lucrando con el mundo en ruinas: ¡están pensando en las rutas comerciales que se abrirán cuando se derrita el hielo del Ártico!

¿Y la demás gente? Que se joda, como siempre. La ONU advierte que habría una especie de apartheid climático, en el que la mayoría sufrirá las peores consecuencias del desastre, mientras los ricos no la pasan tan mal. Sí, incluso los tontos útiles que apoyan a esos fantoches para que los salven del ‘marxismo cultural’. En el futuro posapocalíptico, los del 1 % quieren asegurarse de que van a ser este sujeto:

¿Cómo pueden ser tan moralmente monstruosos? Pues porque tenemos un sistema económico que favorece que las personas con mayor codicia y menos escrúpulos, incluso con tendencias sociopáticas, lleguen a la cima. Y antes de que se me ofendan con un #NotAllEmpresarios, no estoy hablando de ti, joven emprendedor que acaba de poner su agencia de publicidad; ni de ti, valiente godínez que trabajó muy duro para llegar a gerente regional. Hablo de individuos que tienen tanto dinero que no podrían gastarlo en toda su vida, de fortunas que no deberían ni existir.

Sé muy bien que suena de locura, pero miren los enlaces a los que me remito: lo que les estoy diciendo aparece en los medios e instituciones más mainstream y menos “radicales” que ustedes puedan pensar: The New York Times, The Guardian, The Independent, Forbes, El País, Bussiness Insider, CNN, agencias científicas, organismos internacionales, universidades… No son los sitios chairos conspiranoicos que ustedes se imaginarían. De hecho, mientras el reconocimiento del problema y su relación con el sistema económico se hace más generalizado, la defensa del capitalismo ecocida se hace más fringe, más histérica y extremista, porque son los fanáticos los únicos que le quedan al modelo actual para defenderse.

Entonces, ¿qué hacemos? Tenemos una década para tomar medidas drásticas contra el cambio climático, antes de que sea demasiado tarde. Primero, hay que reconocer que aunque guillotináramos a todos los dueños o altos ejecutivos de las 100 compañías que contribuyen a los 70 % de la emisión de gases de efecto invernadero, el problema va mucho más allá de las acciones individuales de unos cuantos sujetos, por más poderosos y corruptos que sean éstos. El problema es el sistema que permite que estas corporaciones y estos individuos acumulen tanto poder y puedan hacer tanto daño saliéndose con la suya. Entonces tenemos que desmantelar ese sistema.

No es que las acciones individuales no tengan un peso. Está bien hacer lo que podamos desde nuestra cotidianeidad. Lo ideal sería desmantelar la industria cárnica y la de hidrocarburos, pero mientras tanto es bueno que cada quien decida reducir su consumo de carne y su uso del automóvil. Decirle a la gente que no pueden hacer nada útil que no sea derrocar al capitalismo es muy mala estrategia. La mayoría de las personas no están en posición de hacer nada revolucionario y podrían terminar cayendo en la desesperanza. Aquí hay algunos consejos que cualquiera puede seguir.

El cambio climático es la mayor amenaza que se ha cernido sobre la humanidad hasta ahora y va a requerir de transformaciones extraordinarias a nivel global para poder enfrentarlo. Todas nuestras decisiones como personas y como colectivos deben estar encaminadas hacia ese objetivo.

Lo que nos lleva de regreso a los incendios en la selva del Amazonas: si no queremos que desastres así sigan ocurriendo, y el mundo se vaya a la mierda en las próximas décadas, debemos impedir que charlatanes fascistoides como Bolsonaro sigan llegando al poder, sacar de ahí a los que ya están, y orillar a sus fanáticos de vuelta a las cloacas. En el mismo tenor, presionar a todo gobierno, del color que se presente, que por una razón u otra no esté haciendo lo que debería para combatir esta amenaza.

Al mismo tiempo, tenemos que apoyar proyectos políticos que prioricen la lucha contra el cambio climático, lo cual incluye necesariamente poner en cintura a los multimillonarios que se están enriqueciendo con el ecocidio. ¿A quién creen que le habla Thunberg en sus discursos? Salvar al planeta también implica combatir a la ultraderecha, a la corrupción y a la desigualdad.

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