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El privilegio de (poder) ser un pendejo

La impunidad se ha configurado justificando a los agresores con que “son pendejos”; supuestamente, somos asesinadas y violadas por la pendejez de los hombres y no por su crueldad y dote de privilegios.

hombre tonto

Hace unos meses, fui agredida en el lugar donde estudio (Centro de Investigación Coreográfica, del INBA) por un alumno de otro semestre llamado Marco. Luego de llamarme puta y pendeja, con mucho esfuerzo para lograr hilvanar una sola idea, explicó que le molestaba que yo tuviera opiniones. Esto es grave si consideramos que mis opiniones, además, son las mismas que las de la muchas defensoras de los derechos de las mujeres.

Luego de ser revictimizada en la oficina del director, agredida por los amigos de Marco afuera de la oficina donde el conflicto escaló y estigmatizada en los pasillos, en una conversación alguien me soltó una vieja frase conocida para mí: “Ay pero es que Marco es un pendejo”. De alguna manera, a mí se me atacaba por argumentar en clases y defender mis puntos de vista, incluso por ser peligrosamente inteligente, mientras que a él se le justificaba el hecho de ser un agresor porque, pobrecito, es un pendejo.

Que lo sea o no, es un tema en el cual no profundizaré, por evidente. Lo que quiero tratar en esta carta a nadie es cómo se ha configurado la impunidad desde lo cotidiano para justificar las agresiones de los hombres con el mismo pretexto de siempre: “los hombres son unos pendejos”, “es que soy un pendejo”, “no puedo hacer dos cosas a la vez porque no soy mujer”, “los hombres somos básicos” “te engañó porque es un pendejo”, “fui un pendejo, perdóname” o “soy un pendejo por haberte golpeado” son fórmulas recurrentes a la hora de justificar las violencias machistas cotidianas.

Apelo a la memoria de quien lea esto, para pedirle que recuerde cualquier rutina de comedia, artículo pseudocientífico, capítulo de serie o conversación con amigos, familiares o parejas hombres, donde esta —aparentemente inocua— justificación haya aparecido para hacernos creer que todo ese orden social de género que nos tiene al límite, perseguidas, asesinadas y violadas sistemáticamente, se debe a la pendejez de los hombres y no a su crueldad y dote de privilegios.

La dictadura de los pendejos es peligrosa. Esto se confirma si vemos las noticias y observamos el precio que la sociedad mexicana ha pagado por tener en la presidencia y puestos de toma de decisión a una bola de pendejos. Tomemos como ejemplo las frases de Vicente Fox, entre las cuales se destaca aquella donde nos llamó a las mujeres “lavadoras con patas”, o el discurso de Peña Nieto en el que, exactamente igual que Marco, no pudo hilvanar ideas, pero logró con mucho esfuerzo decir que “por algún motivo” la O.N.U. estableció el Día Internacional de la Mujer.

Lo importante de recalcar de estos dos personajes, botones de muestra de todos los gobernantes —no solo los presidentes mexicanos son incompetentes— es eso que no se ve, todo lo que oculta el decir que alguien es un pendejo y que por lo tanto es violento (recordemos todas las reformas estructurales neoliberales que pasaron este sexenio mientras creíamos que Peña Nieto era un pendejo por decir infrasctrochtochtur).

Consideremos también ese derecho a la pendejez, esa justificación constante hacia los hombres por el hecho de ser pendejos. Las mujeres hemos tenido que ganarnos palmo a palmo el lugar de seres pensantes en la sociedad. Constantemente nos vemos obligadas a demostrar que no somos tontas, que no somos huecas y que somos lo suficientemente capaces de argumentar, crear, reflexionar, analizar, resolver y construir cosas. Además, si exageramos un poquito en esta demostración, somos satanizadas. Cuántas veces hemos escuchado a alguien decir “las mujeres son más inteligentes que los hombres” pensando que eso es feminismo cuando, al contrario, es de nuevo una esencialización sexista que nos deja más responsabilidades y que incluso alimenta el imaginario de que las mujeres somos perversas y que nuestra inteligencia es peligrosa.

Así que mientras nosotras debemos demostrar que no somos tontas, pero que tampoco somos “demasiado” inteligentes, los hombres pueden dedicarse a lo que quieran, incluso a ser pendejos profesionales. El problema de esto, en todo caso, es que como sociedad hemos justificado las violencias machistas con esta píldora durante años.

Pues bien, si alguien se justifica o justifica a un agresor diciendo que es un pendejo yo no voy a desmentirlo. Lo que me parece urgente es discrepar con esa justificación para la crueldad, para la misoginia y para la ineptitud, porque creo que ya es hora de dejar de darle a los agresores nuestros votos, nuestros cuidados y nuestros afectos, solo porque, pobrecitos, qué pendejos son.

Educadora feminista, sus proyectos se enfocan en la educación artística y en la comedia.

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