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Por una cabeza: el clickbait y la prensa misógina

Javier Mendez Ovalle, un feminicida, era un genio y un prodigio, mientras que Lesby, una víctima, era alcóholica y drogadicta; como reza el dicho “la pluma es más poderosa que la espada”.

Javier Moreno Ovalle

Siempre admiré la capacidad de cabecear un texto. Desde la universidad leía con interés aquellos libros y artículos que aconsejaban verbos activos, adjetivos concretos, precisión y claridad en la cabeza de una nota.

No es de sorprender que, en tiempos ya más recientes, buscara siempre las cabezas de los titulares para ver si aplicaban alguna vez los consejos que leí: “escriba usted al menos diez títulos para su nota y elija el que transmita con más fortaleza y atractivo para las audiencias”.

Pero no se puede pecar de ingenuo. Con el tiempo el oficio del periodista genera sus vicios, la creatividad mengua y se acerca uno a lo seguro, a lo que vende, a las historias probadas y los hábitos del oficio se vuelven algo “sencillo”: conoces las palancas que mueven a los lectores, que venden periódicos, que logran el “clic”.

Incluso en estos tiempos, de la dictadura del posicionamiento en buscadores, los periodistas aprenden cuáles son las palabras y los temas que despiertan el interés. ¿Resulta cínico decir que en estos tiempos, en que el clickbait domina nuestras redacciones, era predecible que esta historia del “Genio caído en desgracia” obtuviera atención?

El asesinato de Sandra Reyes Camacho

El asesinato de Sandra Reyes Camacho ocurrió en Tlatelolco. El asesino, Javier Méndez Ovalle, era estudiante, ampliamente reconocido por sus diversos méritos académicos.

Pese a que el joven asesinó, desmembró y luego repartió en diversos contenedores el cuerpo de la mujer, algunos medios narraron los hechos de modo tal que la responsable del feminicidio fue la propia Sandra.

En la cobertura, también, mientras diversos medios optaron por omitir el nombre de Sandra con el argumento de conservar el anonimato de la víctima (asesinada a los 17 años), voces críticas señalaron una necesidad constante de borrar los nombres, de convertir los crímenes en estadística y recuento sin contexto.

Desde que Javier Méndez Ovalle fue capturado el potencial amarillista de la nota se reveló como un plato jugoso para el recuento de la sección policiaca.

Pero el caso más sonado y discutido fue el artículo de Alejandro Sánchez González: “El joven que tocaba el piano y descuartizó a su novia” el cual fueampliamente señalado y criticado por su manera de empatizar con el asesino en un ejercicio de “nuevo periodismo” que resultó en una apología del asesinato.

Incluso ahora, que el Tribunal Superior de Justicia dictaminó una sentencia de 50 años a Javier Méndez Ovalle, los medios retomaron la noticia con los mismos calificativos: “genio” y “estudiante modelo”.

 

 

Javier Mendez Ovalle
La Vanguardia
Titulares machistas
Proceso

A callarse

Quien tenga alguna noción del periodismo como profesión sabrá del énfasis que te hacen de la importancia de esta labor para la construcción de la percepción social. Y es que, como reza el dicho, “la pluma es más poderosa que la espada”.

No resulta extraño que la percepción de muchas personas sobre el caso de Sandra Reyes sea que, el desafortunado encuentro entre ella y Méndez Ovalle resultó en futuro trunco de una promesa de las matemáticas y la física. Mientras tanto, casos como el asesinato de Lesvy Berlín Osorio quedan en el colectivo como “la muerte de una chica alcohólica y drogadicta que andaba en la calle en horas indebidas”.

En este otro sonado caso policiaco, la cobertura se llevó a cabo con la poca información que se tenía de la víctima: los elementos resaltados por la PGJ de la Ciudad de México fueron pobres y mientras que las audiencias clamaban por más información, se repetían una y otra vez en los mensajes emitidos desde la cuenta de Twitter de la dependencia, sin más contexto, ni otras fuentes.

Y es que los medios masivos han encontrado la manera de convertir a las mujeres asesinadas en víctimas casi perfectas: las que hablan demasiado, las que no dicen nada a pesar del abuso, las que son tímidas o las que se pasan de vivas. El feminicidio ocurre en manos del asesino, pero luego, una y otra vez en la boca del que narra la historia, del que se sienta a entrevistar al asesino y redacta: por puta, por buscona, por hocicona. Tenía que callarse.

Darina Silverstone: @DarinaSilver

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