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Pateas como niña: la perspectiva masculina

La feminidad viene con reglas que limitan el desarrollo personal y social de una mujer, especialmente el físico; “No creo que exista un niño que no haya sido prácticamente obligado a jugar al fútbol”.

deporte femenil

“El problema del género es que prescribe como deberíamos ser en lugar de reconocer lo que somos. Imaginen cuanto más felices seríamos, cuanto más libres seríamos como individuos, si no tuviésemos expectaciones, <<roles>> de género”.

Chimamanda Ngozi Adichie

Hace unos días, en Chile, cerraron un par de escuelas y ramas de fútbol femenino de dos clubes profesionales de fútbol masculino, dejando cientos de jóvenes deportistas sin equipo y sin posibilidad de continuar jugando y compitiendo en el deporte que aman. Una situación lamentable, pero también paradójica y nada sorprendente. Uno de los equipos aludió problemas económicos, el otro no dio explicaciones, pero ese mismo equipo que aludió problemas económicos no cerró sus escuelas masculinas, y de seguro eso nunca siquiera se les pasó por la cabeza. El deporte —y en especial el fútbol— se ve como algo imprescindible para el desarrollo social y mental de un joven, casi un requisito para construir carácter, crear lazos de amistad, fomentar la camaradería, aprender a ganar y perder, mantenerlos sanos y alejados de las drogas y otros vicios, aprender a trabajar en equipo y sobreponerse a la adversidad, entre otras cosas. El deporte se ve como algo necesario para la formación de los niños y jóvenes, pero como algo prescindible en la formación y crecimiento de las niñas y jóvenes. ¿Por qué? ¿Acaso ese aprendizaje no es necesario para las mujeres, para las niña y jóvenes?

Cualquiera habrá notado lo común que es regalar una pelota de fútbol a un niño, a veces incluso antes de que aprenda a caminar. ¿A las niñas? Una muñeca o un hornito de juguete para aprenda su lugar. Desde que tengo memoria se me instó a participar en actividades deportivas de forma insistente, y no creo que exista un niño que no haya sido prácticamente obligado a jugar al fútbol, aunque no quisiera. Una presión que no existe en las mujeres, a pesar de todos los beneficios que se le atribuyen al deporte. Y no vamos a decir que esa presión es por motivos económicos (padres soñando con que su hijo sea una estrella mundial) pues la mayoría de los padres prefiere la educación y las carreras tradicionales, e incluso desalienta carreras deportivas, pero aún así siempre se vela porque los “hombrecitos” corran tras una pelota o levanten pesas. Es parte de crecer y de ser más completos como personas.

Un empuje que es mucho menor o inexistente para las mujeres. ¿Por qué? Pues yo le veo varias razones. Una vez leí sobre el “mito de la debilidad femenina“, y de cómo la construcción de la feminidad es reclusiva y limitante. La feminidad viene con reglas que limitan el desarrollo personal y social de una mujer, especialmente el físico. Tacón alto, corsé, ropa incómoda y enfocada en apariencia, jamás en practicidad o comodidad, pero aún más allá de todo eso va la idea de que la fuerza, el esfuerzo, los músculos o lo atlético es antifemenino, que las mujeres que se ensucian o hacen deporte o tienen músculos son “machorras” y “feas”, por supuesto, porque el valor de una mujer en una sociedad patriarcal es proporcional a su capacidad de ser un ornamento decorativo apropiado y atractivo. Ser fea, verse fea, es lo peor que una mujer puede hacer en este paradigma social, la fealdad le quita importancia y voz, la invisibiliza o peor, la hace objeto de burla, de escarnio. Para una mujer, existir sin ser atractiva es una ofensa contra el patriarcado, una que se castiga con el destierro social y bullying.

Y como el deporte no es cosa de señoritas, entonces el deporte no se alienta entre mujeres, no al nivel que se hace con los hombres. Sí han cambiado las cosas y muchísimo en los últimos 100 años, pero la desigualdad todavía es enorme. Los deportes femeninos de inmediato se etiquetan como menos atractivos o aburridos, como una versión inferior del masculino, un premio de consuelo, una previa. Por algo la final de cualquier deporte femenino es sólo la entrada, y la final masculina es el “plato principal”. Así es en las olimpíadas, o en los Grand Slam del tenis. Nunca a la misma altura.

Pero yendo más allá, la sociedad patriarcal siempre ha desalentado la unión entre mujeres. Les prohibían juntarse o asociarse en grupos (lo vimos en Sufragistas) por miedo a lo que puedan lograr juntas. Dividir para vencer, ¿no? Pues así como se han prohibido las organizaciones raciales como Panteras Negras o las uniones de trabajadores, por miedo a lo que puedan exigir y conseguir para sus miembros —siempre de forma más transversal— se ha intentado limitar las asociaciones femeninas. Los hombres siempre han sido excluyentes en el lugar de trabajo, clubes deportivos y de campo, y toda clase de federaciones, clubes, directivas, etc., al punto que cuando algo es sólo para mujeres es “discriminatorio”, pero algo que es sólo para hombres es la norma. No sería una locura pensar que, efectiva e históricamente, desanimar a las mujeres de participar en deportes sea una forma de desanimar la formación de instituciones, clubes y grupos íntegramente femeninos, grupos de apoyo, lazos de amistad y sororidad, que creen comunidades de mujeres más unidas que luchen por un bien y un progreso común.

Los medios, los libros y las películas siempre pintan a las mujeres como traicioneras, poco confiables, y las amistades entre mujeres como algo que se quiebra ante la primera aparición de un prospecto romántico masculino. Esa visión conviene a los hombres para aislarlas más fácilmente unas de otras. Si ellas no tienen espacios exclusivos, no pueden crear los lazos que ellos sí crean en sus espacios exclusivos (que son muchísimos). Por eso también es que cada vez que las mujeres crean un espacio exclusivo —ya sea un club, una página de Facebook o una aplicación de citas— éste se llena de hombres violentos inflitrados atacándolas y clamando “discriminación” por el simple hecho de no centrarse en ellos y de querer tener algo únicamente para ellas, cosa que los hombres hacen todo el tiempo y sin que nadie (mujeres) les interrumpa.

También hay una gran responsabilidad de los roles de género en temas deportivos, lo que nos lleva de vuelta a la asociación de mujeres pasivas y hombres activos, feminidad es reclusión, conciliación, y obediencia; masculinidad es acción, expansión y conquista. Es importante borrar esos conceptos de una vez, alentar a las niñas a practicar deportes (y arte, y ciencias, y cualquier cosa que les interese y les pueda ser beneficiosa) y a no restringirse con construcciones sociales anacrónicas. Enseñarles y permitirles ser personas completas. Enseñarle a a sociedad que es necesario darles las herramientas, los espacios y las libertades a las niñas y jóvenes para desarrollarse como tales.

No más talleres para niños y niñas por separado, no más temáticas enfocadas a un sólo género: taller de karate para niños y tejer para niñas, no más “las niñas son más delicadas” como excusa para no permitirles explorar y aprovechar su infancia. Y no más estereotipos sobre mujeres que destruyan sus expectativas sociales, profesionales o deportivas, tanto en medios como en arte. Si algo hay que sacar de todo esto, es que la sororidad y los lazos de comunidad son una de las formas de empoderamiento más importantes para las mujeres, y una de las amenazas más peligrosas para el machismo y el patriarcado.

Felipe Oliva A.: @ender27

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