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El miedo cambió de bando: cuando el Internet victimiza al victimario

El video de un hombre sangrando en las escaleras del metro sacudió Internet esta última semana; el video nos impacta porque se ve a un hombre avergonzado, empequeñecido, en contraste una mujer decidida y segura de lo que hace, cuando normalmente es al revés.

acosador golpeado

Seguro todo el mundo (el mundo de las redes sociales por lo menos) está al tanto del pobre samaritano que fue golpeado por una histérica, nada más porque se atrevió a tocarle la pelvis sin permiso. Por eso se ganó esa golpiza de aquella mujer violenta. “Violencia causa violencia”, “no era para tanto”, “pobrecito”, son los gestos de solidaridad que algunos han expresado a este pobre hombre en Internet.

Ahí lo tienen, la invisibilización histórica de las mujeres y las formas de violencia contra ellas se concreta en este momento, en el que el agresor deja de serlo y pasa a ser la víctima de su víctima.

No importan el acoso y la impunidad que hemos visto en estos casos, lo que pesa es la reacción de la víctima (la verdadera) ante el hecho que pone en riesgo su integridad, lo que vulnera su derecho a una vida libre de violencia garantizado en la Ley General de Acceso de las Mujeres a Una Vida Libre de Violencia (2007), así como en Tratados Internacionales en Materia de Derechos Humanos de las Mujeres, ratificados por el Estado mexicano, como la Convención sobre La Eliminación de todas las formas de Discriminación Contra La Mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés) y la Convención Belem Do Pará, entre otras.

Incluso El Universal, al cubrir el hecho, preguntó en su encabezado si estamos de acuerdo con lo que hizo ella, no preguntan qué pensamos del acosador y su acción totalmente violenta, sino que desata el debate alrededor de la reacción de ella ante esta agresión.

tuit del universal

En el video se ve a un hombre avergonzado, empequeñecido, en contraste una mujer decidida y segura de lo que hace. Eso nos salta, porque por lo general en casos de acoso es al revés. Muchos sintieron lástima por este pobre joven sentado en las escaleras intimidado por una mujer (una a la que él había agredido así sin más).

Ojalá que hubiera por ahí un video de cómo las intimidan a ellas, no sólo los agresores, sino las autoridades impartidoras de justica, que tratan de hacer que desistan en su denuncia, que intentan hacer de todo, menos su trabajo. Que hubieran videos de cómo los médicos legistas intimidan a las víctimas y les dicen que si se van a dejar golpear otra vez, mejor ni las revisan; psicólogos que alegan que si lo va a perdonar, mejor ni denuncien; peritos que insisten en que mienten. Eso es ser intimidada, no la cobarde acción de este sujeto que llora en las escaleras del metro porque una mujer a la que él sentía que tenía acceso se negó.

Que te puedes negar de “maneras más amables”, sí. Que esto ya no concierne al hecho violento, obvio. Si ante cualquier agresión unas golpean o gritan, otras callan, lloran y aguantan; u otras amablemente le explican al agresor que también son personas y que merecen respeto (como utópicamente nos sugieren los machines comprensivos para “no causar más violencia”), es harina de otro costal. Primero hay que ver las motivaciones  de la violencia machista  y cómo se perpetua a través de la impunidad.

Según el Banco Nacional de Datos e Información sobre Casos de Violencia Contra las Mujeres (Banavim), actualmente en México hay registrados 134 mil 312 casos de violencia contra las mujeres, de las cuáles tan sólo el 0.45 % (611 casos) han derivado en órdenes de protección, es decir, el 95 % de los casos de violencia de género se mantienen en la impunidad.

Dentro de los tipos de violencia que registra el Banavim están la física, sexual y psicológica en el ámbito de la comunidad, categorías en las que entra el acoso en vías públicas. El acoso, es esa violencia cotidiana de la que somos víctimas millones de mujeres —la mayoría desde los seis años, según un análisis hecho a través del hashtag #MiPrimerAcoso, el cual documentó las experiencias compartidas por mujeres a través de Twitter.

Siempre es nuestra culpa, el dedo está sobre nosotras, por agachonas, por violentas, por lo que sea somos nosotras las culpables, ¡nunca ellos! He escuchado hasta el cansancio historias donde todo tipo de personas han acudido en ayuda de una mujer golpeada y ella misma defiende a su golpeador, ¿entonces para qué nos metemos si a ella le gusta? Vivamos felices que ella es feliz. Si por el contrario se defiende, ¿para qué nos metemos si ella puede sola? ¿Así quiere acabar con la violencia, con más violencia?

El ojo público está en nosotras y nuestra reacción ante la violencia, la violencia se ha normalizado, es el pan de cada día, es incuestionable.  Es necesario, indispensable, cambiar esa mirada. Empecemos a mirar el mundo a través de nuestros propios ojos, no desde los discursos hegemónicos que nos imponen “la verdad”.

Desnaturalicemos estos actos violentos que a todas luces no son naturales, son resultado de la cultura machista y patriarcal que hay que desmontar, miremos las desigualdades que causan violencia y sus raíces, no nos quedemos en sus manifestaciones como hechos aislados y sobre todo, mujeres, seamos sororales, creamos en las demás  y unámonos para defendernos.

Lo siento mucho para quienes dicen que “violencia origina más violencia”, dicho que por lo general viene de quienes agreden primero y no quieren tener una reacción igual, pues que pena me dan porque ¡Somos manada y el miedo ha cambiado de bando!

Corina del Carmen

Comunicadora feminista, defensora de la alegría. Soñadora de otros mundos.

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