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Mi desastrosa relación con la comida y cómo me enamoré de mi cuerpo

Con el tiempo entendí que lo que piensa la gente es lo que menos te afecta, pues lo que una piensa de sí misma es lo primordial; la belleza es compleja, cambiante, con un rostro distinto según el contexto, la época, el país y la cultura.

trastorno alimenticio

“Estoy enamorada, tengo una relación con mi pizza”.

Aún recuerdo mi relación con la comida. Tan conflictiva, tan ansiosa, tan culposa, tan “necesito calmarme esta ansiedad con una bolsita  de chetos” o “necesito la energía de una coca cola”… en fin, era eso un tiempo y luego el “oh, por Dios, me comí un montón de calorías”.

Crecí rechazando muchos alimentos. Como muchas mujeres, desarrollé complejos por mi peso porque vivo en una sociedad en la que a las mujeres se nos enseña que nuestros cuerpos son instrumentos para conseguir mejores oportunidades. Si en pleno 2017 se sigue premiando la belleza y se realiza un certamen a nivel internacional para ver mujeres en una competencia por el título de la más bella del planeta, creo que el mensaje es claro: la belleza importa, y mucho. Así como muchas adolescentes, me concentré en encontrar la perfección en mi cuerpo.

Con este relato pretendo compartir que yo fui una de esas chicas que creían en la perfección de las mujeres de portada, que seguro no soy la única y pude liberarme de eso.

La inseguridad con la que muchas mujeres crecemos se refleja en la relación que tenemos con nuestro cuerpo y la manera en que nos exigimos para mantenernos dentro del estereotipo, como si fuera importante. Cuando conocemos nuestras capacidades, virtudes e incluso aceptamos nuestros defectos el físico ya no es importante en absoluto.

Pero yo era flaca y eso me generaba un montón de inseguridades. Miraba a las niñas de 14 años que ya tenían pechos y caderas amplias y yo seguía usando corpiño. Usar shorts en clase de educación física me parecía de terror, mostrar mis piernas de palito a mis compañeros de secundaria me daba pavor.

Cuando entré a la preparatoria “embarnecí”. Al llegar a la universidad mis malos hábitos alimenticios generados por la falta de tiempo, horarios mixtos, una nula educación  nutricional y problemas emocionales me llevaron a pesar 48 kilos. Un peso bastante bajo para alguien que mide 1.59.

Esto generó rumores sobre un trastorno alimenticio. Las especulaciones llevaron a mis padres a dudar de mí, a pensar que quizá vomitaba la comida por lo que me vigilaban al entrar al baño. Me dolió enterarme que la gente pensaba que yo tenía bulimia y fue aún más doloroso que mis papás lo creyeran. Con el tiempo entendí que lo que piensa la gente es lo que menos te afecta, pues lo que una piensa de sí misma es lo primordial.

Mis emociones afectaban mi apetito y la ansiedad e insomnio empezaban a asomarse por la ventana. Me vi en la necesidad de alimentarme “mejor” y eso significaba comer mucho. Un montón. Lo que me pusiera en la mesa. Algo así como el papá de Remi en Ratatouille.

Mi familia, mi  ex novio y amigos se interesaban porque comiera y a mí me costaba mucho trabajo terminarme un platillo. Entre un proceso emocional complejo y al ver que todos (preocupados) me ofrecían comida, encontré tranquilidad en los alimentos grasosos. De saltarme comidas y hacer ayunos pase a querer devorarme el mundo: chilaquiles de Doña Vale, tortas de tamal en la tarde, esquites antes de cenar, mini cena en la casa y tres o cuatro coca colas diarias.

No contaré detalles. Quizá pasó un año para que de repente mi ropa me avisara que sí estaba ganando peso, y todo iba bien, hasta que subí 10 kilos y mi ropa dejó de quedarme. Mi nueva realidad era que ahora me sentía sumamente culpable por haber subido tantos kilos sin darme cuenta.

En fin, ya no podía parar de comer. La comida era mi aliada contra el estrés y la ansiedad. Ahora que pesaba 57 kilos tenía pánico, lo único que logré fue comer sin parar. Comía con gran culpa, recuerdo varias ocasiones en las que rompí en llanto después de comer: compulsión, más culpa y de nuevo compulsión. Mi relación con la comida era nefasta. Llegué a desarrollar miedo a la comida.

En mi proceso de recuperación me encontré haciendo la tesis sobre belleza femenina según la marca Miss Dior. Aprendí que los cánones de belleza a través de la historia son inmensamente distintos y dependen en gran medida de la cultura y el contexto. Así que pude darme cuenta que la belleza siempre había sido subjetiva y difícil de explicar por todos los filósofos y escritores de la historia. Umberto Eco dedicó un libro entero a la belleza: La historia de la Belleza.

Nadie ha encontrado un concepto universal porque simplemente no existe. La belleza es compleja, cambiante, con un rostro distinto según el contexto, la época, el país y la cultura. Sané mi relación conmigo, me dejaron de importar las medidas, y lo que pasó meses después fue algo que cambió completamente la relación con mi cuerpo.

Encontré una vacante como reportera gastronómica. Yo no sabía nada al respecto, pero sonaba divertido. Me percaté de que la gente que sabe disfrutar la comida es más libre, más feliz, más creativa y vive con menos culpa.

Mi trabajo no sólo consistía en ir a comer, sino conocer nuevas formas de cuidarme y de viajar sin hacerlo. Sin embargo este nuevo estilo de vida me llevó a ejercitarme y relacionarme con el placer. Aprendí a escuchar a mi cuerpo: cuando tiene hambre, cuando ya estoy satisfecha, qué debo comer según cómo me siento (si me falta energía o si necesito tranquilidad).

Ya no me preocupo por cuántas calorías tendrá una pizza, o un cheesecake, no pienso en dietas para mantener mi peso y me parece absurdo que aún existan libros o artículos que las inciten. Sigo pensando que el ejercicio es fabuloso para sentirnos mejor, pero no como ideal para alcanzar la figura perfecta o para llenar los vacíos de nuestras propias inseguridades.

Ahora estoy tan enamorada de la comida como de mí.

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