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Mary & Mary: las extraordinarias vidas de una madre y una hija rebeldes

Mary Wollstonecraft vivió para escuchar que así como pedían derechos para las mujeres, después los querrían para las bestias; cuando leas este libro te pregutarás por qué ninguna adaptación de Frankenstein está dirigida por mujeres.

Mary Wollstonecraft

En 1797 una mujer moría y otra iniciaba su vida. Madre e hija que nunca podrían intercambiar palabras ni pensamientos. Pero la madre le hablaría por siempre a su hija a través de sus obras y la hija le respondería viviendo según sus ideales revolucionarios. La madre es Mary Wollstonecraft, la filósofa de la Ilustración inglesa y precursora del feminismo que nos dio la Vindicación de los derechos de la mujer; la hija, Mary Shelley, heroína del romanticismo y fundadora de la ciencia ficción con su novela Frankenstein.

Aprovechando que este 2018 se cumplen 200 años de la publicación de la novela más famosa de Mary Shelley, que es uno de mis libros favoritos, quise leerme alguna biografía de la autora. Leyendo reseñas y recomendaciones me enteré de que existía Romantic Outlaws, de  Charlotte Gordon, un libro que narra las extraordinarias vidas de Mary Shelley y su madre Mary Wollstonecraft. Fue la mejor elección que pude haber hecho: éste es uno de los mejores libros de historia que he leído en los últimos años.

Gordon construye una biografía paralela de madre e hija, en la que los capítulos sobre cada una se van alternando. La autora hace gala de una documentación exhaustiva para revelar al público no sólo las vidas privadas de estas grandes mujeres, sino las de quienes los rodeaban. Cartas, diarios, certificados, artículos de periódicos, notas, misivas… Cualquier documento que Gordon pudiera  revisar ha sido tomado para construir el panorama más completo posible de las personalidades de estas dos Marys, así como de la época y el mundo en que vivieron. El libro es todo un logro en ese sentido.

Por supuesto, buena parte del libro consiste en mostrarnos las dificultades que enfrentaron por el sexismo de sus tiempos. Nos señala cuán revolucionarias eran las ideas de estas dos mujeres, incluso para los estándares de los círculos más progresistas de aquellos años. Los intelectuales ilustrados hablaban de libertad, igualdad y fraternidad, pero no se preocupaban por desmantelar la opresión sistémica que sufrían las mujeres. MW vio de primera mano cómo el régimen jacobino echaba para atrás los logros en materia de igualdad que las mujeres habían logrado en las primeras etapas de la Revolución Francesa (y ejecutar o silenciar a muchas de sus lideresas). No es de extrañar que tras las muertes de cada una, sus figuras quedaron relegadas a notas al pie y tuvieron que esperar hasta el feminismo de los 70 para empezar a ser reivindicadas.

Ambas sufrieron muchas tribulaciones, rechazo social, abandono, soledad; vieron que sus obras, hoy canónicas, fueron despreciadas por sus contemporáneos. Un crítico dijo del libro de MW, que así como ella pedía derechos para las mujeres, luego iban a querer derechos para las bestias; desde los púlpitos y tribunas políticas se decía que las ideas de esta feminista acabarían con la familia y los valores de la sociedad.

Cuando MS publicó Frankenstein anónimamente, fue un éxito en ventas, cuando se supo que la autora era una mujer, las ventas cayeron. Como escritora siempre fue ninguneada, se le criticaba que su estilo fueran tan macabro y sórdido, y que hiciera declaraciones políticas (las mujeres sólo debían escribir romances cursis). Se sugería maliciosamente que el verdadero autor de la novela era su esposo, Percy Shelley.

El libro nos muestra el enorme poder que los hombres tenían sobre las mujeres en sus vidas personales. Las mujeres no podían iniciar un divorcio y los maridos podían recluir a sus esposas en manicomios si así lo consideraban justo. Las madres solteras eran repudiadas por la sociedad: ni la ley ni la presión social obligaba a los padres a hacerse cargo, lo que les hacía sumamente fácil abandonar a las mujeres con sus hijos.

Pero además se consideraba que los hijos eran propiedad de los padres, y si una mujer quería huir de una relación violenta, el padre podía quedarse con la criatura. Como no se esperaba que un hombre se hiciera cargo de su progenie más que financieramente, a menudo ellos dejaban a sus hijos bajo el cuidado de sirvientes o los ignoraban con negligencia, lo que muchas veces los llevaba a la enfermedad y a la muerte (como le sucedió tanto a la hija de hermana de MW, como a la hija de la hermanastra de MS). Abandonar o arrebatar, pero nunca responsabilizarse.

Ambas Marys usaron sus plumas para denunciar las injusticias de su época. Pero fueron incluso más allá y se atrevieron a vivir de acuerdo a sus ideales, desafiando los convencionalismos de lo que se consideraba “respetable”. Ambas fueron mujeres independientes que vivieron de su propio trabajo intelectual a la par que cuidaban de sus hijos. Sus respectivos maridos, el filósofo radical William Godwin y el poeta romántico Percy Shelley, apoyaban las carreras literarias de las Marys, pero nunca movieron un dedo para cooperar en el hogar o con el cuidado de los hijos para que ellas pudieran escribir.

William Godwin era en general un buen hombre, pero se podría decir que no tenía mucha inteligencia emocional ni muchas aptitudes sociales. Cuando murió MW, sus memorias sobre ella estaban escritas desde el punto de vista masculino, y terminó narrando una historia en la que Mary era una mujer que llevó una vida de tragedias hasta ser rescatada por él. Como padre era gentil y no descuidó la formación intelectual de MS, pero no daba muchas muestras de afecto. Cuando ella huyó de casa para irse con su amante y futuro esposo, aquel filósofo radical que había escrito a favor de la abolición del matrimonio y otras convenciones sociales, repudió a la hija que lo había puesto en vergüenza ante la gente.

Percy Shelley era peor. Algo así como aquel bato todo meco del que te enamoras en la prepa porque es artistoso y rebelde (aunque Shelley sí tenía genio poético). Abandonó a su esposa Harriet con una niña y esperando otra criatura para escaparse con Mary. Harriet se suicidó, lo cual fue siempre un fantasma de culpa en la vida de Mary (mas no parecía turbarlo mucho a él). Pero cuando ella quedó embarazada, Shelley la abandonaba por largos periodos para coquetear con su hermanastra Claire. Y así fue siempre: si por enfermedad, por duelo, por sus episodios de depresión o por sus embarazos, Mary no estaba disponible para él, la dejaba sufrir sola mientras se iba en busca de la adoración femenina que necesitaba en su vida.

Pero Mary estaba devotamente enamorada de él y tras su muerte se encargó de revisar, pulir y editar sus obras para publicarlas. También contribuyó a limpiar su nombre, creando una versión más pulcra y menos escandalosa de su personalidad, lo que permitió que el poeta pasara de ser un paria detestado por las buenas gentes a convertirse en el héroe de las letras inglesas del siglo XIX. Curiosamente, señala Gordon, nadie sugirió que ella fuera la verdadera autora de la poesía de Shelley.

Aprendí mucho leyendo este libro. De la vida de Mary Wollstonecraft, aprendí que ella no fue únicamente una lúcida pensadora de la Ilustración, no sólo alguien cuyo agudo intelecto se enfrentó al de gigantes de la talla de Edmund Burke (uno de los más notorios intelectuales conservadores), sino una mujer apasionada que hablaba desde su experiencia de vida y que vivía según sus ideales (y pagaba el precio por ello). Aprendí que la transición entre la Ilustración y el Romanticismo fue más continuidad y menos ruptura de lo que yo pensaba, y que en Mary se puede ver ese espíritu que consideraba importantes tanto la razón como la libertad para expresar honestamente las emociones más profundas.

De Mary Shelley aprendí que Frankenstein es una obra mucho más personal de lo que yo había entendido las primeras veces que la leí, pues ella vivió lo que significa ser una marginada social, rechazada hasta por su propio padre. Siempre he considerado Frankenstein como una obra brillante, pero por primera vez entendí lo importante del hecho de que su autora sea una mujer. No sólo por el tema de la otredad, sino por cómo analiza una forma de masculinidad tóxica: ese afán de dominarlo todo, la búsqueda de la grandeza sin importar las consecuencias destructivas que traiga para los seres queridos, esa obsesión que ella conoció bien en muchos hombres. Lo que lleva a preguntarnos, ¿cómo es que ninguna de las adaptaciones cinematográficas ha sido dirigida por una mujer?

Al leer este libro no dejaba de crecer en mí la admiración por estas tres mujeres: la madre, la hija y la biógrafa de ambas. Lo recomiendo muchísimo para celebrar los 200 años de Frankenstein o simplemente para conocer las vidas de dos mujeres extraordinarias que allanaron el camino para el desarrollo del feminismo.

Escritor, bloguero y nerd profesional. Sus amigas feministas tuvieron la bondad de explicarle cómo estaba la cosa y desde entonces trata de ser menos cretino.

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