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Los límites y la soledad, necesarios para la autonomía

Las personas abusadas desarrollan un alto grado de sensibilidad para leer a sus agresores y prevenir o detener futuras agresiones; la soledad se trata de un espacio de reflexión en el que construimos nuestra autonomía como personas.  

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Establecer límites en nuestras relaciones interpersonales o en situaciones de abuso puede ser difícil, sobre todo para las mujeres, porque estamos educadas para ser agradables y poner en primer lugar las relaciones, a veces a expensas de nuestras propias necesidades, de acuerdo con Hillary McBride, terapeuta feminista.

Sobre los límites que ponemos para protegernos de otras personas, Hillary aseguró que son necesarios, sobre todo en casos de abuso infantil. Explicó que muchas niñas y niños maltratados crecen como adultos con culpa ya que este tipo de maltrato es diferente de otros tipos de violencia al provenir de personas cercanas y proveedoras.

En la infancia, cuando estas figuras de autoridad en lugar de vez de protegernos, nos violentan, causan confusión: la persona abusada genera el pensamiento de que el maltrato es por su culpa, aunque no sea así, esto marcará sus relaciones en la adultez. McBride afirmó que en este tipo de violencia las personas abusadas desarrollan un alto grado de sensibilidad para leer a sus agresores y prevenir o detener futuras agresiones. Además de que aprenden a leer los estados de ánimo, así como el lenguaje corporal y gestual de sus agresores.

Las víctimas también aprenden a desaparecer para evitar ser blanco de violencia, según argumenta la terapeuta francesa Alice Miller en su libro El drama del niño prodigio.

Sobre las confrontaciones, Jillary detalló que muchas veces el miedo a confrontar nuestras ideas y necesidades con las de alguien más proviene de nuestra inhabilidad para compartir espacio en las relaciones, ya que muchas veces preferimos dominar o desaparecer antes de coexistir colaborativamente en el espacio de la relación.

En cuanto a la necesidad de poner primero las necesidades de las demás personas antes que las propias, la psicóloga Carol Gillian, desarrolló el concepto de ética del cuidado de las mujeres, que se refiere a la decisión de lo que está bien y lo que está mal basado en la preservación de las relaciones.

Sobre estos conflictos y la dificultad para las mujeres de establecer límites en sus relaciones interpersonales y afectivas, Marcela Lagarde y de los Ríos, antropóloga feminista, escribió el texto Soledad y desolación, en el que reflexionó sobre las mujeres y el miedo a la soledad, que no es mala, sino que se trata de un espacio de reflexión en el que construimos nuestra autonomía como personas.

Sin embargo, tradicionalmente a las mujeres se nos educa en el sentimiento de orfandad, lo que nos hace muy dependientes de los demás y abona a la idea de que la soledad es negativa. Esta concepción también está atravesada por la relación desigual entre los géneros, nos enseñaron a que las mujeres dependen de la presencia de los hombres, incluso en sus recuerdos.

La antropóloga también dijo en su texto que el miedo a la soledad impide la construcción de autonomía y que está basado en el temor a la libertad, a tomar decisiones, por lo que para enfrentarlo es necesario que las mujeres pongan su Yo en el centro de su existencia, así como la transformación de la soledad en un estado de bienestar personal, en un “estado placentero, de goce, de creatividad, con posibilidad de pensamiento, de duda, de meditación, de reflexión”.

Redacción

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