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Los hombres que odiaban a las mujeres (parte II)

Cada vez que los abusadores ven la violencia contra las mujeres justificada o desestimada como algo cómico, esa sensación de derecho a abusar se reafirma; todas las violencias nos llevan a la mujer, el acoso callejero lo sufren mucho más las mujeres que los hombres al igual que la violencia en los espacios públicos.

mujer con la boca sellada

Uno de los mayores mitos de la violencia machista es que obedece a un descontrol, a impulsos del momento y no a un comportamiento sistemático, aprendido, practicado y ejercido de forma consciente. El mito es que la violencia machista es un accidente que se da en casos aislados, en individuos naturalmente violentos que son nada más que parias de la sociedad, pero no en personas de bien, no en ‘hombres de verdad’.

“La violencia es una práctica orientada, elaborada, aprendida y legitimada de quienes se sienten con más poder que otros, con más derechos que otros, de controlar e intimidar. La violencia contra la mujer no obedece a un descontrol de impulsos, en una relación de violencia existe abuso de poder, en que la agresión parece ser una vía para resolver un conflicto, y en que se desconoce  la dignidad del otro como sujeto de derecho. Por otro lado, la violencia es una conducta que se aprende existiendo un patrón abusivo, con un conjunto de comportamientos que poseen una intención y finalidad, que es imponerse sobre la mujer, ganar dominio sobre ella y controlar su forma de vivir, de pensar y actuar, todo esto a través de tácticas como, el abuso físico, sexual, intimidación, abuso emocional, aislamiento, negación, minimización etc., todo lo anterior en un contexto o marco que es  relacional, que tiende a paralizarla y desorientarla, pues de quien espera cariño, compañerismo y amor recibe violencia, y esto sumado al tiempo que determina efectos devastadores para la mujer: la normalización de la violencia, la justificación de lo que nunca debemos justificar” explicó Andrea Parra, coordinadora regional de la Unidad de Violencia Contra la Mujer, del Sernam Los Ríos, Chile.

El libro de Lundy Bancroft, un experto en violencia doméstica, llamado Why does he do that?: Inside the minds of angry and controlling men es uno de los mejores trabajos de recopilación de casos y ejemplos de violencia contra las mujeres y de la mentalidad que sostienen estos comportamientos, específicamente en el contexto de las relaciones de pareja, y coincide a grandes rasgos con lo que Andrea planteó.

“Si yo tuviera que seleccionar una característica general de mis clientes abusivos” dijo Bancroft en una entrevista hace años, “un aspecto de su naturaleza que sobresalga por sobre todos los demás, eligiría este: ellos se sienten profundamente justificados”.  La violencia no es fortuita, los hombres abusivos hacen lo que ellos sienten que tienen derecho de hacer, lo que siente que la sociedad, la crianza y los medios justifican en su favor. Ellos se siente con todo el derecho de abusar porque su concepción de masculinidad les sitúa sobre sus parejas. Como los racistas, se sienten elevados por sobre todo un grupo demográfico per se, y en muchas situaciones ellos consideran firmemente que todos los hombres piensan como ellos, aunque no lo admitan. Sienten que en el fondo esto es algo que es universal —y hay días que parece que tuvieran razón—, y que por lo tanto lo que hacen no sólo no es incorrecto, ni condenable, sino natural. Es por eso que es absolutamente necesario condenar este comportamiento públicamente, y rechazar todas las expresiones de violencia contra la mujer en el ‘humor’, la sociedad, el arte y los medios. Cada vez que ellos ven la violencia contra las mujeres justificada, o desestimada como algo cómico, esa sensación de derecho a abusar se reafirma. Y eso aplica a toda clase de abusadores.

También, debido a este comportamiento tan normalizado de expresar violencia como humor, acoso como halago, manipulación y control como amor y discriminación como caballerosidad, determinar quién es y quién no es un potencial abusador es prácticamente imposible. Y eso obliga a muchas mujeres a estar en constante guardia, cosa que muchos hombres toman como una ofensa personal, centrando el tema en sus sentimientos en lugar de la seguridad de las potenciales víctimas.

“Todas las violencias nos llevan a la mujer. El acoso callejero lo sufren mucho más las mujeres que los hombres, al igual que la violencia en los espacios públicos. Las mujeres no pueden hacer uso de ellos con la tranquilidad que lo hacen los hombres, cuando un hombre quiere salir de noche se arregla y sale, una mujer en cambio forma un grupo, toma precauciones, porque salir sola es un riesgo, y desde ese momento en adelante una se tiene que limitar. Y si bien estos espacios están garantizados para ambos, para las mujeres existe una menor sensacion de seguridad” indicó Andrea con elocuencia. Toda actividad e interacción social en que incurren las mujeres está en cierto modo delimitada por la posibilidad de encontrar violencia. El hogar o simplemente caminar por la calle o  a casa de noche, salir a trotar , incluso exigir o reclamar algo a sus parejas, amigos o colegas.

Y lo peor es que, sin importar los ejemplos, la historia, las condiciones sociales o el contexto histórico, los índices de criminalidad o de violencia, la discriminación social documentada o las leyes injustas y sesgadas, la gente —particularmente los hombres, pero no sólo ellos— siempre encuentra un pero, una forma de dudar, porque al final y en muchos casos, esto se reduce a la experiencia de vida de una mujer y es un hecho comprobado que los hombres simplemente no le creemos a las mujeres, no creemos lo que ellas viven ni lo que ellas nos dicen. No vivimos sus problemas y por lo tanto no los consideramos problemas. Al final ellas se ven obligadas a cuidar de sí mismas, y son culpables por acción u omisión. Una mujer que vive su vida como si cruzara un campo minado pero sin nunca volar en pedazos a la larga es considerada una exagerada, una histérica que sólo arma escándalo por todo, pero cuando otra cruza sin cuidado y pisa en el lugar incorrecto, resultando violada, golpeada, o maltratada, se enfrenta a la opinión pública de que ‘debió tener más cuidado’ y que por lo tanto, la violencia de la que fue víctima su responsabilidad. ¿Suena eso justo?

Lee la primera parte aquí.

 Felipe Oliva A.: @ender27

Estúpido y sensual periodista que siempre tiene sueño.

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