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Los hombres que odiaban a las mujeres (parte I)

Hay tres cosas que son importantes de analizar y deconstruir a la hora de hablar sobre violencias contra las mujeres que son: el modelo económico, el sistema patriarcal y la religión; afrentar contra la masculinidad de un hombre es algo que, en una sociedad patriarcal, se paga caro.

violencia de genero

Para poder combatir el fenómeno social que es la epidemia de violencia de género, o más específicamente, la epidemia de violencia contra las mujeres en todas sus formas, es necesario —imperativamente— entender dos cosas: los parámetros y paradigmas sociales que permiten y normalizan la violencia contra las mujeres, y cómo piensa y actúa un hombre abusivo.

Me reuní en tres ocasiones con Andrea Parra, coordinadora regional de la Unidad de Violencia Contra la Mujer, del Sernam Los Ríos, Chile, dos en su oficina y una durante el acto del pasado 25 de noviembre que realizó el Sernam en la costanera, fecha en que se conmemora el Día Internacional por la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres, en recuerdo de las hermanas Patricia, Minerva y María Mirabal, y en honor y en nombre de todas las mujeres que sufren violencia en el mundo, meramente por su condición de ser mujeres.

Las dos primeras reuniones fueron conversatorios/entrevistas, intercambiando y documentando sus opiniones, ideas, puntos de vista, planes y necesidades, ambas en calurosas tardes de fines de octubre y principios de noviembre, mientras que la tercera fue en la fría y levemente lluviosa mañana del 25 de noviembre, mientras se recitaban los nombres de las —hasta ese momento— 38 víctimas de femicidios en lo que iba del año en Chile, cada nombre recitado soltando un globo rojo al gris cielo valdiviano. Y por supuesto que 38 no fue todo, los femicidios oficiales durante el 2015 llegaron a 45, y eso sólo incluye casos donde se puede probar que existía una relación ‘sentimental’ entre víctima y victimario. En la mayoría de esos casos la víctima había dejado o quería dejar a su pareja —sobre el 75 % de los femicidios,  asociados a una historia de abusos y malos tratos durante el tiempo en pareja, ocurren una vez terminada la relación con el abusador— y, por supuesto, ser abandonados era algo que esos hombres no iban a aceptar. De ahí que en una carta al director en un medio estadounidense, un lector llamara a estos crímenes ‘asesinatos de honor’, en un paralelo con la repudiable práctica que se le atribuye en exclusivo a la cultura musulmana. ¿Y acaso no es esto exactamente lo mismo? Estos hombre se sintieron humillados, su honor mancillado, y decidieron tomar la ‘justicia’ en sus manos, porque afrentar contra la masculinidad de un hombre es algo que, en una sociedad patriarcal, se paga caro.  En una sociedad donde la masculinidad se construye y afirma en la violencia y el poder sobre los demás, especialmente el control sobre las mujeres, verse arrebatado de esa sensación de superioridad se interpreta como un agravio que merece retribución. Y esa retribución se entrega usualmente en forma de violencia física, psicológica,  intimidación y abusos sexuales.

Pero ojo, los asesinatos, los golpes y las violaciones son sólo algunas de las muchas formas en que se manifiesta la violencia contra las mujeres, y son sólo los casos más extremos y visibles. La punta del iceberg.

La santísima trinidad de la violencia patriarcal

“Hay tres cosas que son importantes de analizar y deconstruir a la hora de hablar sobre violencias contra las mujeres que son: el modelo económico, el sistema patriarcal y la religión. Cuando tenemos esta comprensión, que es tan amplia, entendemos también lo complejo que es hacer cambios porque cualquier cambio implica deconstruir y cuando hablamos de eso encontramos mucha resistencia; cuando hablamos de deconstruir un sistema patriarcal hablamos de que hay que ceder poder, por ejemplo, o ceder espacios de comodidad que no hay disposición ni de entregar ni de compartir” explicó Andrea, tras su escritorio, mientras revisa de reojo su computador. Andrea no tiene un trabajo sencillo, sino una odísea que encuentra mucha resistencia, y poca autocrítica e instrospeción desde quienes más la necesitan y desde quienes son los mayores responsables de esta violencia. “Esta tarea no tiene que ver sólo con el trabajo de las mujeres, la violencia contra las mujeres es un problema para las mujeres pero no es un problema de las mujeres, involucra al estado, las políticas públicas, y la sociedad en general, y se tiende a responsabilizar sólo a los organismos que trabajan con la temática pero no se asume la responsabilidad que como sociedad tenemos todas las personas”.

Este último punto es muy importante, porque el trabajo, al requerir una cambio de mentalidad a nivel social y político, un cambio en la forma en que vemos y entendemos a las mujeres, su rol, las relaciones interpersonales y de pareja, y los parámetros de la masculinidad, no puede quedar únicamente en manos de quienes sufren de esta violencia. “El trabajo como política pública debe ser coordinado entre los organismos que trabajan las distintas especificidades. El Sernam es el organismo encargado de trabajar la temática,  como servicio hemos dado  un paso importante desde la violencia intrafamiliar,  al abordaje de la violencia o las violencias contra las mujeres,  este tránsito que nos permite evaluar  este fenómeno de una forma amplia pues la violencia contra las mujeres tiene una intencionalidad, que es, castigar o someter a la mujer cuando ésta no actúa de acuerdo a los roles sociales esperados o lo que el hombre espera, y esta mirada de la violencia nos permite también replantear cómo vemos la violencia, cómo la evaluamos, cómo la juzgamos, cómo la analizamos, y es importante este paso pues nos permite dimensionar esta realidad que tantas veces se calla u oculta; el paso de la violencia intrafamiliar a las violencias contra las mujeres nos permite ver además la  direccionalidad de las violencias,  donde las mujeres son víctimas y sobreviven, y los hombres los que la ejercen en la mayoría de los casos,  en todos los espacios, no sólo públicos sino también privados, espacios laborales, en la calle, en la vida familiar, en todos” declaró Andrea, recalcando además la importancia del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, como soporte potente para enfrentar un fenómeno que es altamente complejo, multicausal, y que requiere de una respuesta que asocie recursos, voluntades políticas y sociales, de forma urgente y necesaria.

En nuestra sociedad las formas de violencia —específica— contra las mujeres son flagrantes: violaciones, abusos sexuales, acoso laboral, acoso callejero, brecha salarial (menos sueldo a igual trabajo), desigualdad social, política y económica, dependencia, menor status ante la ley, representación desigual en medios de comunicación y en expresiones artísticas y deportivas, dobles estándares sociales, anticuados roles de género, ausencia de derechos reproductivos, cosificación, cultura de la violación, y un largo etc. Todos somos en parte responsables de la cultura en la que vivimos, y de la mentalidad, el status quo y los desbalances de poder que en ella persisten. Por eso no es suficiente hablar de ‘algunos hombres’. Mientras como sociedad y como individuos nos ríamos de chistes machistas, mientras miremos para el lado cuando alguien acosa o maltrata a una mujer, mientras consideremos a las mujeres que viven su sexualidad libremente como ‘putas’ pero a los hombres que hacen lo mismo como ‘galanes’, mientras creamos que las mujeres no tienen derecho al control total sobre su cuerpo, mientras creamos que existe justificación alguna para las violaciones o los maltratos, mientras creamos que una mujer abusada que bebió mucho, caminaba sola a altas horas de la noche o vestía un atuendo revelador ‘se lo buscó’, y mientras los medios de comunicación sigan —muy irresponsablemente— hablando de ‘crimen pasional’ o ‘crimen por amor’ ante los femicidios, y utilizando a las mujeres y sus cuerpos como decoración o adornos para vender productos, esto seguirá siendo responsabilidad de todos y todas, individual y socialmente, y todos debemos ser considerados responsables.

La representación política es crucial si se desea buscar soluciones que abarquen políticas públicas y el marco legal, pero lamentablemente, las mujeres siguen largamente infrarepresentadas en los gobiernos de casi todos los países. A nivel mundial, solo el 22.9 % de los parlamentarios y representantes del pueblo son mujeres, y sólo un país en el mundo tiene una mayoría de mujeres: Ruanda, con un 63.8 % de los escaños en la cámara baja.  En promedio los países nórdicos tiene una representación femenina equivalente al 41 %, las Américas llegan al 25 %, Europa al 24 % —excluyendo los países nórdicos—, África subsahariana al 23.3 %, y el resto del mundo no llega a un quinto. Pasando a los ministerios, solo un 17 % de las carteras son encabezadas por mujeres a nivel mundial. Suecia e Islandia ostentan una equidad absoluta en este segmento, con una repartición del 50 % para cada género. Para enfrentar este problema, las cuotas de género son una buena medida, y serán necesarias mientras la percepción social y los roles de género mantengan la idea de que los hombres son mejores líderes o están más capacitados para puestos políticos, porque el problema no es que no haya mujeres capacitadas, el problema es que las mujeres no son percibidas como suficientemente capacitadas por los votantes, y por lo tanto, tienen menos probabilidad de éxito en votaciones o de ser consideradas por sus pares o líderes políticos para ser asignadas a cargos mayores. Sí son, al parecer, percibidas como más honestas.

No es raro entonces que, estando las mujeres infrarepresentadas en el gobierno, las políticas públicas no tengan el enfoque apropiado para atender a sus necesidades, pues si algo no se percibe como un problema no se le trata como tal, y está claro que los gobiernos mayoritariamente masculinos han fallado en tomar en serio o considerar adecuadamente las problemáticas sociales y personales que afecta al género femenino. Cosas como los derechos reproductivos, el impuesto rosa, los femicidios y el acoso laboral y callejero han crecido y se han normalizado sin respuesta de parte del sector político, y ha sido necesario que en muchos casos sean ONGs las que tomen cartas en el asunto y obliguen a los gobiernos a legislar al respecto.

La pronunciada brecha salarial de género en América Latina implica que las mujeres tengan menos ingresos y por lo tanto, menor independencia económica. En promedio, los hombres en América Latina ganan un 17 % más que las mujeres, pero en Argentina esa cifra sube al 27 %, en Chile al 33 %, y en México es del 23 %. “Los hombres ganan más que las mujeres en cualquier grupo de edad, nivel de educación, tipo de empleo, categoría ocupacional: cuenta propia, empleador o empleado, y tanto en empresas grandes como pequeñas” dijo hace unos años María Cecilia Sánchez, entonces directora nacional del trabajo en Chile, cifras aún hoy respaldadas por el Instituto Nacional de Estadísticas de ese país. Además las pensiones de retiro de mujeres son un 33 % menores a las de los hombres, y no olvidemos los mayores costos en la salud y el ‘impuesto rosa’. Pero la discriminación salarial no es sólo perjudicial para las mujeres. Un estudio realizado en Estados Unidos por el Institute of Women’s Policy Research (IWPR) determinó que cerrar la brecha salarial en aquel país reduciría la pobreza a la mitad, además de inyectar 482 mil millones de dólares a la economía. “La baja paga que las mujeres reciben debido a discriminación es una carga que frena a toda la economía” puntualizó Heidi Hartmann, presidenta del IWPR.

Y finalmente tenemos la religión, que es la fuerza gravitatoria más poderosa del patriarcado, porque en el imaginario colectivo refuerza la idea, la noción, de que naturalmente (o peor, divinamente) las mujeres están subordinadas a los hombres, y de que se diga lo que se diga, al final del día esa es la voluntad de Dios (aunque en realidad sólo sea la voluntad de los hombres que hablan y justifican por él, se esconden tras él, y se excusan en él).  La Iglesia es la institución patriarcal por excelencia, donde las mujeres no tienen lugar en los puestos de mando, no están calificadas para realizar las mismas tareas que los hombres, y que además nos entregó los arquetipos de la mujer, reduciéndola a tres roles clásicos: vírgen, madre/esposa y ramera. Para la religión la mujer sólo puede caer en uno de ellos, y las desviaciones de la norma se castigan. La Iglesia siempre ha perseguido a las mujeres a través de la historia —siendo las cazas de brujas su momento más emblemático, pero no el único— y ni ha dejado ni planea dejar de hacerlo. Sólo ha cambiado sus métodos.

Lee la segunda parte aquí.

Felipe Oliva A.: @ender27

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