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No existe el “feminismo de verdad” (primera parte)

No se trata de negar hechos científicos, sino de crear los contrapesos para asegurarnos que de verdad son sólo las inclinaciones y talentos naturales de cada persona; ¿las niñas maduran más rápido que los niños? Sí, pero no es excusa para que los adultos acosen adolescentes.

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Hace unos días apareció en el portal Crónica Global del medio digital El Español, un texto titulado El otro feminismo: ciencia frente a prejuicios. Basado en una entrevista con la filósofa Roxana Kreimer, plantea que existe una nueva visión del feminismo que no sólo es compatible con los mejores conocimientos científicos disponibles, sino que se basa en ellos, y presenta a algunas de las expositoras más sobresalientes de ese llamado “feminismo científico”.

El texto me pareció relevante porque reúne en un solo lugar a varias pensadoras que a menudo son presentadas como ejemplos de lo que se considera un “feminismo verdadero” o por lo menos un “feminismo alternativo” a otro mayoritario, llamado “hegemónico” o simplemente “feminismo actual” o de tercera ola, el cual estaría conformado por un montón de “locas y exageradas”. Así que me pareció una oportunidad para abordar el tema y poner bajo la lupa los argumentos y posturas de estas “feministas de verdad” cuyos discursos son compartidos en las redes sociales con entusiasmo por muchas personas que no se sienten a gusto con el feminismo.

El principal problema que tiene este texto es que junta moros con cristianos, es decir, si de lo que quería hablar era de “feminismo científico”, falla en donde incluye como ejemplos a un par de intelectuales cuyos postulados nada tienen que ver con la ciencia. El otro problema es que, tratándose de ciencias, el texto requiere numerosas aclaraciones, que es de lo que platicaremos en esta primera parte.

Feminismo científico

¿A qué llamaríamos “feminismo científico”? Una definición muy básica de feminismo podría ser cualquier movimiento o ideología en pos de los derechos y libertades de las mujeres. ¿Qué sería necesario para que dicho movimiento fuera científico? Supongo que sería basar sus argumentos y posturas en conocimientos científicos, o por lo menos asegurar que fueran compatibles con éstos. De las mujeres presentadas por Kreimer, sólo una, Susan Pinker, es científica, y la cita en el contexto de las diferencias innatas entre hombres y mujeres. De hecho, éste es prácticamente el único tema propiamente científico que se aborda.

Es un asunto complejo, y no porque se pueda poner en duda que existen divergencias biológicas y neurológicas importantes que marcan diferencias estadísticas en el comportamiento de hombres y mujeres (vamos a hablar de personas cisgénero, para no complicarnos más). Eso está muy bien documentado. Lo que es importante señalar es que sigue siendo muy debatible qué tanto esas diferencias influyen en la desigualdad que experimentan hombres y mujeres en la sociedad.

Salvo el resumen del artículo de Crónica Global y otros textos breves, no conozco mucho de la obra de Susan Pinker. En cambio, estoy muy familiarizado con la de su hermano Steven, quien por lo visto dice más o menos lo mismo. Una excelente introducción al tema puede verse en el ya clásico debate que Steven Pinker y Elizabeth Spelke sostuvieron respecto a las diferencias entre los cerebros de hombres y mujeres, y cómo influyen en la presencia de los géneros en los campos de STEM (acrónimo en inglés para ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas). Ambos son científicos de primer nivel, y ambos se basan en datos duros para presentar sus posturas. Escojo este tema porque es uno de los principales en el texto sobre El otro feminismo.

El punto fuerte de la argumentación de Pinker son los sólidos hechos científicos en los que se basa. Por ejemplo, que estadísticamente los hombres tienen mayor habilidad para manipular modelos tridimensionales en la mente. Por eso los hombres, cuando buscan direcciones, se ubican haciendo mapas mentales, mientras las mujeres recurren a memorizar lugares y señas del camino. Éste es un fenómeno que se ha visto a través del tiempo y en diversas sociedades y que difícilmente podría explicarse por la educación o la cultura.

Otro ejemplo: desde muy temprana edad los infantes humanos, e incluso los cachorros de primate, muestras diferencias en el tipo de juguetes que les llaman la atención: los varones se fijan más en máquinas y artefactos; las niñas en muñecos y figuras que representan personas y seres vivos. Debido a estas características y algunas otras, los hombres tienen, en proporción, más interés y más habilidades para las ciencias exactas y la ingeniería, lo cual explica la disparidad en la representación de los géneros en estos campos.

Pero eso no es todo

Todo bien, pero esta argumentación tiene puntos débiles, uno de los cuales es asumir que tales características psicológicas son lo único que cuenta para trabajar en ciencias. En su libro El cerebro accidental, el neurocientífico David Linden explica que tales diferencias existen, pero que otras habilidades comunes en el cerebro femenino pueden ser muy útiles para las áreas científicas y tecnológicas, y que incluso les permiten abordar los mismos problemas desde perspectivas distintas.

El otro punto débil es que Pinker señala que en el área de psicología y otras ciencias sociales hay más mujeres que hombres, al revés de lo que sucede en las ciencias exactas y que no hay razón para suponer que en una discriminan más que en las otras. Bueno, de hecho, históricamente, sí la hay: a lo largo de la historia algunas profesiones y ocupaciones han sido consideradas propias de un género o del otro, y con el paso del tiempo se ha demostrado que esas visiones estaban equivocadas.

Lo más importante es, como dice Elizabeth Spelke, que a fin de cuentas bien puede ser que por naturaleza menos mujeres se inclinen hacia las ciencias e ingenierías, pero no sabremos cuántas, hasta que se eliminen las barreras sociales para las que sí quieren y pueden hacerlo. Ése me parece el meollo de todo el asunto.

Recordemos que de lo que hablamos aquí son estadísticas. Estadísticamente hablando, los hombres tienden a ser más altos y tener más masa muscular que las mujeres. Pero eso no quiere decir que cada hombre sea más alto y más musculoso que cada mujer. Estadísticamente, puede ser que haya más hombres con la habilidad y la inclinación a trabajar en ciencias e ingeniería, pero eso no significa que cada hombre lo sea más que cada mujer.

Lo que debería suceder, y creo que todos estaríamos de acuerdo, es en tratar a cada persona como un individuo único con características y méritos propios, no como una estadística. Si la persona es buena para algo, merece que se le dé la oportunidad de dedicarse a ello y prosperar. El problema es que esa meritocracia ideal no existe. Colegas y superiores varones tienden a tener prejuicios contra las mujeres en los lugares de estudio y de trabajo, y un científico de alto nivel puede ser tan machista como cualquier otro hombre.

Conocemos las historias de mujeres científicas que han sido ninguneadas por sus pares masculinos, acosadas en sus lugares de trabajo o cuyas obras de plano les han robado. Si además les dicen a los manes que “las mujeres no son tan buenas para la ciencia” es como darles un permiso para discriminarlas sin darles la oportunidad de probarse a sí mismas, y con ello desanimar a las mujeres que tengan el talento y las ganas de dedicarse a las ciencias.

No se trata de negar hechos científicos, sino de crear los contrapesos para asegurarnos que de verdad son sólo las inclinaciones y talentos naturales de cada una, y no los prejuicios y la falta de oportunidades, lo que está determinando el rumbo profesional de las mujeres.

James Damore, el autor del Google Manifesto, es presentado aquí y en muchos otros lugares como víctima ejemplar de la intolerancia y censura que promueven el feminismo moderno, negacionista de la ciencia. Casi como un Galileo contemporáneo, la narrativa nos dice que Damore sólo presentaba objetivamente hechos científicos irrefutables, por lo cual fue despedido de Google y linchado mediáticamente. En realidad, Damore abusaba de datos científicos como argumentación para sostener sus ataques contra las políticas de inclusión y diversidad en el gigante tecnológico (el objetivo de las cuales es precisamente dar oportunidad en el área a personas de grupos históricamente marginados). Es por eso que el señor Damore terminó convirtiéndose en un héroe para la Alt-Right.

El poder de la cultura

Lo que es más, a pesar de los componentes biológicos, existe un vasto campo de acción para el cambio cultural. Hablemos por ejemplo de la agresividad de los hombres. Sabemos que la testosterona hace que una persona sea más agresiva y osada, y sabemos que los machos de la especie humana tienen una proporción de esta hormona mucho más alta que sus congéneres hembras. Entonces podemos concluir que la testosterona debe tener un papel importante en la conducta masculina.

Pero eso no es todo. Veamos tres casos. En este experimento, hombres jóvenes del sur y otros del norte de los Estados Unidos fueron insultados por un extraño antes de someterse a un análisis de sangre y signos vitales. El estudio encontró que los sureños, criados en una cultura en la que se espera que los hombres respondan violentamente ante afrentas contra su honor, experimentaban reacciones fisiológicas intensas: aumento del ritmo cardiaco y la presión sanguínea, y de los niveles de cortisol y testosterna en la sangre. Estas reacciones no se encontraron en los jóvenes norteños, educados en una cultura en la que se les enseña a ignorar las palabras necias. O sea, con todo y la testosterona, la educación y la cultura tienen una gran influencia.

En esta otra serie de experimentos se puso juntos a monos machos del género rhesus hasta que formaron jerarquías: el mono 1 tenía dominio sobre el 2, éste sobre el 3 y así por el estilo. Sin sorpresas, los monos más agresivos y que tenían más altos niveles de testosterona ocuparon los primeros lugares en la jerarquía. Pero lo interesante fue cuando se tomó a un mono de rango intermedio y se le inyectaron dosis de testosterona anormalmente altas. Como era de esperarse, este mono se volvió más agresivo. Pero no desbancó a los monos más altos de la jerarquía, a los que ya superaba por mucho en niveles de testosterona, sino que dirigió su agresividad contra los de jerarquía menor, con los que de por sí ya era bastante bravucón. O sea, que aunque la testosterona posibilita el comportamiento agresivo, el individuo dirige sus actos violentos contra quienes percibe como objetivos legítimos.

Un último ejemplo viene de otros de nuestros parientes primates, los babuinos. Se trata de un fantástico experimento social que se dio por accidente en la sabana africana, cuando los 62 machos adultos más agresivos de una tribu murieron de sopetón tras infectarse con tuberculosis. Una mayoría de hembras, crías y machos de menor jerarquía sobrevivieron y en cosa de una generación se dio un cambio cultural sorprendente. Educados exclusivamente por las hembras, los machos jóvenes no crecieron para repetir la conducta dominante y agresiva de sus predecesores. En cambio, en la tribu prosperaron las estrategias de interacción social más típicas de las hembras: muestras de afecto, acicalado mutuo, desescalada de conflictos, etc. El resultado fue una tribu mucho más pacífica. Es decir, dadas las condiciones adecuadas, las conductas más “femeninas” pueden desplazar a las típicamente masculinas en una sociedad, incluso entre los mismos machos.

Entonces hay, por supuesto, componentes biológicos que hacen a los hombres más proclives a la agresividad, la competitividad y el comportamiento arriesgado, pero también hay un margen amplísimo en el que se pueden llevar a cabo cambios sociales y culturales. No se debe extrapolar demasiado a partir de estos ejemplos, pero ténganlos en cuenta cuando se topen con la tentación del determinismo biológico: que las cosas son como son porque no pueden ser de otra manera. Lo curioso es que es el mismo Steven Pinker quien lo dice en Los mejores ángeles en nosotros.

Pero es que además no importa

Por lo que he leído y aprendido, creo que insistir en que todas las diferencias de comportamiento entre hombres y mujeres son resultado exclusivo de la cultura es insostenible. Pero, ¿saben qué? También es completamente irrelevante. Salvo en algunos asuntos específicos como el de profesiones altamente especializadas, para los reclamos del feminismo las diferencias biológicas son poco menos que insignificantes.

Si los hombres somos en efecto más proclives a la agresión física, eso no nos quita la responsabilidad moral e individual de no portarnos como cavernícolas, a lo mucho, implica que tendremos que hacer un esfuerzo más grande.

¿Que los machos humanos usaron desde tiempos prehistóricos la violación como estrategia reproductiva y de control? Qué mal. Eso no quita que sea necesario combatir las condiciones sociales y culturales que permiten hoy en día a violadores y acosadores salirse con la suya. ¿Los hombres son menos “quisquillosos” que las mujeres a la hora de buscar pareja sexual? Poco importa para hablar de acoso laboral, escolar o callejero.

¿Las mujeres se fijan más en el estatus social y la jerarquía de sus posibles parejas que los hombres? Vaya, eso no le da derecho a jefes o profesores para acosar a sus empleadas o alumnas. ¿Es cierto que las niñas maduran más rápido que los niños? Sí, pero eso no es excusa para que hombres adultos se enreden con adolescentes, faltaba más. ¿Los hombres heterosexuales se fijan mucho en el busto de las mujeres, porque éste evolucionó para tal propósito? Tal vez, pero no por eso tenemos permiso para quedarnos viendo como perros hambrientos, ni es motivo para prohibir a las mujeres amamantar en público.

Ninguno de los reclamos importantes del feminismo es refutado por apuntar que existen diferencias naturales entre hombres y mujeres, ni el feminismo necesita negar que las haya. Así, cuando Kreimer dice que “hombres y mujeres se enfrentaron a estrategias adaptativas distintas en los seis millones de años de evolución humana”. Podemos responder, “Sí, ok, pero ¿y?” Si hay personas que insisten en que todo es resultado exclusivo de la socialización, los hechos las desmienten fácilmente, pero no nos dicen nada sobre el resto de sus reclamos, que son primeramente de orden moral y político.

Insistir en que “todas las diferencias sociales han sido superadas y las que quedan se basan sólo en la biología” me suena a los cuentos que ya nos decían en el siglo XIX. Es muy cómodo, porque libera a las personas de siquiera tener que considerar que algunas cosas podrían y deberían cambiarse.

Los antifeministas (y de ninguna manera incluyo a los Pinker entre ellos) abusan de estos datos, no porque estén muy interesados en el valor de la objetividad y los hechos, sino porque creen que con eso pueden callar a las feministas y quedarse tranquilos con sus prejuicios. Ésa es la razón por la que estos discursos tienen tanto éxito, con miles de “me gusta” y “compartir” en las redes sociales: nos dicen que ya todo está bien y que las que afirman lo contrario (las feministas) son unas exageradas a las que no hay que hacer caso.

Miguel Civeira: Ego Sum Qui Sum

Escritor, bloguero y nerd profesional. Sus amigas feministas tuvieron la bondad de explicarle cómo estaba la cosa y desde entonces trata de ser menos cretino.

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