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Las violencias del caso Perelló

Quien piensa que “violencia es violencia venga de donde venga” no puede estar más equivocado; si sólo te interesa “detener el cículo de violencia” cuando se ataca a un misógino, tal vez te estés identificando más con los agresores que con las víctimas.

Marcelino Perelló

A estas alturas, ya todas y todos sabemos qué ocurrió con Marcelino Perelló: el pasado 28 de marzo el académico de la UNAM hizo unas declaraciones tan lamentables como misóginas sobre el amparo concedido a Diego Cruz, uno de los Porkys, durante la emisión de su programa de radio Sentido Contrario que se transmitía por Radio UNAM (escribo “transmitía” porque tras la difusión del caso en medios de comunicación la universidad tomó acciones de inmediato y lo canceló).

La comunidad en Internet está reaccionando más o menos sobre la misma línea: estamos de acuerdo con que los dichos del exlíder del movimiento estudiantil del 68 son reprobables, que merece ser sancionado y que es alarmante que un misógino cínico como él tenga espacios en medios de comunicación y un puesto de catedrático en una universidad que recientemente se adhirió a la campaña He for She, por la igualdad de género. Lo que parece estar levantando no uno sino un cúmulo de debates (algunos de ellos en el interior de los feminismos) son las expresiones de rechazo, porque éstas tienden a reproducir otros tipos de violencia.

Hay que partir desde un lugar común en el debate: “violencia es violencia venga de donde venga”. Quien piensa así no puede estar más equivocado. No. La violencia —bajo el contexto de este debate— es el ejercicio de poder a través de la fuerza, dirigido para dominar, controlar, agredir o lastimar a una persona o grupo vulnerable. Ergo, no es la misma violencia la que ejerce el opresor y la que ejerce el sector oprimido. Para comprender las violencias que conviven en este caso, vale la pena ir a sus raíces y citarlas por separado.

El machismo interiorizado contra Perelló

Como sociedad continuamos creyendo que una manera adecuada o justa de castigar los actos de los hombres es cobrarles las cuentas a través de “sus mujeres”, como si éstas en lugar de ser personas fueran objetos de su propiedad en los que podemos depositar las agresiones dirigidas a los hombres. Es la violencia machista que podemos ver reflejada en comentarios como: “ojalá se lo hagan a sus hijas o a su madre”, que tenemos interiorizada y que resulta particularmente irónica en el caso de Anuar González, el #JuezPorky, y tras las declaraciones de Perelló, ¿no estábamos iracundas e iracundos en principio por el machismo detrás de estos actos?

Capacitismo

Cuando decimos que es un loco, o un retrasado mental, la raíz de la violencia viene del capacitismo que nos impide abordar la salud mental con respeto. Las personas con enfermedades mentales viven estigmatizadas, es injusto que alimentemos estos estigmas con la idea de que las personas que discriminan o violentan “están enfermas” cuando en realidad no, son hijas e hijos sanos del sistema patriarcal.

Perelló no es un “loco” y no tiene “retraso mental”, Perelló es un misógino capaz de resposabilizarse de sus actos.

Edadismo

Cuando decimos que es un “viejo ridículo” o que piensa eso porque “ya está bien ruco”, la raíz viene de nuestro edadismo, el mismo que le impide a las personas mayores el acceso a derechos básicos como el trabajo o la familia. Además, estamos justificando la misoginia con la brecha generacional, y noticia: Gloria Steinem tiene 83 años.

¿Cultura de la violación?

Este punto es bastante específico y personal. Tal vez no quede claro para quienes lean este texto, así que añadiré la referencia gráfica que mejor representa el debate en torno a la cultura de la violación.

Además de escribir en Antes de Eva, hago guiones para un web cómic que se llama Robin Whore y en cuanto escuché las grabaciones de Marcelino ilustramos esta tira.

Robin Whore

En ella Marcelino aparece en cuatro puntos con sus palabras metidas en el ano de una forma literal:

“La violación implica necesariamente verga, si no hay verga no hay violación. O sea, con palos de escoba, dedos o vibradores no hay violaciones, hay una violación a la dignidad si tú quieres”.

Al lado nuestra heroína quieta, imitando la justicia impune que Perelló representó en sus declaraciones: ella no defiende a la víctima pues, según las palabras de él, no se trata de una violación. El insight de la ilustración es bastante sencilla: ¿Será que si Perelló viviera un abuso en sus términos seguiría sosteniendo que no es violación?, ¿que no es para armar un escándalo?, ¿que lo disfrutó porque al forzarlo está libre de culpa? Hay quienes consideran que la violencia sexual como acto punitivo es algo que harían los machistas, no las feministas, pero es que ésta no es una invitación a sodomizarlo. Tal vez es la lectura de la imagen la que está errada.

No fue la mayoría, pero sí encontré algo de confusión en quienes desaprobaron mi manera de expresar mi repudio a las acciones del profesor de la UNAM. El caso particular de quienes consideraron que esto alentaba la cultura de la violación.

Vaya, la cultura de la violación según la define Emilie Buchwald, autora de “Transforming a Rape Culture” es:

“Un complicado conjunto de creencias que alientan la agresión sexual por parte de los hombres y apoya la violencia contra las mujeres. En la cultura de la violación, las mujeres perciben una continua amenaza de violencia sexual que va desde los tocamientos hasta la propia violación. La cultura de la violación perdona el terrorismo físico y emocional contra las mujeres como norma”.

Es decir, el término hace referencia al victim blaming y la normalización de la violencia sexual contra las mujeres en la sociedad. Perelló no representa en ninguna medida a las víctimas de abuso sexual. Según un estudio de la Sexual Violence Research Initiative los hombres sufren violencia sexual en la adolescencia e infancia, siendo el grupo entre los cuatro y nueve años de edad el más vulnerable.

En todo caso, la cultura de la violación se estaría alentando a través de la idea de que violar a las mujeres que tienen relación con él es un castigo justo (como mencioné anteriormente).

La fiscalización del tono

Estefanía Vela lo explica mejor de lo que yo podría hacerlo en su columna Pornucopia, para El Universal: la fiscalización del tono es “la práctica de descalificar lo que se dice, por cómo se dice, especialmente en discusiones sobre la injusticia”. Se expresa en todos esos comentarios que sugieren buscar métodos más “adecuados”, “elegantes” o “inteligentes” para enfrentar o reaccionar ante las declaraciones del también columnista de Excélsior.

No sólo es violento y opresor decirnos cómo debemos indignarnos, la fiscalización del tono nos divide y desvía la discusión y no permite que nos concentremos en cómo afrontar el problema real.

“Linchamiento mediático”

Hay a quienes no se les da eso de entender un término antes de emplearlo en una discusión. El linchamiento mediático es una práctica que consiste en producir y difundir información de manera directa o a través de terceros con la finalidad de desprestigiar a una persona para reducir su credibilidad. Éste no es el caso, y sin embargo también existe una discusión sobre si es correcto o no “el linchamiento mediático” al que Perelló fue sujeto —entiéndase como: escándalo que se ha gestado.

En todo caso una parte de los usuarios consideró que el “linchamiento mediático” no es el camino, pero yo creo que la atención y desaprobación colectiva (a lo que en realidad se refieren) es una vía súper efectiva: si los misóginos se quedan con la idea de que hemos creado un infierno en el que “ya no se puede ser irreverente” (con lo que quieren decir, por supuesto, misógino) y comienzan a entender que ante sus actos discriminatorios habrá consecuencias, eliminamos el discurso de odio contra las mujeres en los medios de comunicación,  deslegitimamos el discurso y acabamos con las representaciones que reproducen las violencias. Además, alzar la voz también es una manera de decirle a las víctimas de estos sistemas de opresión que no están solas.

Sin poder, no hay “violencia circular”

El poder es la clave para comprender la violencia, no podemos hablar de violencia cuando ésta viene del sector que resiste, pues estaríamos hablando de autodefensa. Quizás alguien debe decirles a los agresores que en efecto, “violencia genera violencia”, y sus actos no quedarían sin respuesta.

Si sólo te interesa “detener el cículo de violencia” cuando se ataca a un misógino, tal vez te estés identificando más con los agresores que con las víctimas. Tal vez no buscas la paz, tal vez sólo crees que es normal y correcto, y que ante la posibilidad de que seas tú quien haga esas declaraciones y obtenga un castigo es preferible que continuemos siendo indiferentes.

Nuestro activismo debe ir contra el sistema que nos mantiene desiguales. La estructura desde la que combatimos el patriarcado debe ser interseccional y debe estar dirigida hacia los opresores. El problema no se soluciona violando a las hijas de Perelló, y el problema no es que esté “viejo” o sea un “loco”, tampoco es que no hemos encontrado “la manera más adecuada de oponernos”, el problema es que aún existen misóginos que se expresan desde el privilegio que representa no temer por su integridad física cada que caminan sin la compañía de un hombre por la calle. Que se expresan en la radio, en la prensa y que educan a las nuevas generaciones.

Fotografía: Proceso

@KarenCymerman

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