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Las sufragistas

Carey Mulligan, Helena Bonham Carter y Meryl Streep protagonizan esta película que es necesaria como introducción al feminismo; los diálogos de esta cinta evidencian el doble estándar que existe cuando luchan las mujeres y cuando quien lucha son hombres, ellas agitadoras y ellos héroes.

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Sufragistas (2015) es una película inglesa dirigida por Sarah Gavron y escrita por Abi Morgan. Narra la historia de una lavandera llamada Maud Watts (Carey Mulligan) quien a sus 24 años se une al movimiento sufragista británico, una organización que luchaba por la consecución del voto femenino en Inglaterra desde el siglo XIX gracias a la invitación de una colega, Violet, quien es parte de un grupo de sufragistas liderado por Edith Ellyn, personaje a quien da vida la ya legendaria Helena Bonham Carter. Y hablando de leyendas, la gran inspiración de todas estas mujeres es Emmeline Pankhurst, interpretada por la tres veces ganadora del Oscar, Meryl Streep.

La dirección de la película es muy sobria, y la paleta de colores elegida es bastante apropiada, con una atmósfera lóbrega y deprimente muy idónea para la época. La película se ambienta en 1912, el año del hundimiento del Titanic, apenas un par de años antes del comienzo la Primera Guerra Mundial y en un sociedad tremendamente desigual en materia económica, social y racial, con extendida pobreza y trabajos que apenas alcanzan para salir de la miseria. Qué alegría que todo ha cambiado tanto (?).

Esta cinta, dirigida y escrita por dos mujeres, ganó mucho gracias a esa elección. La puesta en escena, así como las manifestaciones, las vejaciones y las adversidades que enfrentan las mujeres en su lucha por el voto femenino no caen en el sensacionalismo ni el morbo, y todas las formas de opresión y subyugación que las mujeres enfrentaban en esa época son integradas a la historia de forma sutil y normalizada: la dependencia económica, a raíz de la cual una mujer necesitaba el permiso de su esposo para hacer uso de su dinero y posesiones; los abusos sexuales, pues es inferido tanto que Maud como otros personajes han sido o son abusadas por su patrón desde muy temprana edad; la absoluta desventaja ante la ley en aspectos como la custodia de sus hijos o sus derechos cívicos; la ausencia total de privilegios civiles, que hoy son considerados derechos humanos, aunque no siempre respetados como tales como la libertad para asociarse libremente para protestar, para emitir opiniones, para disentir con el gobierno, etc; y muchos otros detalles más que probablemente se me han pasado.

La película, aunque no es una obra maestra y carece de un clímax que le de un remate más fuerte al mensaje, sí tiene muy poderosos intercambios de ideas y diálogos, concisos y directo a la raíz del problema, particularmente entre Violet y Maud, y Maud y Steed. Aquellos diálogos se refieren entre otras cosas a la capacidad de luchar por los derechos propios y de cómo se enmarcan esas luchas según quien las libra, evidenciando el doble estándar que existe cuando quien lucha son mujeres o una “minoría racial”, y cuando quien lucha son hombres (blancos): los primeros son denominados agitadores, terroristas, rebeldes; los segundos son próceres, héroes y revolucionarios.

“Yo hago cumplir la ley” le dice el inspector Steed a Maud cuando ella le recrimina la violencia con que ellas han sido reprimidas tras una manifestación, a lo que Maud replica “la ley no significa nada para mí, no tuve ni voz ni voto cuando se creó la ley. Rompemos ventanas, quemamos cosas, porque la guerra es el único idioma que los hombres entienden, porque nos han golpeado y traicionado y no nos queda otra opción”. No podría ser más claro.

Y es que, una vez más, aquellos en el poder hacen lo que saben hacer mejor: ignoran al pueblo, a la gente y sus peticiones, al punto de que su única opción para llamar la atención son las protestas y la “violencia”, y entonces reducen sus movimientos a sólo eso, los deligitimizan y catalogan de salvajes. “Yo hago cumplir la ley” dice el Inspector, pero si esa ley no los representa a todos, si esa ley sólo favorece a algunos, si esa ley la crearon aquellos en poder para su propio beneficio, entonces esa ley es inmoral e injusta, y no merece ser respetada. “Respetaré la ley cuando la ley sea respetable” le dice Violet a Maud al comienzo de la película, en un intercambio que recuerda las famosas palabras de Martin Luther King, “es una obligación moral no respetar una ley injusta”.

La obra indigna sin ser cursi ni morbosa, para que nadie pueda reclamar que “se hacen las víctimas”, para que nadie pueda decir que tratan de “hacer quedar mal a los hombres”. Esto es simplemente lo que pasó. La obra indigna porque es simple, porque es fiel, porque no exagera ni explota a las mujeres o su historia, simplemente cuenta lo que pasó como pasó, y es el hecho de que el mundo haya sido así en algún momento —si no lo es aún— motivo más que suficiente de indignación. La peor parte, y esto es ajeno a la película, es que no se siente que las cosas hayan cambiado tanto. Seguro, algunas leyes han cambiado, ¿pero y la mentalidad?, ¿la libertad?, ¿la desigualdad?

Es una historia entretenida, con buen ritmo, buenas actuaciones y, como ya mencioné, dos puntos muy fuertes que son sus diálogos y la representación de la época. Una película totalmente recomendable, y diría además, imperativa y necesaria como introducción al feminismo y la lucha por la igualdad. Es importante conocer la historia, es importante saber que nadie le dio el voto a las mujeres sino que ellas lo obtuvieron peleando por más de medio siglo, con mucho esfuerzo y sacrificio. Una obra que demuestra lo poco que ha cambiado la disposición de las clases dominantes, y en especial de los hombres, para ceder privilegios o para permitir que otros accedan a sus mismos privilegios, y de como siempre ha sido necesaria la lucha, las protestas y la violencia para lograr cambios positivos, simplemente porque los que mandan no entienden de otra manera. Algo muy triste pero cierto.

Felipe Oliva A.: @ender27

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