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Las putas merecen ser abusadas

Una virgen, una buena madre y esposa sí es ‘respetable’, pero una mujer promiscua, impía y puta, no lo es; tras un abuso la sociedad pregunta ¿qué hiciste tú para merecer esto? o más bien ¿quién eres para merecer esto?

puta

Como muchos insultos, “puta” tiene un objetivo de deshumanización. En nuestra cultura patriarcal, según la moral religiosa el valor de la mujer depende de su ‘integridad’ física y espiritual, más específicamente de su ‘pureza’ sexual. Ser casta y virgen es la máxima expresión de integridad y consecuentemente del valor como individuo para una mujer, por lo que ser una puta es lo peor, pues le despoja de cualquier valor como persona. Es más, le convierte en menos que una persona, en menos que un ser humano: le vuelve una cosa, un objeto descartable cuya palabra, deseos y vida misma no tiene importancia.

Tratar a las mujeres de putas no es algo que se hace sin motivo ni consecuencia. Es bien sabido que en el patriarcado las mujeres no son ‘respetables’ —y por consiguiente no merecen derechos humanos ni seguridad básica— a menos que la imagen que proyectan lo sea; una virgen, una buena madre y esposa, una mujer devota, sí es ‘respetable’. Una mujer promiscua, impía y puta, no lo es. Esta tradición ha trascendido completamente la religión para volverse parte intrínseca de cómo nuestra cultura valora y juzga a las mujeres.

El objetivo de llamar puta a una mujer no es emitir un juicio de valor sobre ella. Muchas de las veces los hombres llaman putas a mujeres que ni siquiera conocen, de cuyas vidas no saben ningún detalle, e incluso les llaman putas por rechazar sus avances románticos o sexuales —algo que parece totalmente incoherente—, pero el sentido detrás del insulto no viene de considerar a aquella mujer en particular sexualmente promiscua, sino considerarla una mujer sin valor, y querer estigmatizarla públicamente para que el mundo comparta esa determinación. La idea es despojar cualquier cosa que ella pueda decir, pensar o sentir, de valor, de peso alguno en nuestra sociedad, y así poder abusarla, ya sea física o verbalmente, sin remordimiento ni consecuencias.

Cuando una mujer se queja de acoso, de una violación, de abusos, una de las primeras reacciones de la sociedad es preguntar cómo andabas vestida, cómo te comportaste, cómo reaccionaste, finalmente la sociedad pregunta (unas veces de forma más directa y otras veces no) ¿qué hiciste tú para merecer esto? Y detrás de ese “hiciste” hay algo más sutil, pues no es realmente qué hiciste, sino quién eres, qué eres, qué clase de individuo, qué clase de persona, qué clase de mujer eres tú, ¿una que merece ser abusada, o una que no?

Si tú no eres una mujer “de bien”, si la imagen que proyectas no es la adecuada, si el mundo dice que eres una puta, entonces no es culpa del mundo que hayas sido abusada, no es culpa del hombre que te abusó, es culpa tuya por no ser respetable, por invitar al abuso, porque después de todo eres puta y las putas no pueden decir que no, las putas se lo buscan, las putas siempre quieren algo y lo que reciben lo merecen.

Si un hombre te llama puta lo hace porque quiere que otros hombres —y tristemente, otras mujeres— sientan que todo lo que te puede decir o hacer está justificado. Después de todo, eres tú “quien no se hace respetar”. Es un juego enfermizo del machismo para moldear la opinión pública en contra de la víctima de abuso, hacer parecer a la mujer merecedora de él, y al hombre abusivo un simple instrumento social o divino de rectificación moral que está ahí para ejercer una labor meramente utilitaria. Como una herramienta que sólo pone las cosas en su lugar, que devuelve a la puta a donde pertenece y le da el castigo que merece por salirse de la raya, por no actuar acorde a la moral patriarcal. Todos los abusos machistas funcionan así, posicionándose como aceptables, como justificables en los ojos del público, de la sociedad, argumentando que la mujer se lo buscó, que se lo merecía. Por algo las mujeres ‘aparecen muertas’ en lugar de ser asesinadas, porque en un patriarcado una mujer asesinada es visto casi como un fenómeno natural y no una acción deliberada, como algo inevitable cuando la mujer no actúa ‘apropiadamente’.

“En una sociedad judeocristiana como la nuestra, la cual es sustentada por el paradigma de la culpa y el dolor, cualquier acción que rompa la norma debe ser castigada. O en caso contrario, cualquier meta que se quiera alcanzar, debe ser a través del esfuerzo constante para que no carezca de valor. La culpa y el pecado son nociones que calan profundamente en las mujeres y no en los hombres. Son ellas las que continuamente son tachadas de malas, brujas, histéricas, pecadoras. No por nada Eva es señalada como la gran pecadora, y de allí venimos todas. Siempre se va a cuestionar la dignidad de una mujer antes que la de un hombre, porque las mujeres somos las desviadas desde el origen de la humanidad, bíblicamente hablando”. (M.J. Leiva, historiadora).

Antes podías justificar cualquier violencia contra una mujer tratándola de bruja, hoy, de puta. Nada ha cambiado en el patriarcado excepto el rango de las supersticiones. Si el resto del mundo ve el mismo ‘monstruo’ que tú ves, la misma ‘amenaza’ a tu masculinidad y tu machismo que tú ves (una puta, antes una bruja), la sociedad patriarcal te apoyará y justificará cualquier acción rectificatoria que tomes, sin importar lo violenta que sea.

Obviamente da igual si el comportamiento —de bruja o puta— es o no es real, tanto para un bando como para el otro. Para los misóginos más extremos el abuso y la violencia machista es siempre aceptable, para los moderados es aceptable mientras la mujer sea una víctima adecuada, y para nosotros el abuso es inaceptable sin importar si el comportamiento es real o no, porque el juicio de valor sobre la sexualidad o percepción de la misma es de por sí sesgado, injustamente inclinado hacia un sólo lado —no existe un término o concepto similar para los hombres—, y moralmente absolutista en base a un reglamento arcaico e injusto que no hemos aceptado. Pero todo eso da lo mismo para el que esgrime la palabra puta, porque su objetivo no es más que justificar su misoginia y abuso culpando a la mujer de ejercer un comportamiento “merecedor de los mismos”, raciocinio que lamentablemente en nuestra sociedad encuentra mucho apoyo y mucha complicidad con mucha facilidad.

Reclamar la palabra puta, como se ha reclamado la palabra queer entre la comunidad LGBT o la palabra “negro” entre las personas afrodescendientes, es un camino que han tomado muchos colectivos y mujeres feministas para apropiarse de su sexualidad y no avergonzarse de ella. Un camino totalmente comprensible y adecuado como forma de empoderamiento que puede ser una forma de pelear contra este fenómeno. Sea cual sea el motivo, la normalización puede ser positiva para quitarle su aura a veces inquisitorial, pero usarla o no en sí misma es una decisión que debe tomar cada persona.

Lo que sí debemos acordar es no darle más fuerza, comprometernos como hombres —y aliados feministas— a no utilizarla para denigrar a otras mujeres, y que si vemos a alguien utilizarla como insulto, quitarle el poder, desestimarla, dejar bien claro que la vida sexual de una mujer no determina ni disminuye en ningún caso su inherente valor como persona y ser humano.

Felipe Oliva A.

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