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¿Por qué las personas se oponen a la igualdad?

La idea de deconstruir la sociedad y todas sus jerarquías puede parecer más que aterradora, porque sin ella no existimos, al menos no de la forma en que conocemos; no tener jerarquía significa no tener una forma apropiada de determinar quien es mejor que otro, quien es más inteligente, quien está en lo correcto y quien es superior.

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Nuestro sistema educativo valora a las personas no por su capacidad de pensar sino por su capacidad de estar en lo correcto. Esa capacidad de estar en lo correcto se juzga de forma objetiva con notas. Y luego títulos. Se juzga con éxito. Asociamos nuestra inteligencia a los logros que obtenemos, y los logros que obtenemos los trazamos hasta la inteligencia, que vemos como la raíz de nuestra capacidad. Lo primero que se cuestiona en nosotros cuando estamos equivocados, o que cuestionamos en otros cuando estamos en desacuerdo con su forma de pensar o conclusiones, es su inteligencia. Definimos entonces la inteligencia como la base de nuestra capacidad y de nuestra identidad porque somos, como dice la leyenda, seres racionales, y es nuestra inteligencia lo que nos separa de las bestias.

Nos identificamos por lo que somos, por nuestro título —abogado, médico, senador, presidente, CEO— y por nuestros logros. Y esos logros se obtienen en un marco específico de valores y creencias culturales. Cuestionar esos valores y creencias culturales es cuestionar la validez de esos logros y lo que esos logros significan o interpretan para la percepción de nosotros mismos y otras personas al respecto de quienes somos y de qué somos capaces, de nuestro valor intrínseco como seres humanos.

Un cuestionamiento a esos valores lo interpretamos como un ataque a lo que esos valores nos dicen que somos. ¿Tiene lógica no? Se nos educa para sentir esos valores y creencias culturales como una verdad absoluta que sostiene nuestra visión del mundo. La visión de mundo dentro de la cual existimos, logramos, triunfamos, fracasamos o soñamos. Si no estuviéramos educados y condicionados para sentir que ese marco nos define no lo defenderíamos de la manera que lo hacemos, y el mismo caería rápidamente. Incluso si sólo nos da un sostén moral y no sustancial.

Ese marco es una jerarquía social con un orden patriarcal y racial, dentro del cual existimos, coexistimos, y nos desarrollamos tanto como personas, sociedad, naciones, especie, intelectual y emocionalmente, y cuyos objetivos fundamentales y trascendentales definen el valor de nuestros objetivos y logros personales. Se nos valora por nuestra capacidad de estar en lo correcto, y de —a través de una serie de ‘correctos’— lograr el éxito: el título, el dinero, el poder, el reconocimiento. Pero ese éxito y el pensamiento que lo sostiene son, en muchos casos, solo válidos dentro del contexto de nuestra educación, que es válida dentro de su contexto social y cultural. Si lo remueven, si se deconstruye la cultura y la sociedad que nos crío, nos entrenó, nos construyó y nos  elevó, para muchos es como que les rompan el piso.

Sólo tenemos eso para sostenernos, para entregarnos una identidad y un valor. Incluso si deconstruímos nuestro yo interno, nuestra crianza y creencias, nuestro contexto social sigue siendo el mismo, incluso si renunciamos a nuestros privilegios, si expandimos nuestro concepto de belleza, nuestras metas, nuestro entendimiento de éxito o riqueza, aún seguimos siendo parte de una sociedad con lineamientos claros que pueden mantenernos en una posición elevada, y que nos sigue valorando por esas medidas, lo que nos confiere una seguridad o status especial en comparación a otras personas, si es que tenemos la fortuna de existir en ciertas circunstancias favorables, claro. Por eso la idea de deconstruir la sociedad y todas sus jerarquías puede parecer más que aterradora, porque sin ella no existimos, al menos no de la forma en que conocemos.

Hoy somos quien somos en relación a nuestras relaciones con otras personas y la posición en la que aquellas relaciones nos sitúan. Somos quienes somos por lo que hemos hecho para avanzar en esta sociedad, y en otra clase de sociedad con otro sistema, con otros valores, ¿quiénes seríamos? ¿qué seríamos? ¿qué valor o posición tendríamos? ¿qué seguridad? Es claro que quien más tiene en esta sociedad, más ‘pierde’, y no hablo sólo de una perspectiva capitalista, de dinero, poder, bienes materiales de cualquier tipo, hablo de nuestra identidad, hablo de la admiración de otros por el conocimiento en materias específicas, hablo de la admiración por una apariencia cercana al ideal eurocéntrico, hablo de todos aquellos aspectos que confieren a una persona de valor en esta sociedad, su apariencia, su capacidad de sentirse seguro de sí misma, ya sea en su mente, en sus medios o en su cuerpo, y el comfort que le entrega la naturaleza de su relación con los demás y con la sociedad misma, de sentirse validado, reconocido, comprendido, protegido, etc. Pero eso no es algo que posea todo el mundo.

Por eso, cuando cuestionamos esta sociedad, cuando cuestionamos sus bases, su historia, sus enseñanzas, sus valores, también cuestionamos la posición social, los logros, los conocimientos, y todo lo que define a las personas dentro de ella. De eso hablamos al hablar de deconstruir. Al hablar de desaprender. En una sociedad donde el éxito es lo mas importante, un éxito que deviene de estar en lo correcto, de ser y representar y reforzar y perpetuar y expandir los parámetros que definen al éxito dentro del contexto de esta sociedad patriarcal, capitalista y racista, la mayoría de las personas no verán con buenos ojos un cambio de mentalidad que redefina lo que significa el éxito, o lo que significa tener valor como ser humano. Mucha gente gusta de la idea de romper barreras y límites o redefinir conceptos o paradigmas, la publicidad juega con eso, la literatura, el arte, pero es usual que sea dentro del sistema y no fuera de él, es una reformación personal o social, pero no estructural ni sistémica. E incluso las reformaciones sociales dentro del sistema son extremadamente complejas.

En conclusión, cuando se nos entregan formas de ver el mundo, como el feminismo —interseccional, ecológico y anárquico—, que no concuerdan con ninguno de los parámetros de existencia, de convivencia, de pensamiento, de éxito, de trabajo, de desarrollo, establecidos como válidos por nuestra sociedad patriarcal, y se intenta redefinir los mismos, es sumamente previsible que se cuente con una respuesta negativa por varios factores y varias líneas de pensamiento. La gente entiende que, al redefinir la forma de entablar relaciones, de convivir, y al no colocar el éxito, el dinero y la supremacía como los objetivos principales de una sociedad, se desmorona también la idea de valor personal, algo muy errado, pero con una mentalidad tradicional, no tener una jerarquía significa no tener una forma apropiada de determinar quien es mejor que otro, quien es más inteligente, quien está en lo correcto, quien es superior. Y eso es inconcebible, incompatible, con nuestra educación y nuestra forma de entender el mundo, donde nuestro valor significa eso: situarnos por encima del resto.

Además, al hablar de una sociedad donde todos seamos ‘iguales’, menoscabas de entrada la idea de muchas personas de su superioridad per sé sobre otros grupos. Y aunque la mayoría de la gente dice estar a favor de la igualdad, la verdad es que la mayoría de la gente miente, porque están acostumbrados a sus privilegios, y a sentirse, aunque sea tácitamente, mejores que otros sólo por ser quienes son, sólo por nacer como nacieron o donde nacieron. No necesitan decirlo, no necesitan reafirmarlo, no necesitan hacer nada porque esta sociedad lo hace por ellos, y al caer la sociedad, caería toda esa sensación de superioridad y la cultura que la sostiene y refuerza.

Todo esto es algo muy arraigado en nosotros, intrínseco, la base de la construcción de nuestra identidad, que existe sólo en relación con este sistema, con esta sociedad, con sus valores, jerarquías, tradiciones, expectativas, estereotipos, prejuicios, desigualdades, etc, y por eso cuestionarla se siente como un cuestionamiento a nuestra persona y nuestros logros dentro de ella. Si nuestros conocimientos, éxito e inteligencia se sostienen dentro de esta cultura, ¿qué somos sin ella? Algunos saltan a pensar ‘nos llaman tontos, fracasados, etc’, tomando la sugerencia de la deconstrucción, desaprendizaje y reevaluación de su entendimiento del mundo, de su visión del mundo, como un ataque a sus capacidades o a su persona. Otros podrán verlo como una oportunidad de vaciarnos, deshacernos de una historia, de un equipaje que no nos beneficia para hacer así espacio para cosas nuevas, para elegir cómo y hacia dónde crecer de una forma que beneficie a todas las personas, no sólo a nosotras mismas.

Felipe Oliva A.

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