Estás aquí
Inicio > Arte y cultura > Laboratorio de danzas íntimas: un espacio de sanación

Laboratorio de danzas íntimas: un espacio de sanación

Aprendí que para bailar primero hay que perdonarse muchas cosas; la danza me salva todos los días de mí misma y sólo desde este lugar puedo revisar mi relación con las demás personas.

bailarina

Después de dos años de trabajar como gerente de proyectos en una oficina dentro de Torre Mayor en la Ciudad de México, mis piernas comenzaron a sentir los cambios del trabajo de oficinista. Antes de entrar a ese trabajo bailaba todos los días en las clases de danza de los talleres de mi facultad. Poco a poco vi cómo el cuerpo y el corazón se me ponían rígidos, hasta que un día sentí cómo la tristeza ya me había invadido. Tenía un buen trabajo, aparentemente, pero estaba llena de dolor.

El dolor que me daba estar en esa oficina venía en combo. Era una parte política, de saber que no estaba haciendo nada de lo que me gustaría hacer en la vida; y una parte corporal, de no poder bailar. Intentaba llenar ese espacio en las fiestas y podía no dormir y llegar al trabajo en vivo sólo por el gusto de escaparme a tocar mi armónica o bailar toda la noche del jueves.

Y bueno, huí. En una semana tomé la decisión que me trajo hasta el punto donde estoy parada ahora. Primero tomé una par de maletas llenas de ropa y llegué a Taxco, en Guerrero. Donde conocí a Muriel Salinas, que hacía mucho trabajo en materia de paridad sustantiva y tenía programas de capacitación y educación popular. Recorrí con ella las montañas, me enseñó de sororidad y del trabajo ahí, donde no había nada de lo que yo conocía antes. Fue la primera vez que se me rompieron las certezas y el lugar donde decidí que eso quería hacer toda mi vida, trabajar con y para otras mujeres.

Luego de unos meses, regresé a la Ciudad de México y trabajé en el Inmujeres. Mis pesadillas de burocracia se hicieron reales. Al mismo tiempo comencé a estudiar danza contemporánea y cuando no resistí más la oficina, me volví a escapar. Esta vez a hacer mi examen a una escuelita llena de brujas y magia, donde he aprendido que para bailar primero hay que perdonarse muchas cosas.

Mientras todo esto sucedía, abrí la convocatoria para llevar una escuelita de educadoras populares. Ahí se me rompió otra certeza: no basta con hablar de nuestros derechos para respetarnos entre nosotras, hay que acudir a la sabiduría del cuerpo y sus enseñanzas sobre amor y comunidad.

Me permití hasta este momento enunciar la introducción en primera persona porque quiero dejar claro que estoy hablando desde un lugar específico: la danza me salva todos los días de mí misma y sólo desde este lugar puedo revisar mi relación con las demás personas, sin omitir la violencia que yo misma ejerzo sobre mi cuerpo.

El laboratorio de danzas íntimas es un espacio de exploración que intenta brindar herramientas a las participantes para que puedan observarse desde lo interno, permitirse el relajamiento, la expresividad y la sanación.

Yo nunca he creído que las formulas funcionen, y desconfío mucho cuando alguien me habla de salvación en cinco pasos, abundancia en ocho, trabajo energético para hacerse millonarias o dietas mágicas. Por el contrario, pienso que el proceso de formación, la educación somática, los entrenamientos y la expresión a través del cuerpo son espirales infinitas que una vez tocadas nos dejan claro que necesitamos profundizar cada vez más para poder encontrar respuestas, que estas respuestas cambian, y que ninguna de ellas se debe a nuestra perspicacia sino a una sabiduría ancestral que no nos pertenece, pero de la cual podemos aprender.

Bailar puede ser un acto íntimo que abre heridas y que en ocasiones parece no sanarlas. Algunas veces después de bailar se te abre tanto una que te cambia para siempre el estar en el mundo y en la vida. En mi cotidianidad actual, como feminista, como estudiante de coreografía y como educadora, lo único que reconozco es que estas heridas que tengo abiertas, junto a las cicatrices de cosas que ya cerraron sí determinan lo que hago, cómo me comporto, cómo busco relacionarme con mis parejas, con mis amigas, con mi madre y padre y sobre todo con las otras mujeres.

Por otra parte, elaborar un proceso de introspección como este taller ha llevado experimentos que me han regalado mucha dulzura y aprendizajes duros. No es cierto que al bailar, al intentar asumir el arte como experiencia vital y oficio, o al trabajar desde la perspectiva feminista una se convierta en mejor persona. Es falso y es triste que aún cuando lo aceptamos, nuestras actitudes cotidianas siguen siendo de superioridad moral o de soberbia.  Sin embargo es un trabajo permanente que no podemos darnos el lujo de abandonar. No en este mundo, tiempo y desastre afectivo.

Éste es un espacio para todas las mujeres, sin importar la corporalidad que habiten, pero es especialmente pensado para aquellas que creemos que no podemos bailar, que no podemos expresarnos a través de nuestros cuerpos o que hemos aprendido a odiarlos y aun cuando racionalizamos que debemos sentir amor por ellos, terminamos lastimándolos sin saber por qué.

El laboratorio de danzas íntimas es mi proyecto de vida porque me ha permitido entender que con silencio, amor, movimiento y cuidado, nos podemos salvar, y que al salvarnos rompemos lazos de odio hacia los cuerpos de las mujeres que no somos.

Si quieres saber de qué va el taller te invito a escribir a cynthiahijar@gmail.com.

Cynthia Híjar: @CynthiaHijar

Top