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La hija del dictador

Svetlana Iósifovna Alilúyeva nació el 28 de febrero de 1926 en Moscú, fue la hija más pequeña de Stalin y de su segunda esposa, Nadezhda Allilúyeva; retrató la vida del Kremlin en sus libros y fue profesora en la universidad de Princeton, pero su vida se vio envuelta en pérdida y soledad.


Svetlana Alilúyeva posa desnuda en una playa

¿Cómo son los hijos de los grandes dictadores de la historia? ¿Qué pasará por su mente al ver las atrocidades que sus padres cometen? ¿Están de acuerdo con sus estrictas políticas o son rebeldes infiltrados dentro del seno familiar más conservador? Si bien estas preguntas podrían ser las que detonen el argumento de un buen drama, son las que dieron origen a una investigación que El País realizó para conocer la trágica vida de Svetlana Alilúyeva, la hija de Stalin.

Svetlana, quien durante su infancia pasó momentos memorables con su padre, se enfrentó a la terrible verdad detrás del hombre que tanto admiró de niña y por fin conoció el verdadero rostro de uno de los más crueles dictadores de todos los tiempos. El encanto de papá se rompió, como en una película de Woody Allen, con una mentira: la razón por la que su madre falleció.

La versión oficial dictaba que una enfermedad la había arrebatado de este mundo, pero en realidad se suicidó después de apuntar su cabeza con una pistola. Algunos historiadores concuerdan en que Nadezhda Allilúyev, la segunda esposa de Stalin, se mató porque no soportaba la soledad y la violencia que regía su matrimonio.

Una vez que supo la verdad sobre la muerte de su madre, Svetlana cayó en cuenta que su progenitor era un hombre vil y jamás lo perdonó por mandar a su primer amor a realizar trabajos forzados en los campos de reclusión. De pronto, un cisma se produjo en su relación, algo que ni Stalin soportó emocionalmente, ya que Svetlana era su hija favorita y lo probaba de un modo poco ortodoxo: humillando y maltratando a sus otros dos hijos varones, quienes murieron prematuramente (Yakov falleció en la Segunda Guerra Mundial y Vasili fue víctima del alcoholismo).

A Svetlana no le quedaba otra alternativa más que huir de la sombra de su padre, cuya paranoia alcanzó tal nivel que ni sus amigos y familiares más cercanos se salvaron de ser aprisionados en el Gulag. Para orquestar su exilio del Kremlin, ella tuvo que casarse con dos hombres que no amaba y procrear a dos hijos que adoraba: Yósif y Katya. Se divorció al cabo de dos años y, en 1956, cuando el reinado de terror de Stalin hubo terminado, fue declarada como una persona non grata por Nikita Jrushchov.

En 1963, Svetlana conoció a Brayesh Singh, un miembro del Partido Comunista de la India, de quien se enamoró y compartió su vida en pareja, aunque nunca lograron contraer matrimonio por culpa de las autoridades. La muerte volvió a alcanzar a la hija del gran estadista y esta vez le arrebató a su gran amado. Quiso viajar al país oriental para esparcir sus cenizas en el Ganges, como dicta la tradición, y el aparato estatal sólo le permitió irse si dejaba a sus dos hijos abandonados y bajo su cuidado. Svetlana no los volvería a ver hasta después de 17 años, pero el rencor en la mirada de sus criaturas era tan grande que le partió el corazón y huyó lo más lejos posible de ellos.

Arribó a Nueva York en abril de 1967, pero ni del otro lado del Pacífico pudo deshacerse de su pasado. Pese a que cambió su nombre por el de Lana Peters, todos conocían su rostro y su linaje. Fue encumbrada por los grandes diarios y revistas estadounidenses como el símbolo de la caída de los ideales comunistas.

Svetlana aprovechó su reciente fama para publicar su libro, Veinte cartas a un amigo, que se convirtió en una bestseller; sin embargo, perdió toda la riqueza adquirida cuando se unió a una comuna de arquitectos. Ahí se casó con Wesley Peters y tuvo una hija con él, a quien llamó Olga.

Murió sola en Wisconsin, hace cinco años, sin avisarle a Olga sobre su condición de salud. Hubiera cumplido 90 años el pasado 28 de febrero.

Fotografía: El Mundo

Redacción

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