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La Chica del Tren: la historia de una mujer ordinaria (análisis literario)

La existencia de Rachel es monótona y va directo al abismo, hasta que repentinamente se ve envuelta en la desaparición de una mujer; en La Chica del Tren se demuestra que las mujeres y personas de color no necesitan ‘justificar’ con excelencia su derecho a existir, a tener o contar historias, a vivir aventuras y desventuras.

la chica del tren

La Chica del Tren es una novela de misterio escrita por Paula Hawkins, autora nacida en Harare, Zimbawe y de ascendencia inglesa, país donde asistió a la universidad. Publicada el 2015, su éxito fue tal que el próximo 6 de Octubre se estrena la película basada en la obra, la cual será protagonizada por la actriz inglesa Emily Blunt en el papel de Rachel Watson, nuestra afligida ‘detective’. La novela analiza las relaciones sentimentales modernas: lo normalizado que está en ellas la violencia de género, el control y la manipulación; lo destructivas y profundas que son sus consecuencias y, más importante aún, los muchos rostros que toman las personas abusivas.

No fueron pocos los que compararon a esta obra con el éxito superventas e hito literario de la primera década del 2000, la trilogía Millenium del escritor sueco Stieg Larsson, ni pocos los que denostaron la calidad de esta obra de la misma manera que se hizo con aquella trilogía. Ambas miradas fueron menospreciadas por los críticos por entretener y ser de lectura veloz, algo que al parecer los expertos no perdonan a la hora de evaluar un producto artístico. Pero sólo porque la forma parezca simple no significa que no haya un fondo trabajado y calculado, y el valor de una obra no es meramente filosófico o estilístico, sino que cuenta también su capacidad de transmitir apropiadamente lo que el autor desea, de retratar y analizar situaciones diarias, y Hawkins lo hace de manera brillante y punzante, además de funcional a su historia y objetivos.

La historia sigue a Rachel, una mujer joven, desempleada y alcohólica que día tras día toma el tren de las 8:04 a Londres para vagar por sus calles o sentarse tristemente en sus cafés y bibliotecas, mientras pretende que aún es parte de una vida que la dejó atrás pero de la cual no es capaz de separarse. Se divorció de su esposo, cortó la relación con sus antiguos amigos, perdió su empleo, y ahora pasa los días viajando en el tren, soñando con vidas ajenas. Su existencia es monótona y va directo al abismo, hasta que repentinamente se ve envuelta en la desaparición de una mujer que vive apenas a unas casas de lo que solía ser su hogar cuando estaba casada. Una mujer que ella ve todos los días al viajar en el tren, cuyas vías pasan justo detrás de los patios de su antiguo vecindario. Este suceso la arrancará de su letargo y ensimismiento, obligándola —hasta cierto punto— a renunciar de su rutinario ejercicio de destructiva auto indulgencia.

Relaciones y amor romántico

Pero quedémonos aquí (para evitar spoilers) y ahondemos en lo que para mí es el gran objetivo de esta novela, una exploración de las relaciones modernas, del amor romántico, de la normalización de la violencia en las relaciones de pareja, de lo que se enseña a soportar y dejar pasar ‘en nombre del amor’, en nombre de la tolerancia y el sacrificio por la pareja, del machismo y de los rostros amigables y formas no amenazantes que toman las personas abusivas.

La novela no sólo sigue a Rachel, sino también a Megan y Anna, cuyos puntos de vista nos introducen a la vida de Tom y Scott. Todos los personajes involucrados en la dramática historia. Un grupo de adultos, profesionales, viviendo en una zona suburbana medianamente acomodada, atractivos —según el punto de vista de la protagonistas—, cuyas vidas parecen idílicas, cuyas vidas Rachel sueña idílicas. Incluso ella recuerda su pasado con ese engañoso lente que son la nostalgia y la depresión, haciéndole creer que las cosas eran mejores de lo que realmente fueron e idealizando la vida en pareja sin importar cuánto esa vida en pareja te destruya como individuo. Y no es la única, pues Anna y Megan también comparten el trabajo de ser relator y punto de vista de la novela, aunque por extensiones mucho menores; ambas amas de casa agotadas, aburridas, presas de relaciones agobiantes y de hombres poco confiables, manipuladores y controladores, aunque con personalidades y presentaciones completamente diferentes cada uno. Más no les puedo contar claro, o arruinaría la —triste— sorpresa.

La novela recorre tres relaciones, en donde muestra situaciones cotidianas de violencia física y psicológica que mucha gente llega a aceptar como normales, y las contrapone brevemente con una relación de mayor confianza, aunque también ensuciada por las circunstancias. Éstas se dan en un marco que parece perfecto, con hombres y mujeres atractivas y desde un cierto punto de vista, exitosas, lo que refuerza el mensaje de que debemos analizar nuestras relaciones y a las personas sin importar lo que aparenten o de dónde vengan. La buena educación, los buenos modales, una acomodada clase social, ser encantador o atractivo, no son prueba de una ausencia de machismo, de violencia, de desconfianza o de necesidad de control. Por otro lado, se nos presenta un personaje masculino cuya vida ha sido completamente diferente, más cruda y compleja, que proviene de un sector demográfico muy demonizado en la actualidad, y se le muestra como el único que es realmente confiable, jugando con los estereotipos por los que a veces nos dejamos llevar para juzgar a la gente. Y este personaje es especialmente (deliciosamente) irónico en el contexto político y social actual del país donde ocurre todo, Inglaterra.

Trépidante y adictiva

Las comparaciones con la saga Millenium no son gratuitas, ni injustas. La novela es tremendamente entretenida y adictiva, como las aventuras de Lisbeth y Mikael, y su tema central, como lo fue en aquella saga, es la violencia de género, analizada mediante una herramienta como el thriller de misterio, con una ejecución que engancha desde las primeras páginas y que se lee sin descanso. Toda la gente con la que conversé que lo había leído (mis hermanas y un par de amigas) no habían tardado más de dos o tres días, y yo seguí ese mismo ciclo. Quizás su calidad literaria y su ‘mundo’ se queden algo cortas en comparación con la historia de la trilogía Millenium, pero ofrece algo que esa trilogía no: representación, normalización de personajes ‘comunes y corrientes’, y una heroína que ni es un genio, ni una modelo, ni un superhéroe, si no una mujer cualquiera, además, en su peor momento.

Desempleada, alcohólica, desesperada y a ratos patética, Rachel Watson es un personaje femenino inusual, porque si bien existen personajes masculinos así, antihéroes, oscuros, mediocres y cotidianos, no los hay femeninos. A las mujeres en la ficción se les exige más, muchísimo más, y se les mide con una vara mucho más alta. Se les exige perfección, y eso aquí no hay, lo cual es refrescante, porque esa exigencia es absurda, porque las mujeres o las personas de color no necesitan ‘justificar’ con excelencia su derecho a existir, a tener o contar historias, a vivir aventuras y desventuras; tienen el mismo derecho que los hombres blancos a ser excepcionales o mediocres, o miserables, y aún así poder ser la estrella.

La literatura y el cine están llenos de hombres blancos ordinarios viviendo aventuras extraordinarias: es la base de la fantasía, del escapismo, y es algo que se le ha negado a todos los demás grupos demográficos excepto en contadas excepciones, y siempre y cuando esa oportunidad se ‘justifique’ con alguna razón, porque al parecer si la mujer —o la persona de color— no es excepcional, si no tiene algo ‘especial’ entonces no merece que la ficción le dé un espacio, que la ficción se modifique para acomodarla a ella en lugar de presentar de protagonista, como siempre, al denominador común, al hombre blanco.

Esto porque hay una creencia de que las aventuras de un hombre blanco son universales, mientras que las de una mujer son sólo para mujeres, y las de una persona de color sólo para aquellos con quienes comparte ascendencia, y que por eso los protagonistas deben ser siempre los mismos, para que ‘todos puedan identificarse con el héroe’. Pero la única razón por la que todos se identifican con un héroe blanco y masculino es porque están obligados, porque ellos son protagonistas de casi todo en forma desproporcionada, y pues, si no lees y ves películas donde son los héroes, casi no tienes nada que ver o leer.

Si esa estadística cambia, si hay más productos con protagonistas mujeres, niñas, hombres de color, y con historias suyas, personales, propias, desde su punto de vista, su mundo, entonces todos podremos aprender a ponernos en el lugar de otros, de cualquiera, y podremos ver de forma mucho más entera y compleja a todos como personas, como protagonistas, como héroes, como los seres que son y no los estereotipos que nos han presentado, porque ese es el poder de la representación.

En resumen, La Chica del Tren es una novela muy entretenida, muy adictiva, y mucho más compleja de lo que parece —se me quedan varios puntos en el tintero, y un psicólogo de parejas podría hablar horas de las dinámicas en esta novela, pero yo ya me alargué suficiente—, si tan sólo uno busca en el lugar indicado.

Felipe Oliva A.

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