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La Bruja: breve análisis de las condenadas (spoilers)

La sociedad teme que un día las mujeres se den cuenta que la ‘brujería’ no es su condena, sino su camino a la libertad; abandonar todo, a veces es la única opción que queda cuando tu sociedad y cultura sólo aceptan una forma apropiada de ser mujer.

thomasine the witch

Me costó tomarle el ritmo a La Bruja, me costó tomarla en serio, me costó realmente sumergirme en el ambiente tétrico y espeluznante de la época. No sabía si la película intentaba ser aterradora o absurda, pero ahora creo que la idea es ambas, y de esa manera es como mejor se interpreta el “mensaje” de la película.

La historia toma lugar en el año 1630, en los Estados Unidos de los peregrinos, de un extremismo religioso absoluto —que en algunos aspectos recuerda, de forma triste y decepcionante, a nuestra sociedad latinoamericana actual— donde “salirse de la línea” se castigaba muy duramente para las mujeres.

Sí, recuerda en más de un aspecto a nuestra sociedad actual.

La historia sigue a una familia desterrada de su colonia y enviada a vivir en los confines de un lóbrego y ¿tenebroso? bosque. Y uno no está seguro si lo aterrador está en el bosque, en sus cabezas, o en ellos; en sus vidas, su cultura y sus tradiciones. No puedo dar una respuesta certera, pero creo que es en todos.

Las peleas, las reprimendas, el estado constante de miedo a lo que dirá la familia, la comunidad, a Dios, todo contribuye a crear una atmósfera de completa desconfianza y desesperación, de autodestrucción, siempre temiendo no ser lo suficientemente puros, buenos, correctos, esforzados; no ser dignas hijas —de Dios—, padres, hermanas/os, esposas/os. Y la contraposición entre los susurros y los gritos es enervante, el contraste entre sus palabras tímidas y sus arrebatos —ya sean ‘actuaciones’ ¿o  serían confesiones?— y entre los momentos de áspera realidad y embriagada fantasía (que no sabes bien si sucedió o no, si es un punto de vista de los personajes o de la narrativa) te mantienen en un frágil desequilibrio que no te permite nunca sentirte seguro sobre el tono de la película, sobre de qué se trata o hacia dónde exactamente quiere ir.

¿Es realmente sobrenatural?, ¿hay realmente algo más en ellos, o en ese bosque?, ¿o basta con la mirada a ese pasado oscuro, que aún hoy nos acecha con sus costumbres, leyes y creencias, para meternos miedo?

Y luego vienen los conflictos, enraizados en el mito, en la religión, en la tradición que ya es obsesión. Hay que cuidar cada movimiento, cada palabra. No hay infancia ni libertad. No hay deseos. Y salir de la línea es ser presa del demonio, y es una condena a muerte. Ahí es donde lo absurdo se vuelve aterrador, porque uno les ve acusándose de brujería unos a otros por cualquier nimiedad y piensa, ‘está muy loca esta gente’ y casi quieres reír, pero luego recuerdas ‘esto sucedió, esta gente era así, y muchas mujeres murieron por culpa de estas tradiciones y sus dogmas’, y las ganas de reír pasan. Estos escenarios se ven increíblemente absurdos desde fuera, pero no es algo que se pueda ni deba tomar a la ligera. Las escenas de cabras, conejos y espíritus del bosque, se alternan con la cruda realidad, y te confunden. No sabes a qué debes realmente temer, no sabes realmente cuál de los escenarios es el peor. Uno es fantástico, ilusorio, y el otro es tan extremo que no parece poder ser cierto, pero lo fue y lo es aún entre gente que así lo desea. Y eso aterra más que cualquier cosa.

Thomasin —extraño nombre— es la hija mayor y la principal sospechosa, la mujer, la joven, acusada hasta por su madre de ser una puta lujuriosa (siendo que jamás siquiera interactúa con un hombre que no sea su familiar, o habla de algo que no sea su granja), evidenciando los profundos niveles de misoginia de la época (y que, una vez más, siguen hoy). Ser una puta es ser el demonio mismo. Todas las mujeres son putas cuando te hacen enojar. Todo, todo es siempre culpa de una mujer. Todo es culpa de la tentación, la debilidad, la terquedad o la lujuria malsana de una mujer, y si no, ¿porqué se habrían inventado a las brujas? ¿Por qué se temería a este ‘ser mitológico’ que no es más que la condena a la independencia, a la cultura, al conocimiento, cuando éstos toman forma de mujer y se expresan como rebeldía a las tradiciones e instituciones en que se sustenta el más rígido e inflexible patriarcado jamás conocido? Temor que se proyecta en que un día las mujeres se den cuenta que la ‘brujería’ no es su condena, sino su camino a la libertad, su única forma de romper con las cadenas de la sociedad que les reprime.

Y quizás de ahí viene el final. Quizás de ahí la mezcla de tonos y estilos en la narrativa de la película. De ahí la mezcla de realidad y fantasía, de sopor y horror, y la decisión de Thomasin de dejar su crianza atrás, de abandonar todo por la libertad de las descarriadas, la única opción que queda cuando tu sociedad y cultura sólo aceptan una forma apropiada de ser mujer.

No es una película realmente entretenida, y por lo mismo la tuve que ver a medias en dos días, pero deja muchas reflexiones e ideas dando vueltas y eso (casi siempre) es positivo, con un desarrollo, un final y una moraleja igualmente ambiguas. El pasado, el presente, el futuro, las tradiciones, la cultura, el valor, las relaciones; tantas cosas diferentes y similares a la vez, que persisten aún con tanta fuerza entre nosotros, y contra cuyo remanente más oscuro, más retrógrado y exclusionario debemos luchar para no volver a dejarle entrar jamás.

Felipe Oliva A.

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