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La autora que tienes que leer para entender por qué los nazis llegaron al poder

Los judíos financiaban cualquier gobierno, sin importar sus inclinaciones políticas; los primeros desvaríos sobre la “raza aria” se dieron en Francia para justificar la superioridad de la aristocracia.

Hanna Arendt

“Nunca nuestro futuro ha sido tan impredecible, nunca hemos dependido tanto de fuerzas políticas de las que no podemos confiarnos que sigan las reglas del sentido común y el interés propio –fuerzas que parecen demencia pura, si las juzgamos con los estándares de otros siglos”.

Hannah Arendt (1906-1975) fue una de las grandes pensadoras del siglo XX. Nacida en Alemania de una familia judía, vivió de primera mano el ascenso del nazismo en Europa. Huyó a Francia, pero cuando este país fue ocupado por los nazis, ella fue internada en un campo de prisioneros. Logró escapar a los Estados Unidos, donde tuvo una prolífica carrera como politóloga y profesora universitaria. En 1951 publicó su magna obra, uno de los textos de filosofía política más importantes de nuestros tiempos: Los orígenes del totalitarismo.

Casi 70 años después, este libro se convirtió en un éxito de ventas en Amazon, considerado como una referencia obligatoria para entender el clima político en el que estamos viviendo con el resurgimiento de movimientos neonazis —cada vez más envalentonados bajo la presidencia de Donald Trump— y la admiración hacia figuras como Vladimir Putin, que representa la pérdida de fe en la democracia liberal y la nostalgia por el autoritarismo de antaño.

En este contexto, decidí leerme el libro. Fue toda una experiencia, como someterme a un curso intensivo bajo la guía de una maestra extraordinaria. La erudición de Arendt y la profundidad de su pensamiento me impactaron, al igual que su estilo como prosista (tenía un indiscutible talento literario) y la claridad de su exposición.

Esta obra monumental está dividida en tres partes: Antisemitismo, Imperialismo y Totalitarismo. En las dos primeras presenta los antecedentes sociales, culturales e ideológicos que derivaron en el totalitarismo, y en la última (la mejor y más interesante) expone cómo los movimientos extremistas llegaron al poder y cuál es su naturaleza y su funcionamiento.

Arendt afirma que el totalitarismo, como fenómeno político, es algo totalmente nuevo, a pesar de sus raíces y antecedentes, y que no es igual a las dictaduras y tiranías de otros tiempos y lugares. Según ella, sólo han existido dos regímenes verdaderamente totalitarios: el nazismo y el estalinismo. Ni siquiera otras dictaduras fascistas o comunistas tuvieron el alcance de aquellos dos regímenes, porque no pretendían subsumir la totalidad de la existencia humana en un proyecto megalómano cuyos alcances no eran menos que la globalidad y la perpetuidad.

Para comprender mejor la relevancia actual de este libro y las ideas de su autora, he decidido exponer brevemente de qué se trata cada parte.

PARTE I: ANTISEMITISMO

Arendt nos habla del antisemitismo como un fenómeno relativamente reciente, en oposición al clásico “antijudaísmo”, que es como ella llama al desprecio, discriminación y persecuciones que secularmente los judíos habían sufrido en Europa. La diferencia radica en que el antisemitismo es una ideología y una teoría conspiratoria. Los judíos no son vistos simplemente como seres despreciables (los asesinos de Jesús, usureros inmorales que se aprovechan de los cristianos, etc.), sino como una fuerza siniestra que mueve los hilos del mundo.

Arendt, por supuesto, señala lo absurdo de estas nociones conspiratorias. Explica la historia de los judíos en el seno de la sociedad europea a lo largo de los siglos XVIII y XIX, y hace énfasis en el enriquecimiento de familias como los Rotschild, cuya prosperidad sirvió de combustible para la paranoia antisemita, cuando en realidad el interés e influencia de los judíos como colectivo en la política era casi nulo. De ahí que funcionaran como financieros de casi cualquier gobierno, sin importar sus inclinaciones: les interesaban los negocios, no la ideología.

Las familias judías adineradas formaban una especie de comunidad transfronteriza con intereses supranacionales, lo cual generaba una hostilidad natural en tiempos de auges nacionalistas. Además, las prerrogativas que los judíos habían gozado tradicionalmente por ser considerados un grupo aparte, aunque fueron demolidas en nombre de la igualdad tras la oleada revolucionaria que iniciara en Francia, fueron también fuentes de resentimiento. La trágica ironía es que para cuando el antisemitismo se había vuelto más feroz y virulento, una gran parte de la población judía se había asimilado al resto, y entonces el “ser judío” se convirtió en una cuestión de nacimiento, y no ya en una pertenencia a una religión, cultura y comunidad.

El caso Dreyfus y los Protocolos de los sabios de Sión son explicados con detalle en sus antecedentes y consecuencias. No deja de abordar el papel de las izquierdas en la difusión del antisemitismo. Por otro lado, el elemento conspiranoico es una parte tan fundamental del totalitarismo que valdría la pena escribir un texto completo al respecto.

“El antisemitismo, habiendo perdido sus cimientos en las condiciones especiales que habían influido en su desarrollo durante el siglo XIX, ahora podía ser transformado libremente por charlatanes y lunáticos en esa mezcla de medias verdades y supersticiones que emergieron en Europa después de 1914: la ideología de todos los elementos frustrados y resentidos de la sociedad”.

PARTE II: IMPERIALISMO

En esta sección Arendt se ocupa del desarrollo del imperialismo, tanto la expansión de imperios como Inglaterra y Francia hacia posesiones ultramar, como los movimientos pan-nacionalistas en Europa, que pretendían unificar a todos los miembros de una misma “raza” en sendos Estados-nación.

La importancia del imperialismo en el desarrollo de las ideologías totalitarias es múltiple. Por un lado, la experiencia imperialista creó por vez primera una política global y el ideal de la expansión por la expansión misma demostró que es posible para una entidad seguir extendiéndose sobre otras de forma prácticamente ilimitada.

Es aquí en donde se desarrollan las primeras doctrinas racistas, como una forma de justificar la dominación de los europeos sobre los pueblos del mundo. De hecho, uno de los capítulos más interesantes está dedicado al desarrollo del racismo como ideología, que se remonta al siglo XVIII. Tampoco olvidemos que los primeros campos de concentración y los primeros experimentos más o menos organizados para exterminar a poblaciones enteras se dieron en el África colonial.

Pero el racismo no era sólo de blancos contra africanos o asiáticos: se daba también entre europeos. Se sostenía que existía una esencia en cada raza, que la hacía diferente a todas las demás. Los primeros desvaríos sobre la “raza aria” se dieron en Francia, para justificar la superioridad de la recién derrocada aristocracia (de origen germánico) sobre la plebe revoltosa (de origen galorromano). Lo nórdicos, se aseguraba, eran por naturaleza superiores a los mediterráneos y los eslavos, y estas ideas llevaban circulando por más de un siglo antes de que Hitler escribiera Main Kampf. De ahí las justificaciones del imperialismo continental y los movimientos pangermánicos y paneslavos.

Algo que me llamó la atención sobre este capítulo, al relacionarlo con los eventos actuales, fue lo que Arendt dijo acerca de los refugiados tras las guerras europeas, especialmente la Primera Guerra Mundial. Los refugiados de guerra se convirtieron en seres sin patria, y por lo tanto, sin derechos. Ningún Estado podía avalar sus derechos más elementales, era como si no existieran en calidad de personas jurídicas. Además, la experiencia de los campos de refugiados, cuyos habitantes eran tratados cual criaturas subhumanas, fue uno de los antecedentes más inmediatos de los campos de concentración, tanto de los nazis como de los gulags soviéticos.

“El imperialismo habría necesitado del racismo como la única “explicación” y excusa posible para sus actos, incluso si ninguna idea de raza hubiera existido antes en el mundo civilizado”.

PARTE III: TOTALITARISMO

La tercera y última parte es, como les dije, la más interesante. Aquí Arendt hace no sólo un recuento de cómo surgieron el nazismo y el estalinismo y cómo conquistaron el poder, sino cuáles son las características esenciales de los regímenes totalitarios. En efecto, aunque las filosofías políticas en las que se basan los movimientos encabezados por Hitler y Stalin se encuentran en extremos opuestos del espectro ideológico, tienen en común el afán por controlar totalmente cada aspecto de la vida humana y por extender su dominio de manera ilimitada.

En pasajes que recuerdan de forma aterradora lo que estamos viendo suceder actualmente en el mundo, Arendt advierte del uso que los movimientos totalitarios dieron a la propaganda, en especial a las teorías conspirativas; del descaro y la desvergüenza de los líderes totalitarios para cambiar constantemente su discurso, pretendiendo cambiar así la realidad; de la ceguera de las élites que pensaron que podrían mantener bajo su control a los nuevos dictadores para asegurar su propio beneficio; de la extraña alianza entre las élites y la turba para aplastar a los elementos moderados de la sociedad; de la ingenuidad de los gobiernos no totalitarios que, incapaces de comprender la lógica de estos regímenes, creyeron ver en ellos déspotas con los que se podría negociar con base en los principios de pragmatismo e interés propio; y finalmente, de los campos de la muerte, tanto nazis como estalinistas, en los que se buscaba no sólo apagar vidas humanas, sino la total destrucción de lo mismo que nos hace humanos.

Uno de los puntos en los que más insiste Arendt es en lo inéditos que son los totalitarismos, a pesar de que tengan antecedentes ideológicos y prácticos en la historia de Europa. Tampoco puede dejar de hacer énfasis en lo monstruosos que son y el peligro que representan para la humanidad. Sus principios insidiosos son capaces de colarse en el discurso político cotidiano y antes de que conquisten el poder y se dejen ver tal cual son, pueden normalizarse y hacerse pasar por posturas políticas legítimas si no estamos alerta.

Sucede que los elementos característicos del totalitarismo no desaparecen una vez que han sido derrotados sus regímenes o mueren sus líderes. La tentación totalitaria sobrevive y las condiciones que engendraron esos movimientos pueden volver a darse. Por más que conozcamos la historia no podemos predecir el futuro.

Con todo, Arendt nos deja una esperanza: la misma mortalidad humana hace posible que haya inicios y finales, y con cada uno, la renovación. No me extraña que este libro se haya convertido en uno de los más vendidos del último año. Mucho de lo que habla Arendt puede verse en el mundo contemporáneo, si bien de otras formas y bajo otros colores. El único inconveniente de tan monumental obra es, quizá, su extensión. De todos modos, sería bueno que se leyera y comentara mucho.

“Las soluciones propuestas por el totalitarismo bien podrían sobrevivir a las caídas de sus regímenes, en la forma de tentaciones fuertes que vendrán siempre que parezca imposible aliviar la miseria política, social o económica en una manera digna del ser humano”.

Miguel Civeira: Ego Sum Qui Sum

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