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Estereotipos, objetificación y su efecto en el desempeño femenino

De acuerdo con este estudio, la sola mención de los posibles estereotipos negativos esperados de parte de un miembro de un grupo demográfico específico puede afectar su desempeño; los roles de género cosifican de manera muy diferente a hombres y mujeres, convirtiendo a los hombres en conquistadores y a las mujeres en objetos de conquista.

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Las conductas y juicios sociales a los que estamos sujetas como personas pueden ser más que sólo incómodas o molestas, pueden también tener efectos cuantificables en nuestro comportamiento y desempeño académico y laboral.

Según un estadio liderado por la psicóloga de la Universidad de Nebraska, doctora Sarah Gervais, la objetificación o cosificación —el acto de reducir una persona, especialmente un miembro del sexo femenino a un objeto sexual— tiene efectos negativos en el desempeño académico (en el caso específico del estudio matemático) de una mujer, si ésta nota que está bajo el escrutinio visual de un hombre.

En este estudio descrito en la revista LiveScience, Sarah y sus colegas fingieron llevar a cabo un estudio sobre trabajo en equipo para lo cual reclutaron 67 mujeres y 83 hombres, y les pidieron ir a trabajar a su laboratorio. Cada uno de los voluntarios fue asignado un compañero de sexo diferente, que no era un voluntario sino un miembro del equipo de investigadores, encargado de llevar a cabo el experimento. Todos estos individuos entregaron a su compañera o compañero un cuestionario con 12 problemas matemáticos, pero antes de hacerlo, una parte de ellos contempló el cuerpo del otro desde el rostro a la cintura y viceversa, deteniéndose por un instante en su pecho, para que fuera notorio e incomodara a quien fuera observado. Mientras tanto, la otra parte sólo hizo contacto visual con su par antes de entregarle el examen.

Los resultados de este estudio mostraron que los hombres que fueron acechados con la mirada no tuvieron ninguna variación en su desempeño comparado con los hombres que no lo fueron, mientras que las mujeres sí. Ellas tuvieron en promedio seis respuestas correctas cuando no fueron acosadas, mientras que cuando sí lo fueron no lograron llegar a las cinco respuestas correctas en promedio.

Pero el desempeño en matemáticas no es el único efecto negativo que la mirada masculina puede tener sobre las mujeres, ni es la mirada masculina el único factor a considerar a la hora de medir el desempeño de una persona que forma parte de una minoría o grupo demográfico discriminado específico. Un estudio de 1995 —que ha sido ampliamente replicado y confirmado después— demostró que la sola mención de los posibles estereotipos negativos esperados de parte de un miembro de un grupo demográfico específico puede afectar su desempeño. Este efecto es conocido como stereotype threat o amenaza de estereotipo, y refleja la ansiedad y los perjudiciales efectos que produce el ser retratado injustamente y a priori.

Otro experimento, llevado a cabo por la doctora Tamar Saguy, demostró que las mujeres, al percibir que son observadas y examinadas por hombres, hablan menos, mientras que no existe sobre los hombres ningún efecto similar. El estudio colocó hombres y mujeres solos en una sala frente a una cámara de video que filmaba la mitad superior de su cuerpo, la inferior, o sólo transmitía sonido, y hacia la cual tenían que hablar sobre sus planes a futuro o las cosas que más les gustase hacer, por un máximo de dos minutos. Las mujeres hablaron en promedio un minuto y medio cuando pensaban que estaban siendo observadas por un hombre, y que éste podía estar observando o inspeccionando su cuerpo, mientras que utilizaron los dos minutos completos cuando creyeron que estaban siendo inspeccionadas por una mujer, sin importar hacia dónde apuntara la cámara, o cuando creían que un hombre las escuchaba pero no las podía ver. Mientras tanto sus contrapartes masculinas no sufrieron tales complejos, y utilizaron los dos minutos ya fuese que los observara un hombre o una mujer sin importar hacia donde apuntase la cámara.

Los resultados de estos dos estudios son muy importantes porque demuestran que, primero, la objetificación de las mujeres por parte de los hombres —y sólo de los hombres— les afecta psicológicamente de forma negativa, y segundo, porque demuestra claramente que los hombres no perciben la objetificación o atención sexual indeseada de la misma manera que lo hacen las mujeres. Esto probablemente porque las dinámicas de poder y los roles de género cosifican de manera muy diferente a hombres y mujeres, convirtiendo a los hombres en conquistadores y a las mujeres en objetos de conquista. A los hombres en fantasías de poder y a las mujeres en cosas.

Muchos hombres realizan una falsa equivalencia al hablar de objetificación y acoso callejero, simplemente invirtiendo los roles y diciendo “me encantaría que las mujeres me dijeran cosas al pasar”, porque ellos en ese escenario no hablan de un subversión de privilegios en la sociedad, sino de una situación en la que ellos mantienen sus privilegios masculinos, su seguridad y su status social, sumándole a ello una adoración sexual directa, sin entender que un hombre frente a varias mujeres se encuentra en una posición muy diferente a una mujer frente a varios hombres. Una mujer frente a uno o más hombres sexualmente agresivos es por lo general físicamente vulnerable y dependiente de la buena voluntad de aquellos hombres para mantenerse segura. Al contrario, un hombre muy difícilmente experimentará esa inseguridad y vulnerabilidad física frente a un grupo de mujeres, sin importar su número o su actitud.

Así mismo, el sentimiento de cosificación en ambientes académicos afecta a las mujeres por diversas razones. Puede ser la sensación de ser juzgadas por su físico y no por sus habilidades, y la consiguiente sensación de reforzar estereotipos negativos sobre mujeres en el lugar de trabajo, sintiéndose más decoración que otra cosa. Puede ser la sensación de reforzar estereotipos negativos sobre la incapacidad de las mujeres de ser tan capaces como los hombres en matemáticas y ciencias, y la ansiedad que eso conlleva al intentar probar su valía. Puede ser el miedo a ser juzgadas por el falso estereotipo de que las mujeres hablan demasiado. O puede ser la incomodidad de ser tratadas como objetos sexuales por personas que deberían comportarse profesionalmente.

El punto es probablemente que los hombres rara vez han sido capaces de interactuar con una mujer sin prejuicios de por medio, y esa costumbre ha quedado profundamente arraigada en la mayoría de las mujeres víctimas de aquellos prejuicios al punto de que estos subconscientemente les limitan. Pero otro gran problema, quizás el mayor de todos, es que que muchos hombres ven todas las instancias de interacción interpersonal con una mujer como una oportunidad de conquista y a todas las mujeres (sin importar la dinámica de la relación entre ellos) como un posible objetivo, por lo que en lugar de comportarse de forma profesional y adecuada al lugar y el momento de la interacción, se pasan de la raya.

 Felipe Oliva A.: @ender27

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