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Esos privilegios que quieren las feministas

Las feministas quieren espacios exclusivos para mujeres y que les den puestos laborales o en la política; considerar que personas adultas y perfectamente capaces son desvalidas e inútiles, no es privilegiarlas, es tenerlas como menores de edad.

Una de las quejas que escucho a menudo sobre “el feminismo de hoy”, es que las mujeres ya no quieren derechos ni igualdad (eso ya se logró, ¿usté cree?), sino que quieren privilegios. Aprovechando que el debate en las redes sociales se había tornado intenso y estimulante (traducción: el tren del mame a todo lo que da), decidí preguntar abiertamente en el féisbuc: ¿Cuáles son esos privilegios que quieren las feministas?

Las respuestas fueron de lo más variadas, pero (salvo una) ninguna respondía realmente a la pregunta. Algunos sólo respondían lo mismo que se preguntaba, es decir, por respuesta volvían a decir “las mujeres de ahora quieren merecerlo todo por ser mujeres”, “ellas ya no luchan por ser iguales, sino por ser superiores”, “ya se están pasando” y así. Cuando pedí a estas personas (había hombres y mujeres, ¡eh!) que dieran ejemplos específicos de a lo que se referían con esas afirmaciones, dieron respuestas vagas o se quedaron calladitas.

Otros pasaron a decir cosas que ni venían al caso. Alguien puso ahí como ejemplo algo que era en realidad una sátira estúpida creada por una cuenta de memes antifeministas.  Alguien mencionó algunas consignas feministas que le parecían muy radicales, pero ninguna hablaba de privilegios exigidos. Alguien citó las estadísticas de cómo a los hombres los asesinan más. Es cierto, pero eso ni es culpa de las feministas, ni las feministas piden que se mate más a los hombres, así que khe berga con sacar a colación ese dato, que aparentemente sólo es respuesta automática del machirrín básico.

Alguien posteó un par de textos del inmamable Luis González de Alba (en paz descanse… supongo) en el que despotricaba contra lo malas que son las mujeres porque chismeaban bien culero sobre los hombres y además una vez una gorda (es importante señalar que era gorda, claro) no le cedió el asiento del bus a un pobre padre soltero. O sea, tampoco respondía a la pregunta, sino que era pura roña.

Entonces, la única respuesta en la que había material para debate era ésta: las feministas quieren espacios exclusivos para mujeres y que les den puestos laborales o en la política sólo por ser mujeres. Es comprensible por qué esto parece la exigencia de un privilegio y que socava el valor de la equidad. ¿Acaso no cualquiera debería ser libre de ocupar los espacios públicos a menos que estuviera haciendo daño a los demás? ¿Acaso no todos, hombres y mujeres, deberían competir libremente y según sus méritos y aptitudes, para obtener puestos y reconocimientos?

Ante estos reclamos y preguntas, y respondiendo a aquel viejo tópico de “las mujeres de hoy tienen más privilegios”, quiero poner mi granito de arena para tratar de aclarar la situación.

Miren, existen algunas formas en las que las mujeres reciben “un tratro especial” en esta sociedad, que bajo una mirada superficial podrían parecer formas de privilegio. La primera deriva de la visión tradicional que atiende a los roles de género y se expresa en la caballerosidad (abrir la puerta, pagar la cena o el cine, etc.), las leyes que favorecen a las madres en caso de divorcio, la exención del servicio militar, o frases como “¡niños y mujeres primero!”. Todas vienen de la idea de que las mujeres son desvalidas por sí mismas y necesitan un hombre que las mantenga, las proteja y sirva de intermediario entre ellas y el mundo.

Por ejemplo, la costumbre de que sea el hombre quien pague la cena viene de que tradicionalmente los hombres trabajaban y ganaban dinero, mientras que las mujeres no, o ganaban menos. El hombre debía demostrar que era capaz de mantener a la dama que cortejaba porque se asumía que ella no podría hacerlo por sí misma. Cuando se espera que la mujer no trabaje, no sólo se le protege de la dureza del mundo laboral: se le condena a encargarse del hogar o la familia (que es un trabajo titánico), se le quita la posibilidad de disponer de su propio dinero y de encontrar la realización vocacional, y se le deja expuesta al desamparo si el hombre del que depende muere o la abandona.

Si todavía las leyes o la jurisprudencia favorecen a las madres en caso de divorcio, se debe a la creencia de que por naturaleza sobre ellas recae la obligación de cuidar y criar a los hijos (recuérdese que tener hijos no es sólo una hermosa experiencia: es también una chinga enorme). Si a los hombres maltratados por mujeres (es muy minoritario, pero pasa) no se les toma en serio, es porque se toma por ridícula la situación de que alguien inferior y débil maltrate a quien se supone que es fuerte y dominante; desde el punto de vista del patriarcado, sería tan ridículo como que a un tigre lo correteara una gallina.

Considerar que personas adultas y perfectamente capaces son desvalidas e inútiles, que necesitan de la protección del “sexo fuerte”, o que sus aptitudes y funciones se reducen al cuidado del hogar y de los hijos, no es privilegiarlas: es tenerlas como menores de edad. Y como a menores de edad no sólo se les brinda protección, sino que se les quita la autonomía, se reducen sus posibilidades de acción y elección y se les coloca bajo la tutela de alguien más. Obviamente, las feministas no están a favor de nada de eso, sino que quieren abolir los roles de género.

Otra forma en que las mujeres reciben un “trato especial” tiene que ver con su condición biológica inevitable de hembras humanas (hablando de mujeres cisgénero, desde luego), que implican cosas como los permisos de maternidad, el acceso libre y completo a servicios de salud ginecológica y obstetra (los penes no requieren tantos cuidados, cuenten cuántas veces en su vida han necesitado ir al urólogo), las ausencias al trabajo o la escuela justificadas en caso de malestar menstrual, o el derecho exclusivo a decidir sobre la interrupción del embarazo.

Por supuesto que sería estupendo que existieran permisos de paternidad también (como en los desarrolladísimos países del norte de Europa), pero mientras tanto es más urgente que las madres los tengan, porque ellas son las que tienen que gestar, dar a luz y amamantar, y porque no deberían perder sus ingresos ni sus posibilidades de desarrollo profesional.

Las feministas sí exigen que se apliquen estas medidas, pero de nuevo: no se trata de privilegiar a nadie, sino de procurar que seres humanos puedan cubrir sus necesidades. Reclamar que se eliminen los permisos de maternidad si no los hay de paternidad (como he leído expresar a algunos antifeministas) o hacer berrinche si se les reparte toallas sanitarias o tampones gratuitos a las mujeres, es una culerada inexcusable que no tiene más fundamentos que la ardidez y falta total de empatía.

Finalmente, están otras exigencias feministas que provienen del reconocimiento de que, por el hecho de estar en una sociedad sexista, las mujeres se encuentran en desventaja frente a los hombres. Esto se expresa en políticas públicas o programas sociales, como las cuotas de género en empresas o gobiernos y la creación de espacios seguros exclusivos para mujeres.

Haré una analogía parcialmente válida: piensen en los lugares de estacionamiento para personas con discapacidad. ¿Habrá alguien tan cretino que diga que tales lugares no deberían existir, sino que independientemente de la condición de salud de cada quien, debería poder escoger el lugar que más le guste si llegó antes que los demás? Pues bueno, se trata de lo mismo: ayudar a las personas a sobrellevar las desventajas en las que se encuentran. La diferencia estriba, obviamente, en que las desventajas de las personas con discapacidad dependen de sus condiciones médicas inmutables, mientras que las inequidades que sufren las mujeres son producto de condiciones sociales que estamos tratando de cambiar.

Los espacios exclusivos para mujeres son una respuesta al acoso que sufren éstas en los lugares públicos y concurridos, precisamente como el Metro. No se trata de darles ventajas sólo por ser mujeres, sino de reconocer que las condiciones sociales las hacen vulnerables a la violencia masculina. Además estas medidas son sólo paliativos, el equivalente a poner barrotes de seguridad en la ventana de tu casa: esta medida no va a solucionar la delincuencia, desde luego, pero mientras no se erradique el crimen, querrás tener esos barrotes. Así, mientras muchos hombres sigan sintiéndose con derecho a acosar o violentar a las mujeres en la vía pública (y sabiendo que de hacerlo saldrán impunes), lo menos que como sociedad podemos hacer es brindar espacios seguros para ellas. Y si te enfurece ver que los vagones exclusivos para mujeres van medio vacíos mientras tú no alcanzaste lugar en el metro y por eso llegaste tarde, podrías considerar redirigir tus energías hacia: a) exigir un mejor sistema de transporte público; b) contribuir a los cambios necesarios en esta sociedad de forma que todo espacio público sea completamente seguro para las mujeres.

Ahora vamos con las cuotas de género. Estaremos de acuerdo con que una persona debería obtener un puesto en una empresa o un cargo público por sus cualidades y talentos. Así sería si viviéramos en una meritocracia perfecta en la que cada quien obtiene lo que merece. Pero ay, no es así. Sucede que aún persisten muchos sesgos y prejuicios. Se han hecho experimentos que demuestran que los empleadores juzgan currículos idénticos con criterios distintos si piensan que son de hombres o de mujeres, y que los profesionistas son más duros para calificar el desempeño de sus compañeras (aquíaquí y aquí).

A menudo se dice que esto conllevará a que mujeres incompetentes sean contratadas sólo para llenar la cuota. A lo que habría que preguntarnos, ¿acaso los empleadores, de verse obligados a contratar un número tal de mujeres, no escogerían a las mejor capacitadas de entre todas ellas? ¿O acaso creen que no habrá tantas mujeres como hombres competentes? Si ese es el caso, ¿por qué? ¿Porque son menos capaces las mujeres por naturaleza? ¿O porque no han tenido acceso a la preparación adecuada? Si es así, ¿por qué? ¿No será por el sexismo? ¿En ese caso no ayudarían en algo las cuotas?  ¿O es que ya nomás estás poniendo excusas?

Claro, podría decirse que es injusto asumir de buenas a primeras que el empleador será machista y que desestimará a candidatas perfectamente capaces. Pero la experiencia nos muestra que es mejor tener esa salvaguarda. La lógica de las cuotas es contrarrestar esta desventaja, reducir los obstáculos que se presentan en las distintas etapas de la vida de una mujer. Se trata de que cada vez más de ellas tengan acceso a empleos bien pagados y espacios representativos que les permitan prosperar como individuos y como pertenecientes a un grupo históricamente oprimido.

Idealmente, en un mundo no sexista estas medidas serían innecesarias. Podríamos debatir si son eficaces o no para la consecución de la equidad de género y seguramente habrá algunas que no estén muy bien concebidas o resulten contraproducentes. Podría debatirse que esto atenta contra el mérito personal en beneficio de las necesidades sociales, o que lo justo es buscar la igualdad de oportunidades sólo al inicio del camino y no constantemente a lo largo del mismo. Y he ahí un dilema interesante, según lo que cada quien valora más, y aquí no se puede sino invitar a quien plantea estas objeciones a que se pregunte si su postura no tendrá algo que ver con el hecho de que personalmente no sufrirá las desventajas que impone el sexismo.

Pero por lo menos hay que entender la lógica detrás de estas medidas: no se trata de darle privilegios a las mujeres sólo por serlo, sino de darles la posibilidad para superar las dificultades que acarrea el ser mujer en un mundo sexista.

Fotografía: Mi Diario Urbano

Miguel Civeira: Ego Sum Qui Sum

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