Estás aquí
Inicio > Opinión > Entendí mi privilegio heterosexual después de tener una relación lésbica

Entendí mi privilegio heterosexual después de tener una relación lésbica

Puedes pensar que estoy exagerando, pero esto nunca me pasó mientras salía con hombres; los heterosexuales saben que cualquier lugar es su lugar seguro, porque conocen su privilegio aunque no lo entiendan.

mujeres haciendo un corazón con las manos

El privilegio es el ruido del refrigerador que está ahí cuando nos levantamos y cuando nos dormimos, así que no lo vamos a notar hasta que pongamos atención.

Mis privilegios me acompañan desde que nací. Descubrí mis privilegios de clase cuando mi mamá y mi papá se separaron y tuve que empezar a trabajar. No por trabajar en sí, sino porque ahí conocí personas que no tuvieron tantas oportunidades como yo. Quiero decir, privilegios.

Los de raza, cuando comencé a cuestionar “mi suerte” para conseguir empleo después de terminar la carrera y empecé a contar cuántas personas blancas había en la empresa. La proporción era como de siete contra tres tan sólo en mi oficina, en otras áreas era más evidente quiénes estaban obteniendo los puestos, ¿cómo es posible, si en la Ciudad de México la piel morena predomina? Ya ni les digo cuántas personas conté que encajaban con los estereotipos de belleza.

Pero mis privilegios heterosexuales nunca nadie me los había restregado en la cara hasta que comencé una relación con una mujer. Tengo que aclarar algo primero: yo no soy heterosexual, soy bisexual y lo sé desde… bueno, ¡siempre! Sólo que la mitad de mi vida me relacioné emocional y sexualmente con hombres, (con la excepción de un noviazgo lésbico algo breve en la preparatoria, que debo precisar, la mayor parte del tiempo se desarrolló dentro del plantel o en Zona Rosa, es decir, en zonas seguras) y la sociedad me leyó todo este tiempo como heterosexual. Bueno, es que la playera de “soy bisexual” se me ensucia y no me la puedo poner todos los días #BadumTss.

La primera vez que salí con ella a un antro (buga) dos hombres en diferentes momentos de la noche se nos acercaron, uno que parecía tener intenciones de unirse a nuestro baile y otro que se nos aproximó con una sonrisa coquetona. Para mí era bastante obvio que íbamos juntas como pareja.

¡Ay, por favor! Feminazis exageradas… Seguro, sí soy bien exagerada, sólo que esto jamás me sucedió durante la mitad de mi vida en la que iba de la mano otro hombre. Recordatorio: somos “respetables” cuando somos propiedad de un hombre.

Otra vez fuimos a un parque a beber chai y tomarnos de la mano. No éramos la única pareja ahí, frente a nosotras había una pareja heterosexual besándose, ¿adivinan quiénes tenían la atención? Es más, ¿quién recibía miradas de desaprovación de las señoras que iban vigilando a los niños que entraban en esa pequeña área en donde estábamos? Nosotras.

Ella constantemente busca que nuestras muestras de afecto ocurran en espacios seguros, porque un lugar “inapropiado” podría ser el escenario de un acto violento contra nosotras, y no sólo piensa en discriminación, la violencia sexual está a la orden del día en el país. Pero cuando yo salía con hombres, cualquier lugar era nuestro espacio seguro.

Hace unas semanas fui a una plaza con mi mamá, y cuando pasamos por el área de zapatos había una pareja besándose apasionadamente, ella estaba senatada en las piernas de él, y parecían no estar muy conscientes de que se encontraban en un espacio público. Corrección: ellos saben, de alguna manera, que el espacio público es de ellos. Ésta ni siquiera es la única escena que recuerdo de este tipo, pero es la más reciente. A nosotras nos han mirado con incomodidad por sólo rozar nuestras rodillas mientras comemos pizza.

Cuando hablé de esto con un par de amigas lesbianas me sorprendí mucho más. La primera me dijo: ah, pues sí, es que así es; la segunda: uy, yo ya ni lo noto. Me sentía como una persona recién llegada de una colonia en la que siempre hay agua (el privilegio, chan chan chan chaaan) a una en la que nunca hay, sentía que le gritaba a la gente que vivía ahí: “Pero qué no te das cuenta que esto no es normal y no está bien, debería haber agua. Todas y todos deberíamos tener agua, no sólo los de las otras colonias”.

Comienzo a normalizarlo (porque últimamente ya no le presto atención), pero justo ese es el punto, no tendríamos que acostumbrarnos, deberíamos vivir en un mundo en el que seamos capaces de ver a dos personas besándose y sólo eso: dos personas.

Ella pudo haber sido él y yo seguiría perdiendo la cabeza cada vez que veo cómo me mira con esos ojos tan bonitos. El corazón me late igualito que todas las otras veces en las que me he enamorado. Ni siquiera pienso en la “diferencia” que existe ahora porque somos dos mujeres hasta que la ciudad homofóbica por la que transitamos me lo recuerda. Me recuerda que yo tenía privilegios, o que los tengo, siempre y cuando esté alineada a su heteronorma.

¿Tú nunca has ejercido violencia contra la comunidad LGBT? Bueno, tú no representas a la sociedad. Si quieres entender mis privilegios y los tuyos, y nuestras opresiones (porque seguramente también las tienes), escucha a las demás personas. A las trans que te dicen que algo tan simple como entrar al baño les resulta problemático o a los hombres homosexuales a los que despidieron porque descubrieron su orientación sexual. Y escúchame a mí cuando te digo que quiero caminar en la calle de la mano de mi novia sin que la gente nos mire.

Ah… Por cierto, si vuelvo a escuchar a un homofóbico preguntando por qué no hay un día del orgullo heterosexual, le voy a escupir en la cara.

@KarenCymerman

Top