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¡Ehhh… puto!: deportes, homofobia y “policías del lenguaje”

La Comisión Disciplinaria de la Copa América pretende multar a los equipos en caso de que los aficionados griten “¡ehhh… puto!” u otras expresiones ofensivas; por estrategia política, los grupos oprimidos se apropian de los términos para quitarles su carga ofensiva y defenderse ante los embates lingüísticos.  

afición en el estadio

El asesinato en Orlando, Florida, de más de 50 personas de la comunidad LGBTTTIQ el pasado 11 de junio debe servir para cuestionar un montón de discursos que circulan en distintos ámbitos de lo social. Discursos que parten de la ignorancia y el odio para difundir la idea que el diferente es algo diabólico, antinatural, menos que animal. Discursos cuya único objetivo es justificar matanzas.

Antes de proponer mecanismos que protejan los derechos humanos de los grupos minoritarios, o criticar las legislaciones que permiten que cualquier ciudadano estadounidense adquiera un rifle de asalto semiautomático utilizado por el ejército, es indispensable que cada uno cuestione sus actos cotidianos, aquellas prácticas discriminatorias que se mantienen ocultas a la mirada.

Una de las locuciones más normalizadas por los mexicanos es la palabra “puto”. En canciones, porras y medios de comunicación, el vocablo está rodeado de controversia y acaloradas discusiones. En cuanto alguien denuncia su contenido peyorativo, de inmediato salen los defensores de la libertad de expresión a tacharlo de policía del lenguaje. Por supuesto, estos individuos entienden la libertad de expresión como sinónimo de insultar y ofender sin importar los derechos ni la integridad de los demás.

Quizá el contexto en el que esta palabra ha sido más cuestionada por la coyuntura social es en el ámbito deportivo. De acuerdo con el periódico Milenio, la Comisión Disciplinaria de la Copa América se encuentra estudiando el tema para multar a los equipos en caso de que los aficionados griten “¡ehhh… puto!” o dichos similares en los estadios.

Previo a esta noticia, la selección nacional impulsó “Ya párale”, campaña en la que se le pide a la afición que deje de pronunciar esta porra homofóbica. En el video aparecen los jugadores Guillermo Ochoa, Alfredo Talavera y Jesús Corona, pero ni estas personalidades son capaces de acabar con la infame expresión, ya que en los últimos tres encuentros del Tri en la fase de grupos ésta continúa sonando con fuerza.

“La tentación frente a la homofobia es acudir al Estado para que éste reparta castigos a los ordinarios. Que se prohíban gritos, que se reglamenten chistes, que se castigue a los odiadores. Hacer del poder público (o de los organismos internacionales), policías del lenguaje, custodios del respeto, promotores de un lenguaje aséptico”, escribió Jesús Silva-Herzog Márquez en 2014 cuando recién inició la polémica en torno a este tópico.

“Se equivocan”, replicó en su momento Andrés Lajous. “Ustedes son la policía. Ustedes que confirman y conforman con el grito de ‘puto’ a la policía que todos los días nos recuerda (y para ello sanciona) que en nuestro país hay una frontera que no puede ser cruzada: la frontera que distingue a los hombres de las mujeres. El hombre que es puto, es el hombre que no es del todo hombre. El hombre del cual hay sospechas fundadas que traiciona a los hombres al parecerse a las mujeres. Claro: a las mujeres que sólo son mujeres si cumplen con el estereotipo que esa estridente frontera exige” puntualizó.

Para contextualizar el impacto que esta discusión tiene en la opinión pública, el diario El País comparó este caso con el de Guus Hiddinkes, ex futbolista y entrenador nacido en los Países Bajos, quien es reconocido en España por ser la primera figura deportiva que se opuso a la utilización de simbología nazi en los estadios de fútbol.

Antes, era común que las pancartas de los aficionados españoles estuvieran adornadas con estas insignias como parte de un ritual festivo. Sin embargo, a Hiddinkes no le gustó para nada esta forma de celebración, en parte porque vivió en carne propia las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y el exterminio nazi. Cuando manifestó su inconformidad, el propio presidente del Valencia dijo que se trataba de una “tontería” y le recriminó al entonces jugador que su atención debía de estar en el campo de juego, no en las gradas.

Al final, la historia terminó dándole la razón a Hiddinkes (aunque con cierto recelo). La sociedad entendió que justificar el antisemitismo y la xenofobia en pos de una pasión futbolera vulneraba la identidad de ciertas agrupaciones humanas. Así como “naco” e “indio”, “puto” tiene significaciones que han sido utilizadas sistemáticamente para agredir, humillar y sobajar a los pobres, a los indígenas y a los homosexuales, respectivamente.

Sí, el lenguaje cambia todo el tiempo y es posible resignificar las acepciones de estos vocablos; sin embargo, este proceso comienza dentro de las propias poblaciones afectadas: son los pobres, los indígenas y los homosexuales quienes, por estrategia política, se apropian de los términos para quitarles su carga ofensiva y defenderse ante los embates lingüísticos.

Pero si eres un hombre blanco, rico, heterosexual y no perteneces a ningún grupo vulnerable, tú no estás a cargo del proceso de resignificación. De nada sirve que para ti las palabras “puto” o “naco” tan sólo sean unas “bromas inofensivas”, ya que tus distintos privilegios te colocan en una posición en la que jamás fuiste ni serás objeto de violencia por tu nivel socioeconómico o tu orientación sexual. Los oprimidos son quienes determinan las excepciones a la regla, no los opresores.

Nunca falta el que diga: “¿Cómo? Mi mejor amiga trans, zapoteca, que vive en lo más recóndito de Nueva Atzacoalco, no tiene bronca de que la llame ‘pinche vieja india culera’. Así nos llevamos y no hay problema”. Quizá eres de los que inventa amigos imaginarios para justificar sus aversiones. Quizá la amiga existe y no te quiere decir que la ofenden tus palabras por temor a perder la amistad. Quizá interiorizó a tal grado la violencia que la normalizó. Quizá tu amiga logró amansar los insultos para volverlos inocuos. Quizá. Como sea, una persona no representa a toda una comunidad. Que alguien te otorgue el permiso de decirle “puto”, “maricón” o “joto“, no significa que tienes el derecho de calificar de esa manera a todos los homosexuales.

Casi todos tienen un billete de 20 pesos en el bolsillo, pero pocos recuerdan que el señor que aparece ahí en alguna ocasión dijo que “el respeto al derecho ajeno es la paz“; y quiénes sí lo saben y lo repiten como periquito en libros y conferencias, escasas veces reflexionan sobre el significado de dicha frase. Pensemos más en los otros antes que en nuestra propia boca. Tan simple como aprender la siguiente fórmula: Free Speech ≠ Hate Speech.

Miguel Torres:  @Mike_TPapa 

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