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Tan cerca de Hollywood, tan lejos de abolir el patriarcado

No hay que creernos esta historia de Hollywood en la que al fin estamos salvadas; el mismo medio que habla sobre Time’s Up, publica una galería sobre las peores vestidas de la noche.

Justin Timberlake Times Up

“Si antaño las feministas criticaron una sociedad que promueve el arribismo laboral, ahora se aconseja a las mujeres que lo asuman y lo practiquen. Un movimiento que si antes priorizaba la solidaridad social, ahora aplaude a las mujeres empresarias”, dijo Nancy Fraser en su artículo “De cómo cierto feminismo se convirtió en criada del capitalismo. Y la manera de rectificarlo”, ¿les suena?

Hollywood y la cultura popular sigue siendo una importante impresión en las vidas de algunos e incluso en la percepción de la realidad, aún cuando parece increíble que apenas se pueda hablar libremente en un lugar como Los Angeles sobre cómo el acoso laboral permeó las carreras y afectó a decenas de mujeres de la industria.

No hay que quitar el dedo del renglón en el país, pensando que porque allá las denuncias están “finalmente” fuera, o que las actrices famosas que nos encantan en nuestras películas favoritas están apoyando a quienes denuncian, eso signifique que hay algo de ello aquí.

Este es el tipo de evento que nos hace creer que el mal finalmente ya está expuesto, que el “malo” bajo la máscara descubierto por la pandilla de Scooby-Doo siempre fueron los hombres blancos con poder y que ya nada ocurrirá en Mundolandia, porque la mujer afrodescendiente y también millonaria llegó para ocupar la presidencia.

Eso es sólo la trama de todas las películas Hollywoodenses que nos aventamos todos los días, pero en el entorno no hay vestidos negros de diseñadores caros, ni alfombras rojas con un micrófono abierto que da a millones de espectadores y por el que se puede decir a las cámaras que la brecha salarial nos está alcanzando a todas.

Y ya hemos pasado por eso. ¿Recuerdan el amor romántico y la reproducción infinita de esta idea? Hollywood. Así que no hay que creernos esta historia de que al fin estamos salvadas, porque si acaso, es tan sólo el principio de lo que una población privilegiada en una sola región de Estados Unidos vive. Mientras que en México, lo mismo. ¿Además de la Ciudad de México y la periferia indignada por los feminicidios, a dónde más ha llegado?

¿Que si es un montaje para que Hollywood recupere credibilidad? ¿Que si las mujeres como Meryl Streep son hipócritas porque siempre “supieron” lo que Harvey Weinstein hacía? Eso no lo sé y yo no estoy aquí para juzgar eso. Por ahora sé que se agradece que las personas con poder de convocatoria (tú no, Bono) puedan hablar de estos temas, ponerlos en la mesa e incomodar a quienes se creen intocables. No es suficiente, pero nadie más está hablando. (¿O no estamos escuchando?)

Pero tampoco queremos al activismo como accesorio de moda,  como cuando tener a un mejor amigo gay era casi como accesorio —porque de repente todo el mundo parecía tener uno— o más bien, solo había mejores amigos que sucedía, eran gays. De nuevo, gracias Hollywood. Así el activismo de hoy que mejora la imagen pública para dummies como se vio en el comercial fallido de Pepsi y Kendall Jenner o como la contracultura se volvió capitalizable.

El feminismo no es una moda, no es la playera que venden en el aparador de la franquicia española, no es el público que puede ganar un filme por tener una protagonista mujer.

Aquí en México tiene rostro de lucha diaria contra los asesinatos, o para sobrevivir de distintas formas: pelear por nuestras vidas, porque las oportunidades sean las mismas, porque cuando alguien se atreva a salir del miedo y a señalar a su agresor, se imparta justicia. Para empezar.

Y que nos ganó un poco la emoción porque todas iban vestidas de negro sin importar la raza o la apariencia o la edad o la experiencia. Pero a los medios no les funciona ni eso cuando en lugar de explicar el porqué o el mismo fenómeno en el país,  prefieren hacer una galería sobre quién vistió mejor o no el color negro. Y ni siquiera eran medios especializados.

Por otra parte está también el constante recordatorio de los casos que nos incomodaron, pero no lo suficiente para paralizar ceremonias de premiación a pesar de que cada año existía la posibilidad: la denuncia de Dylan Farrow contra su padrastro Woody Allen. Las acusaciones de mujeres contra Roman Polanski, el caso de la escena no informada a Maria Schneider en “El Último Tango en París”. Como dice Laura Freixas, “El silencio es, qué duda cabe, la mejor manera de mantener intacto el statu quo, con sus jerarquías y sus privilegios”.

Mientras se compartía con emoción la gala de negro como protesta, el mismo medio se congratulaba con la nota de cómo supuestamente Angelina Jolie ignoró a Jennifer Aniston por un hombre que en teoría ya ni está en sus vidas (ni en las nuestras), pero nos encanta el drama inventado, la telenovela que gira en torno al amor de un hombre.

Aquí no sólo queda combatir el acoso laboral, con mayor apoyo, sanciones efectivas y protocolos establecidos. Ya Karla Souza, la actriz mexicana favorita de los millennials lo comentó, pero sin nombres, sin trascendencia porque el miedo persiste y eso es lo que coarta la libertad.

No hay que detener el #MeToo aunque Hollywood es sólo una de todas las industrias que se apropió de un HT que nos pertenece. No hay que dejar de decir #YoTambién, #NiUnaMenos y recordar el #MiPrimerAcoso.

No hay que creernos esta pieza musical, porque ni siquiera algo más apegado a la realidad como la noticia de que Islandia erradicaría la brecha salarial es completamente cierta, para nuestra desgracia.

Son mujeres poderosas y millonarias, incluida Oprah, con todas las de ganar (y aún así faltó Rose McGowan, Asia Argento y las actrices que no son Salma o Natalie Portman). Son, como me dijo un aliado, las mujeres más expuestas a perder todo como cualquier joven mexicana, incluidas sus vidas, más valientes por salir a marchar un domingo cualquiera. Contra todas las apuestas.

Estefanía Camacho: @unaestefanía

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