Estás aquí
Inicio > Mujer ilustre > Camille Claudel: esculpir las pasiones

Camille Claudel: esculpir las pasiones

Esta prolífica escultora del siglo XIX fue recordada durante mucho tiempo solamente como la amante y musa de Rodin; “L’ age mur” representa la relación turbulenta entre Camille Claudel, Auguste Rodin y Rose Beuret. 

Camille Claudel

Camille Claudel nació el 8 de diciembre de 1864 en Fére en Tardenois, Francia, en una familia burguesa provinciana. Era la mayor de tres hermanos (Louis y Paul), su padre era un notario y su madre una terrateniente. Desde muy pequeña mostró gran interés por la escultura sin tener ningún antecedente familiar, pero sí un talento único; esculpía en cualquier material y tenía una gran facilidad para moldear a cualquiera que la rodeaba. En otoño de 1876, su padre Louis Prosper Claudel se mudó con su familia a Norgent-sur-Seine, una comuna francesa.

Con apenas 12 años, Claudel creó una escultura en arcilla tan cautivante que llamó la atención de los artistas locales, entre ellos Alfredo Boucher, que se convertiría en su primer maestro. Éste la presentó con el director de la Escuela  Superior de Bellas Artes de París, Paul Dubois, quien al conocer su obra le preguntó si había tomado clases con Auguste Rodin, pero Camille no había escuchado antes ese nombre, ni remotamente.

En 1881, su padre decidió enviar a su familia a París para que su primogénita pudiera prepararse  como escultora. A pesar de las dificultades que implicaba que una mujer estudiara arte en una sociedad tan prejuiciosa, decidió inscribirse en una academia y rentó un estudio con tres compañeras inglesas que compartían su misma pasión. La prometedora escultora trabajó sin detenerse, pues tenía el vigor y la energía para triunfar.

Dos años después, con tan sólo diecinueve años, conoció a Auguste Rodin de 44, que para ese entonces ya había alcanzado la fama con “El despertar de la humanidad”. Se hicieron amantes de inmediato.

La joven entró como aprendiz en el taller de Rodin, en donde se pasaba el día entero y trabajaba como su modelo y musa y le ayudaba a esculpir figuras para composiciones como “Las puertas del Infierno”. Fue el periodo más creativo que tuvo el célebre artista.

El escultor había sostenido por veinte años una relación estable con Rose Beuret. Se dice que jamás la presentaba en eventos públicos porque le daba vergüenza que fuera una mujer inculta. Así que Beuret se volvió una pesadilla eterna para Camille, quien tuvo que conformarse con el lugar de la amante.

Una pasión desbordante y salvaje los unió. Su relación fue más que tormentosa, llena de celos y reproches, pero Rodin supo aprovecharse del talento de su discípula, quien afirmó en sus correspondencias que muchas de las obras que él presentaba como suyas eran producto de sus ideas y talento menospreciado por cuestiones de ego.

La  genialidad de Claudel  fue reconocida fuera del taller poco después por un periodista influyente y crítico de arte, Octave Mirbeau, quien la proclamó un genio públicamente.

Una de sus piezas más reconocidas es “L’ age mur” que algunos dicen que representa la relación turbulenta entre ella, su amante y su mujer. Sin embargo, los expertos en su obra consideran que su trabajo no era precisamente autobiográfico, sino una representación del hombre que envejece y se ve despojado de la juventud, el amor y  la vida.

Cuando Camille alcanzó la madurez artística empezó a ser reconocida en el medio, pero con el tiempo comenzó a vivir grandes dificultades económicas, se quedó sin dinero para pagar modelos y se vio en la necesidad de hacerlo todo de memoria, además, se endeudaba para  pagar los materiales y poco a poco se sumió en una miseria.

En 1905, la locura se apoderó de ella y empezó a destruir sus propias obras en las exposiciones frente a las demás personas, pues sus paranoias le hacían creer que querían robarle sus ideas.

Llegó un momento en el que padeció delirios de persecución, se encontró  sola y desequilibrada. Su padre se negó a que fuera internada en un psiquiátrico, pero tras su muerte el 2 de marzo de 1913, su madre y hermano la internaron, pues ellos creían que su enfermedad era consecuencia de su vida disoluta. Las visitas en el manicomio fueron prohibidas por su tutora, quien tampoco la visitó con mucha frecuencia al igual que el resto de su familia. Su hermano Paul Claudel a penas fue al hospital seis veces en treinta años.

En 1920, Los doctores encontraron gran mejoría en Camille y propusieron ensayar un salida, pero su madre se negó rotundamente. Como si estuviera llevando a cabo una especie de castigo contra su propia hija por ser la consentida de su padre, por haber estudiado arte y por ser la amante de un hombre. Los prejuicios de una época y de su propia familia fueron la causa de que viviera el final de sus días completamente sola, experimentando una muerte silenciosa; una muerte en vida.

Los últimos 30 años de su vida los pasó en el Hospital Psiquiátrico de Montdevergues entre el olvido y la locura, para ser reconocida por su capacidad escultórica siglos después.

La historia de Camille Claudel y la intensidad de su vida quedó plasmada en sus obras, que reflejan sus ideas sobre el amor, la vida, el olvido y la muerte. La escritora Rosa Montero aseguró en su libro Historias de Mujeres que la artista tenía todo para triunfar en la vida, pues era una mujer talentosa y tenía el coraje suficiente para enfrentarse a su familia y a su época para cumplir con pasión su oficio de escultora, pero su género fue quizá su mayor obstáculo.

“He caído en el abismo. Del sueño que fue mi vida, esto es la pesadilla”. 

Arantxa Castillo: El eterno femenino

Top