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Alejandra Pizarnik: coleccionista de palabras

Alejandra Pizarnik estuvo influenciada por autores surrealistas, pero particularmente por el escritor André Bretón; “Escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al malo, se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta”.

Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik fue una poeta surrealista con una prosa excepcional. Nació el 29 de abril de 1936, en Buenos Aires, Argentina. Obsesionada con definir la realidad a partir del lenguaje y las palabras, su poesía se considera de una belleza oscura.

Su prosa demuestra claramente la melancolía, el miedo, su obsesión con la muerte, la soledad y aquellos sentimientos que la atormentaron durante toda su vida —una depresión profunda de la que nunca salió. Pizarnik no fue solamente una poetisa trágica que expresaba sus sentimientos en lo que ella consideraba un exorcismo a través de la pluma, pues fue más que eso: una mujer brillante, inteligente, curiosa por leer y conocer otros autores de los cuales se influenciaba.

Alejandra creció en una familia de inmigrantes europeos, vivió una infancia acomplejada por problemas de acné y sobrepeso que marcó el inicio de un herida que jamás sanaría. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Entre 1960 y 1964 la poetisa vivió en París, donde trabajó para la revista Cuadernos. Fue amiga íntima del escritor Julio Cortázar, con quien mantenía una relación epistolar muy unida, pues el autor de Rayuela le daba palabras de aliento para salir adelante en sus crisis emocionales.

Pizarnik escribía por vocación, por amor, por desamor, por ansiedad, por terapia y por pasión. En una ocasión afirmó: “Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al malo. Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta”. Algunos de los autores que leía eran Kafka, César Vallejo, Octavio Paz; sus favoritos Michaux, Lautréamont, Bataille (en su mayoría franceses que representaban el surrealismo); y los argentinos Olga Orozco y Enrique Molina.

Dentro de sus gustos musicales estaba Édith Piaf, sus canciones marcaron su gusto por lo francés, pero también se nutría de los tangos de Discépolo, pues todo absolutamente le servía para ir creando. “Y si leo, si compro libros y los devoro, no es por un placer intelectual —yo no tengo placeres, sólo tengo hambre y sed— ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconsciente, como quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a mi lado un poema ya hecho”, decía la poetisa oriunda de Buenos Aires, que dejaba en claro su manía por coleccionar palabras.

Entre ese inmenso océano de escritores que le sirvió de influencia se encuentra el surrealista por excelencia, André Breton de quien escribió en su diario “Mi deuda con André Breton es inenarrable. Tal vez es aquel que nada me enseñó y no obstante es aquel que más influyó en mí”.

Algunas de sus principales obras son: Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura, El infierno musical y La condesa sangrienta. Con un marcado interés por el psicoanálisis siempre se sintió atraída por el, incluso tomó sesiones y se cree que estuvo enamorada de su psicoanalista de años,  Ó. Ostrov, a quién le dedicó su obra La última inocencia en 1956.

Las palabras no fueron suficientes para sobreponerse, y el 25 de septiembre de 1972, mientras salía por un fin de semana de la clínica psiquiátrica donde estaba internada, ingirió una sobredosis de barbitúricos con los que dio fin a su vida con tan sólo 36 años de edad.

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